Dos casos curiosos en la Heráldica de Villanueva

Antonio Barrantes Lozano

Aclaro por adelantado que nunca me ha interesado la heráldica, siempre me ha parecido cosa del pasado, añoranzas  de otro tiempo y cuando por alguna circunstancia me he topado con su literatura esta me ha resultado farragosa, abigarrada y llena de barroquismos ampulosos, vacíos, que apenas me dicen nada.  Y no es que uno tenga algo contra las piedras armeras, estas como  la numismática, son vehículos de información de una parte de  la historia y como tal, hoy, hay que valorarla. Mi despegue hacia esta fuente no es debida a ninguna  animadversión o desdén, más bien se debe a mi desconocimiento o a aquella carencia intrínseca que lastimaba tanto a León Felipe y que nos legó en un bello poema: ¡Qué lástima!, “Qué lástima que yo no tenga una casa blasonada… ni el retrato del abuelo que ganara una batalla… y  venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia”

Vaya por delante, pues, que esta actitud mía es más de debilidad que de convencimiento  y por ello pido clemencia por si se deslizara en mi comentario algún inconveniente no del gusto de algunos; es el riesgo que hay que correr cuando de opinar se trata.

A través de un amigo ha llegado a mí un cuadernillo escrito por un reconocido jurista villanovense, D. Fernando Cota y Márquez de Prado, al que  acompaña en  su autoría  D. Ramón José Maldonado. El documento es el “Catálogo de las labras heráldicas de la ciudad de Villanueva de la Serena”. Está fechado en Madrid en el año de 1958.

Para hacernos a la idea de lo que Villanueva fue, la heráldica se centra mucho en el pasado, los autores  nos  dicen que “Villanueva de la Serena tuvo una espléndida heráldica que, en el transcurso de los años, fueron dejando talladas y esculpidas  en sus nobilísimas piedras y maderas los más preclaros linajes extremeños”.

Para sustentar lo dicho  se toma la referencia de un viejo manuscrito que existió en el archivo parroquial  desaparecido en el incendio de 1936, y  que salvó parcialmente D. Juan A. Muñoz Gallardo; el legajo describe  la visita a la ciudad, en 1633, de el Prior-Visitador de Alcántara, D. Diego de Sandoval y Pacheco, en la que  dice que el pueblo lo componen  unos ochocientos vecinos, afirmando después  que existen en él cerca de cuatrocientas casas de hidalgos.

Con pena, por la desidia de propios o la violencia ajena,  como vestigios de aquellas glorias sólo llegan a catalogar a 33 blasones de los cientos que debió haber, y si lo hicieran  hoy, quizás no llegarían a la mitad; nadie ha demostrado celo en su conservación; las ruinas y las piquetas hacen el oprobio.

Como me ha impulsado la curiosidad, he salido a buscar las piedras catalogadas, muchas ya no están, otras ya no lo estaban entonces, y lo que queda, a la vista al menos, es por la voluntad de los nuevos propietarios que las mantienen en sus fachadas como mero adorno, sin tener ninguna relación sanguínea con los ancestros blasonados.

Exhaustivo resulta reproducir el documento del Sr. Cota en un artículo, pero si quiero decir algunas cosas que me han llamado la atención o al menos me han resultado curiosas.

Los blasones, como toda simbología tiene un significado y sus alegorías se deben a un orden que no por cualquier causa debe de ser cambiado y cuando una alteración surge se le   busca una justificación.  Como es el caso que tratamos a continuación.

La heráldica tiene su peculiar vocabulario que a los profanos nos resulta tedioso y por ello reproduzco la descripción que se hace de uno de los escudos   que aún se mantiene  en la fachada de la vivienda que fue de D. Antonio Morales-Arce y Dª María del Carmen Márquez de Prado, y que hoy es de propiedad municipal, donde se alberga la Biblioteca Pública. La labra está bien conservada y se puede apreciar con total nitidez.

“Escudo cuartelado. En el 1º, un árbol, acompañado de dos torres mazonadas y encadenadas al árbol y nacientes de las torres, dos águilas, de las cuales la de la diestra está coronada y superada de una cruz llana. Bordura de ocho aspas de S. Andrés; en el 2º, dos becerras pacientes, y en jefe, (en la parte superior) un creciente acompañado de siete luceros. En la bordura, el lema: “Más es de sostenerse en la honra y vencerla”; el 3º, cinco estacas en pal, y en el 4º, dos sierpes enlazadas y afrontadas, acompañadas de seis cabezas de indios. Por cimera, casco plumado mirando a la siniestra.”

Como cualquiera lo puede ir a ver, sobran las posibles aclaraciones que pudiera hacer a riesgo de confundirme.

La mayoría de las labras están rematadas por una cimera, generalmente un busto o una celada, mirando a la derecha; lo peculiar de la que se describe es que está mirando a la izquierda, al parecer gesto reservado para casos de  bastardía, que el autor, Sr. Cota y  Márquez de Prado, aquí, descarta tajantemente con estas palabras: “sabemos perfectamente que dicha casa solar fue de los Becerra-Texeiro, de cuya familia descienden los Márquez de Prado de la rama de Villanueva… Ninguna bastardía empaña este linaje, y por ello creemos que su factura fue producto, o de una desviada interpretación del escultor, o de un actuar caprichoso del mismo…”

Otra de las cosas que me llamó la atención al leer los apuntes heráldicos del Sr. Cota y Márquez de Prado es el descubrimiento que hizo, en los corrales de una casa de la calle de La Haba, de una piedra blasonada y que describe de la siguiente manera: Escudo cuartelado. En el primer cuartel, un castillo torreado y mazonado, y sumada del mismo un águila posada; en el 2º, tres barras acompañadas en los cantones diestro y siniestro de dos hojas de higuera; en el 3º, un puente sobre ondas de aguas y salientes del mismo, dos bustos humanos; y en el 4º, cinco roeles, puestos dos, dos y uno.

Nos dice que esta piedra armera debió pertenecer, en otros tiempos mejores para ella, a la casa de al lado, la que era de Dña Emilia Márquez  de Prado, viuda de D. Antonio Guisado y Pérez del Villar, antes de la reforma y quedó allí como material de derribo. Cree que perteneció a la familia Pérez de Villar.

La piedra, aunque no lucía en sitio apropiado, estuvo bien custodiada por sus propietarios, de modesta condición al decir de D. Fernando Cota, a los que agradece el interés por su descubrimiento y conservación.

Conocí el blasón al que se hace referencia en el mismo lugar que  se describe y conocí a los propietarios que, aunque humildes, tenían nombre, esto es, D. Manuel Gil y Dña Carmen Casillas y  para tranquilidad de los amantes de la heráldica quiero decir que la piedra en cuestión no ha sido  objeto de la desidia o el olvido, ni ha ido a parar a ningún vertedero, destino de otras muchas, sino que hoy luce  sobre una fachada de la calle Luzón, por haber sido recogida y restaurada por uno de los nietos de los señores citados. Y lo que digo lo afirmo, porque razones tengo para conocer el caso.

abarranteso01.wordpress.com

 

 

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Una respuesta to “Dos casos curiosos en la Heráldica de Villanueva”

  1. Juan Francisco Says:

    Hola, Antonio. ¿Viene la piedra armera de la familia López de Silva en «Catálogo de las labras heráldicas de la ciudad de Villanueva de la Serena»?

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