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Oda al Pan

marzo 29, 2022

A la memoria de Almudena Grandes

Antonio Barrantes Lozano

Pan…eres / acción de hombre

milagro repetido / voluntad de la vida

(P. Neruda)

Cuando chiquillo una de grandes tareas que teníamos era tirar piedras a la Laguna, de todos los que un día vimos  La Laguna con agua, ese es nuestro recuerdo. Acudían patos para aprovechar su estanqueidad  y nosotros dale que te dale para verlos correr, otras veces probábamos puntería con la lancha como diana que sobresalía en medio del lago; años después la vimos desaparecer y de aquello sólo nos queda el recuerdo, como recuerdo es, cuando la infancia se iba diluyendo para  adentrase en esa edad indefinida preámbulo de la adolescencia,  que lo que más nos gustaba era jugar al fútbol, a la pelota como decíamos. Jugar a la pelota es un escalón inferior que jugar al fútbol, al fútbol jugaban los que jugaban con balones de badana, simulacro de cuero, que se deterioraban en los primeros envites, pero daban el pego; los de cuero, los de “reglamento” eran palabras mayores, y tuvieron que pasar años para patear  alguno; a la pelota jugábamos  porque era una esfera de goma la que sufría la rabia de tanto futbolista en ciernes. A su propietario  se le agasajaba con consideraciones para que dejara jugar a los demás ya que él, como dueño, actuaba con mando en plaza. A veces,  pocas, alguien llevaba una conocida como “Gorila”, no más grande que la  que hoy es la  de tenis. Tenía prestigio el que la poseía, pues partía con el aditivo de unas estupendas  y envidiadas botas; la pelotita “Gorila”  venía como añadida a  tan prestigiosa compra, un signo de distinción, de diferencia y no exenta de encender envidia.

Se organizaban partidos interminables, los capitanes, los más avezados,   echaban a suerte la elección de sus jugadores con un peculiar sistema. A una distancia de varios metros cada uno avanzaba  un pie tras otro en línea recta, obteniendo el premio de la primera elección el que al final montaba el pié sobre el del contrario. Aunque el método era sencillo, no estaba exento de triquiñuelas. Los que en envites anteriores habían adquirido cierto prestigio eran los primeros elegidos, aunque siempre jugábamos todos.

A veces, al ejido de las eras llegaban muchachos de barrios limítrofes, y el partido perdía toda trascendencia amistosa y se transformaba en un  “desafío” donde se discernía algo más que un resultado. Era la hora de los mejores, cosa difícil de determinar y siempre  quedaban descontentos mirando.

La distribución de jugadores en el campo era muy aleatoria y todos corríamos de aquí para allá, sin mucho orden o táctica preconcebida; el único puesto fijo era el de portero, al que se le condenaba a mostrar sus habilidades, reflejo y valentía, entre dos piedras que hacían de portería, cuyas dimensiones estaban sujetas a alguna que otra pillería.

Al ser   un puesto muy  definido pocos  querían serlo, salvo que a alguno le gustara por vacación y demostrados dotes, lo general era que la responsabilidad recayera en los menos avezados o timoratos, que cuando venían mal dadas, su  actuación se le afeaba con aversión  crítica   por las propios compañeros, descalificando sus torpes aptitudes con el peyorativo: “tú quítate, que no paras un pan roando.”

Tardé mucho en entender la jerga y  saber de su origen. La  sociedad del momento era poco comunicativa y muy reservada, la de una España gris llena de mujeres de negro. Aunque ya no era preciso, en los aparadores de muchas de las casas aún se conservaba la cartilla de racionamiento que sirvió de salvoconducto para la supervivencia y gatera de la especulación. 

En la tahona se quemaba la jara que impregnaba las mañanas de pan nuevo, de ruidos de herraduras en el empedrado y susurros de vecindario. El pueblo se despertaba, con el dolor de la pesadilla pasada, aún muy presente. Las heridas tardan y tardarían mucho tiempo en cerrarse.

No sé cómo  calificar los estratos sociales del momento, no sería ecuánime en diferenciarlos entre vencedores y vencidos, el concepto quedaba fuera del alcance de los niños, de lo que  sí seríamos conscientes más tarde, a la vez que madurábamos.

 La pobreza no era motivo para avergonzarse. Todos éramos pobres, pero con jerarquía porque había menos pobres, pobres y pobres de solemnidad. El “Perdone usted por Dios”, era la cantinela que oímos los que jugábamos en la calle.  Cantinela repetida una y otra vez en la sucesión de personas que perseguían un mendrugo para llevarse a la boca. No eran  dos ni tres los que golpeaban la puerta; los pobres de solemnidad, eran cientos, cientos los desahuciados de la fortuna, los empujados por la guerra, los perdedores. De solemnidad; la solemnidad,  palabra contradictoria, grandiosa en lo sagrado y en lo público, definitoria de la pobreza absoluta, del que no tiene nada, como si la pobreza en sí  considerara  todos los respetos.  En la perspectiva que da el tiempo uno fue entendiendo muchas cosas. Y así aprendí a saber el significado de aquel dicho malintencionado  dirigido al  portero permisivo.

Me ha permitido rebobinar estos recuerdos una de mis  últimas lecturas. Es un libro que yo encuadraría dentro  de la literatura social y realista actual, escrito por  la pluma femenina más brillante y comprometida del arco literario español. Almudena Grandes. “Besos en el pan.” A todos nos enseñaron a besar el pan. El Pan concreto, y genérico de todo lo que consideramos necesario. El Pan nuestro de cada día… principio de nuestros principios.

Besa el pan, que es pan de Dios, nos decían nuestros mayores,  porque ellos carecieron en algún momento de él, porque quizá tuvieron que correr tras un mendrugo cuando los aviones del enemigo los lanzaba desde el cielo para mermar la capacidad de resistencia de los sitiados, sí, puede ser que alguno rodara,   muchos se lanzarían a por él, dejando en ello vida o dignidad. Ahora comprendo el significado. Es por lo que a nuestro portero lo descalificábamos, con crueldad, como el más inútil de los inútiles. Sería por eso por lo que nuestros padres nos  enseñaron a besar el pan.

Hoy las tahonas no alimentan el horno con jara, ni repiquetean las herraduras en el empedrado, ya casi ni se barre la puerta, aquello quedó atrás, temo que ni siquiera amasen la harina, que se limiten a hornearla pre cocida,  un signo claro de una nueva   decadencia, lenta y progresiva, silenciosa. Los niños ya no besan el pan, ni nacen con un pan bajo el brazo, lo santificado se ha ido desplazando y ahora no radica en el pan. Una lástima. Leí hace poco, una cita de la que no recuerdo a su autor, que decía: …que cuando se desvanece toda noción de lo sagrado es imposible para el hombre establecer una verdadera jerarquía de valores”. Algo tiene de razón, como  tiene razón  Almudena Grandes. Hemos perdido el respeto al pan, nuestro pan de cada día no es lo que era, lo hemos desplazado, sustituido por otras prioridades que suplen otras necesidades a veces creadas o ficticias; la vida, aunque placentera en apariencia, nos lo está quitando y  se vuelve cruel y torticera orientándonos a mucho de  lo que ahora consideramos  principios inamovibles e imprescindibles de nuestra existencia. Y cuando nos falten, que pueden faltar,  quizá nuestros hijos aprendan porqué sus abuelos nos enseñaron, cuando éramos niños, a besar el pan. Esperemos.

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Dos casos curiosos en la Heráldica de Villanueva

abril 9, 2018

Antonio Barrantes Lozano

Aclaro por adelantado que nunca me ha interesado la heráldica, siempre me ha parecido cosa del pasado, añoranzas  de otro tiempo y cuando por alguna circunstancia me he topado con su literatura esta me ha resultado farragosa, abigarrada y llena de barroquismos ampulosos, vacíos, que apenas me dicen nada.  Y no es que uno tenga algo contra las piedras armeras, estas como  la numismática, son vehículos de información de una parte de  la historia y como tal, hoy, hay que valorarla. Mi despegue hacia esta fuente no es debida a ninguna  animadversión o desdén, más bien se debe a mi desconocimiento o a aquella carencia intrínseca que lastimaba tanto a León Felipe y que nos legó en un bello poema: ¡Qué lástima!, “Qué lástima que yo no tenga una casa blasonada… ni el retrato del abuelo que ganara una batalla… y  venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia”

Vaya por delante, pues, que esta actitud mía es más de debilidad que de convencimiento  y por ello pido clemencia por si se deslizara en mi comentario algún inconveniente no del gusto de algunos; es el riesgo que hay que correr cuando de opinar se trata.

A través de un amigo ha llegado a mí un cuadernillo escrito por un reconocido jurista villanovense, D. Fernando Cota y Márquez de Prado, al que  acompaña en  su autoría  D. Ramón José Maldonado. El documento es el “Catálogo de las labras heráldicas de la ciudad de Villanueva de la Serena”. Está fechado en Madrid en el año de 1958.

Para hacernos a la idea de lo que Villanueva fue, la heráldica se centra mucho en el pasado, los autores  nos  dicen que “Villanueva de la Serena tuvo una espléndida heráldica que, en el transcurso de los años, fueron dejando talladas y esculpidas  en sus nobilísimas piedras y maderas los más preclaros linajes extremeños”.

Para sustentar lo dicho  se toma la referencia de un viejo manuscrito que existió en el archivo parroquial  desaparecido en el incendio de 1936, y  que salvó parcialmente D. Juan A. Muñoz Gallardo; el legajo describe  la visita a la ciudad, en 1633, de el Prior-Visitador de Alcántara, D. Diego de Sandoval y Pacheco, en la que  dice que el pueblo lo componen  unos ochocientos vecinos, afirmando después  que existen en él cerca de cuatrocientas casas de hidalgos.

Con pena, por la desidia de propios o la violencia ajena,  como vestigios de aquellas glorias sólo llegan a catalogar a 33 blasones de los cientos que debió haber, y si lo hicieran  hoy, quizás no llegarían a la mitad; nadie ha demostrado celo en su conservación; las ruinas y las piquetas hacen el oprobio.

Como me ha impulsado la curiosidad, he salido a buscar las piedras catalogadas, muchas ya no están, otras ya no lo estaban entonces, y lo que queda, a la vista al menos, es por la voluntad de los nuevos propietarios que las mantienen en sus fachadas como mero adorno, sin tener ninguna relación sanguínea con los ancestros blasonados.

Exhaustivo resulta reproducir el documento del Sr. Cota en un artículo, pero si quiero decir algunas cosas que me han llamado la atención o al menos me han resultado curiosas.

Los blasones, como toda simbología tiene un significado y sus alegorías se deben a un orden que no por cualquier causa debe de ser cambiado y cuando una alteración surge se le   busca una justificación.  Como es el caso que tratamos a continuación.

La heráldica tiene su peculiar vocabulario que a los profanos nos resulta tedioso y por ello reproduzco la descripción que se hace de uno de los escudos   que aún se mantiene  en la fachada de la vivienda que fue de D. Antonio Morales-Arce y Dª María del Carmen Márquez de Prado, y que hoy es de propiedad municipal, donde se alberga la Biblioteca Pública. La labra está bien conservada y se puede apreciar con total nitidez.

“Escudo cuartelado. En el 1º, un árbol, acompañado de dos torres mazonadas y encadenadas al árbol y nacientes de las torres, dos águilas, de las cuales la de la diestra está coronada y superada de una cruz llana. Bordura de ocho aspas de S. Andrés; en el 2º, dos becerras pacientes, y en jefe, (en la parte superior) un creciente acompañado de siete luceros. En la bordura, el lema: “Más es de sostenerse en la honra y vencerla”; el 3º, cinco estacas en pal, y en el 4º, dos sierpes enlazadas y afrontadas, acompañadas de seis cabezas de indios. Por cimera, casco plumado mirando a la siniestra.”

Como cualquiera lo puede ir a ver, sobran las posibles aclaraciones que pudiera hacer a riesgo de confundirme.

La mayoría de las labras están rematadas por una cimera, generalmente un busto o una celada, mirando a la derecha; lo peculiar de la que se describe es que está mirando a la izquierda, al parecer gesto reservado para casos de  bastardía, que el autor, Sr. Cota y  Márquez de Prado, aquí, descarta tajantemente con estas palabras: “sabemos perfectamente que dicha casa solar fue de los Becerra-Texeiro, de cuya familia descienden los Márquez de Prado de la rama de Villanueva… Ninguna bastardía empaña este linaje, y por ello creemos que su factura fue producto, o de una desviada interpretación del escultor, o de un actuar caprichoso del mismo…”

Otra de las cosas que me llamó la atención al leer los apuntes heráldicos del Sr. Cota y Márquez de Prado es el descubrimiento que hizo, en los corrales de una casa de la calle de La Haba, de una piedra blasonada y que describe de la siguiente manera: Escudo cuartelado. En el primer cuartel, un castillo torreado y mazonado, y sumada del mismo un águila posada; en el 2º, tres barras acompañadas en los cantones diestro y siniestro de dos hojas de higuera; en el 3º, un puente sobre ondas de aguas y salientes del mismo, dos bustos humanos; y en el 4º, cinco roeles, puestos dos, dos y uno.

Nos dice que esta piedra armera debió pertenecer, en otros tiempos mejores para ella, a la casa de al lado, la que era de Dña Emilia Márquez  de Prado, viuda de D. Antonio Guisado y Pérez del Villar, antes de la reforma y quedó allí como material de derribo. Cree que perteneció a la familia Pérez de Villar.

La piedra, aunque no lucía en sitio apropiado, estuvo bien custodiada por sus propietarios, de modesta condición al decir de D. Fernando Cota, a los que agradece el interés por su descubrimiento y conservación.

Conocí el blasón al que se hace referencia en el mismo lugar que  se describe y conocí a los propietarios que, aunque humildes, tenían nombre, esto es, D. Manuel Gil y Dña Carmen Casillas y  para tranquilidad de los amantes de la heráldica quiero decir que la piedra en cuestión no ha sido  objeto de la desidia o el olvido, ni ha ido a parar a ningún vertedero, destino de otras muchas, sino que hoy luce  sobre una fachada de la calle Luzón, por haber sido recogida y restaurada por uno de los nietos de los señores citados. Y lo que digo lo afirmo, porque razones tengo para conocer el caso.

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La evocación de una Cruz

junio 5, 2017

Cruz de misiones en procesión 1943

La evocación de una Cruz
A. Barrantes Lozano
En un trabajo mío, ya pasado, decía que la fotografía tiene la magia sostener en el tiempo la imagen de lo que fue. Lo decía tras haber contemplado una vieja fotografía que en mí evocaba lo que está al filo de la memoria, apunto de escaparse y que la pátina de la sepia parece querer atrapar. Vi la fotografía en un bar, hoy también se ha ido el bar, que exhibía varias de ellas con vistas y paisajes ya desaparecidos de nuestro entorno local. Son antiguos documentos gráficos, soporte visual de la historia que se nos va, de la sociedad, de uno mismo, que nos evocan el pasado. Son fotografías antiguas, viejas, amarillentas por el tiempo que milagrosamente respeta las tintas artesanales de la cuba del primitivo fotógrafo.
Hoy miro otra fotografía, también antigua, como todas las que lo son aporta un pasado evocador para el que la contempla y de alguna manera le trae recuerdos gratos; la memoria con los años se hace selectiva y olvida los desagradables, total para qué; mejor así.
Me la ha hecho llegar Pepe Benítez, hoy, el documento, pertenece a la Hermandad de la Santa Cruz, cuyos responsables, con constancia y afán están formando un buen archivo con la historia de la misma que no es otra que la historia del populoso barrio y por extensión de la propia Villanueva.
La fotografía rememora otra época, otras personas. Se hizo en los años difíciles de la posguerra, en tiempos en el que se carecía de todo y por no tener, el barrio no tenía ni Cruz para celebrar sus fiestas, fiesta antiquísimas; la Hermandad se fundó en el siglo XVI y aunque tuvo altar en la Iglesia Parroquial de la Asunción, con la guerra civil todo desapareció, como desapareció parte crucial de la historia de la Ciudad.
La fiesta de la Santa Cruz viene celebrándose desde tiempo inmemorial, junto a otra, de carácter pagano, las mayas, tan propias y características de Villanueva. Son días feriados de carácter lúdico religioso y muy populares, que llenan al barrio de bullicio y color gracias al tesón de las personas que dirigen la Hermandad, que presume ser la más antigua de la Ciudad, y el empeño parroquial que mantienen y potencian la tradición.
El hecho procesional de la Cruz por las calles del barrio es el acto central de la fiesta, se hacía antes y se hace ahora, ininterrumpidamente desde 1938 hasta nuestros días.
Vuelvo a la vieja fotografía, es el instante de la procesión, una más. Podríamos dudar de la capacidad de evocación del documento si no fuera por las características de la Cruz procesional.
Es una instantánea antigua, en ella se ve que soportan las andas unos señores de domingo, como la ocasión lo requiere, ataviados con escapulario, todos reconocibles por sus familiares, que en el documento nos han dejado su recuerdo y el legado que hoy pretendemos ceder a los que vengan detrás.
Podría ser una instantánea de tantas sin más importancia que la llamada de atención que produce la normalidad y el paso de los años. La fotografía, como fuente de información, encierra un mensaje de la historia de la Fiesta, de la Cruz y del Barrio, un mensaje humano de hombres y mujeres de una determinada época y a través de ella, una serie de curiosidades que vamos a intentar resaltar.
Como fuente de nuestra historia hay que centrarse en el tiempo, aunque carecemos de la datación fidedigna en fecha y hora, sin temor a equivocarnos, afirmamos que se tomó a mediados de los años 50 del siglo pasado, hoy sesenta años después leemos su mensaje. De los hombres que la portan, antiguos vecinos del barrio, queda la familia, los que los conocieron, y sus testimonios nos sirven para concretar la fecha y el lugar, no queda duda, es la festividad de la Cruz en su acto procesional.
Eran años difíciles y la sobriedad y el escaso boato que se observa nos hablan de la humildad de los medios que en aquel momento aquellos hombres disponían. ¡La Hermandad, tan antigua, tan arraigada, carecía de Cruz propia.!
La Cruz que vemos es una Cruz de misiones, habituales por aquellos años; en los rescoldos de la posguerra nuestra autoridades civiles y religiosas mostraban un afán desmedido pro una nueva evangelización, para lo que se valieron de las regladas misiones, que por aquí, en Villanueva al menos, correspondió a los Padres Jesuitas. Durante unos días se invitaba a la población a la reflexión cristiana, a la meditación y al rosario de la aurora. Las celebraciones solían ser muy concurridas y las prédicas de los padres misioneros eran escuchadas por muchas gente a las que se les animaba al arrepentimiento y conversión. Aquellas misiones se repitieron con cierta regularidad, tengo anotadas algunas, como la de 1943, o la desarrollada en 1953, con motivo de la presencia de la “Virgen de Fátima,” procedente de Portugal, en Villanueva, la de 1961 y posiblemente alguna otra posterior.
Era costumbre al término de cada periodo de predicaciones, solían durar unos 7 días, que los padres misioneros dejaran en custodia de la comunidad una Cruz grabada con las fechas del acontecimiento a la que se le agregaba las de las misiones que a lo largo del tiempo se irían sucediendo. En la Parroquia de Ntra Sra de la Asunción, aún se conserva, en la pared que cierra el paño sur, una cruz con las distintas fechas en las que hubo misiones.
Si nos fijamos en el documento gráfico, la Cruz procesional es una Cruz sencilla, sobre unas andas igual de sencillas, a hombro de unos portead

Familia Bernabé

ores rodeados de jóvenes ataviadas con trajes regionales y un cortejo de fieles que celebran la festividad. Es la Cruz de las misiones del 15 de abril 1943, como consta en el pie de la misma. En los brazos horizontales unas flores, propias del mes de mayo, tapan la leyenda, “Santa Misión,” como disimulando su origen.
Sabemos que esta Cruz fue cedida por los padres misioneros a la comunidad cristiana de la Cruz del Río, bajo la responsabilidad y custodia de la Hermandad de la Santa Cruz, a modo de depositaria, por carecer de Iglesia parroquial donde dejarla. La Cruz solía estar en lugar preferente de la casa del Hermano Mayor, a modo de altar; allí acudían los fieles con sus ofrendas y con sus oraciones; el día de la fiesta, el 3 de mayo, tras la procesión, quedaba expuesta en el porche de la vivienda número 1 de la Plaza Cruz del Río. La Cruz que vemos en la fotografía, fue la Cruz que presidió los actos litúrgicos hasta 1961, fecha que fue sustituida por la talla actual, de alto valor artístico.
Como apuntaba, la fotografía nos lleva a otras curiosidades. Al dejar de usarse en los actos religiosos, la Cruz permaneció en la casa de D. Manuel Bernabé Murillo, calle Miraflores 136, que fue Hermano Mayor de 1952 a 1959, hombre ejemplar al decir de los que le conocieron, y custodiada con celo por su esposa, Dña Antonia Hidalgo García, y allí quedó, olvidada como objeto de culto.
La Providencia y celo de los descendientes de D. Manuel Bernabé han posibilitado que la Cruz, como reliquia haya sido redimida y hoy podamos verla en el archivo histórico de la Hermandad. No cabe duda que la de la fotografía que comentamos es la Cruz que se veneraba y sacaba en procesión en los años cincuenta. La fecha de la Misión de 1943 fue modificada y en su lugar se imprimió la de 1961, aquella que predicaron en el Barrio los Padres Gijón y Escribano, de la que ya hice referencia en otro número de esta misma revista.
Durante más de 50 años de olvido, merced a los cuidados de Dña Manuela Ana García Bernabé, nieta de D. Manuel y Doña Antonia, vemos que se ha conservado y a su generosidad se debe que hoy con su rescate se rescate una parte importante de nuestra Historia.
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Feria culinaria entorno a la Tortilla de Patatas

mayo 6, 2016

Feria culinaria entorno a la Tortilla de Patatas
Antonio Barrantes Lozano
Hace unos días, el 7,8 y 9 de abril, se celebró lo que ha venido en llamarse la feria de la Tortilla. Un feliz acontecimiento de carácter conmemorativo y reivindicativo. Todo a raíz de las noticias que corroboran el nacimiento de la popular y universal tortilla de patatas aquí en Villanueva de la Serena. Es un hecho histórico documentado y contrastado por el Investigador D. Javier López Linaje, del Centro Superior de Investigaciones Científicas, atribuyendo tan feliz acontecimiento al villanovense D. José Tena Godoy y Malfeito, ilustrado fisiócrata, tras una experiencias llevada a cabo aquí, en 1798.
Conocido el caso que ha sido divulgado por el propio D. Javier a través de la publicación de su libro “La patata en España. Historia y agriecología del tubérculo andino” las autoridades villanovense recogieron el guante que proporciona tan feliz noticia para proyectar nuestra ciudad aprovechando la resonancia que tal descubrimiento ha causado en distintos ámbitos, interesando a diversos medios de comunicación, regionales como nacionales. Aunque ya el hecho del descubrimiento en sí es importante, más lo será si sabemos aprovechar su inercia y hacer de la ciudad una referencia gastronómica, con el empuje económico que ello lleva consigo.
No nos podemos conformar con celebrar tan feliz acontecimiento, debemos y creo que ya se ha comenzado, a llevar a nuestros restaurante la creatividad, la innovación, que haga de la restauración villanovense una referencia obligada en el turismo que tanto se lleva ahora. El viernes 8 de abril asistimos a la primera experiencia en este sentido, cinco jóvenes restauradores se presentaron y presentaron sus creaciones en el Palacio de la “Jabonera” Son jóvenes y experimentados, entusiastas de lo que hacen, demostraron que las cosas pueden hacerse de otra manera, sin tener que sobrepasar los parámetros económicos. Y los tenemos aquí, en nuestros restaurantes, fueron cinco, seguro que son más. Son el germen de una restauración moderna y seductora, una industria en auge que puede hacer de Villanueva un atractivo culinario si se apuesta por la innovación, para esto deberá ser la “Feria de la Tortilla.” No sólo para dar gloria de nuestro pasado, también para proyectar el futuro. Mimbres hay, pero hay que saber componer el cesto.

«La Casa de la Pólvora»

abril 15, 2016

La Casa de la Pólvora
Antonio Barrantes Lozano
Observo un plano urbano de Villanueva, está fechado en 1863 y pertenece a los trabajos gráficos de la obra “Atlas de España y sus posesiones de ultramar” que D. Francisco de Coello y Quesada realizó en 1863.
A través de la observación de este documento uno se aproxima a como era nuestro pueblo a mediados del siglo XIX, posiblemente tenga algunas deficiencias, no obstante se detalla con precisión lugares y topónimos que han llegado hasta nuestros días y que muchos aún conocen. Es el caso del “Pozo de Aragú” del que yo había oído hablar y aún hay gente que sabe indicar el lugar exacto donde se encontraba, cercano a la calle que conocemos como de “S. Bartolomé”, entonces sin trazar, en los ejidos o eras del Pardo. Llamativo resulta la aparición en la parte Noreste del gráfico, la ubicación del Pozo de la Cruz del Río, La Cruz y el Polvorín, conocida como Casa o Depósito de la Pólvora. De esta última no hay muchas referencias que nos hablen de ella, ni hasta cuando estuvieron operativas sus funciones; sabemos que a finales del siglo XIX ya era un solar perteneciente al municipio.
He procurado situar su ubicación a través de algunas referencias a las que he tenido acceso y he encontrado un documento fechado el 5 de mayo de 1897, relativo a una Junta Municipal, siendo alcalde D. José Álvarez Escribano, que viene a decir lo siguiente:
“Por el Concejal D. Antonio Carmona se manifestó que no existe en esta Ciudad Corral de Concejo para poder recoger los ganados que se aprendan causando daño y al existir las minas (sic) del denominado Casa de la Pólvora consideraba que el Ayuntamiento debería acordar lo procedente para utilizarla con determinado y necesario fin evitándose así las consiguiente dificultades que esta Corporación tiene el en cumplimiento de este servicio.
El Ayuntamiento considerando como muy acertada la expuesta proposición de D. Antonio Carmona, después de una detenida discusión lo aprueba por unanimidad”
Quiero aclarar que el Corral del Conejo era una zona vallada y protegida que los Consistorios disponían para ubicar animales fundamentalmente sin dueños que causaban daños en los sembrados. Estos son los animales llamados mostrencos, también se guardaban y cuidaban animales de propietarios conocidos que eran atendidos por el “Pastor del Concejo”, figura que ha subsistido hasta no hace mucho tiempo, no así el Corral.
Para aproximarse a la correcta ubicación de dicha Casa de la Pólvora disponemos de varias referencias que nos ayudan a ello.
El 15 de agosto de 1904, siendo Alcalde D. Miguel Íñiguez y Juán, en el Acta de la Sesión de la Junta se lee:
“Entrando al despacho de los asuntos del orden del día, se dio cuenta del escrito de Juan José Sánchez Borrasca, de esta vecindad, solicitando tomar de la vía pública unos once metros de terreno al final de la calle del Duque donde existen los zulos de lo que fue el Depósito de la Pólvora, para unirlos a su casa morada… El ayuntamiento por unanimidad acuerda pasar dicha instancia con el plano que la acompaña al informe de la Comisión de Ornato público.”
Años después, en 1907, siendo Presidente de la Corporación D. José Camprobí y Yedros, el 28 de octubre, en sesión municipal se lee el informe de la Comisión de Policía y Ornato público en el que se contesta al escrito de Antonio Gallardo Calderón, en el que solicitaba adquirir el terreno sobrante de la vía pública junto a la Casa de la Pólvora, en la Cruz del Río, el Ayuntamiento accede a la petición previo pago de 104 pesetas con 24 céntimos.
La estación de ferrocarril supuso que el tráfico de mercancías fuera constante entre Villanueva y las poblaciones próximas, lo que derivó en la necesidad de habilitar una vía que conectara con el Camino de Madrigalejo o con el Paso de la Barca, por la vaguada del mismo nombre.
Se trazó un acceso, que hoy llamaríamos de circunvalación, que conectaba desde las inmediaciones del ferrocarril con la Casa de la Pólvora, hasta el principio de los caminos que empezaban a la salida de la calle Cruz del Río, facilitando el paso de las mercancías que iban o entraban de los pueblos vecinos. La ruta quedaba relativamente lejana de las últimas construcciones, pero el espacio se fue urbanizando con calles de trazado relativamente moderno que fueron conformando la ciudad por la parte este. Este camino o circunvalación es lo que hoy conocemos como Calle de Hernán Cortés, hoy insertada dentro de la ciudad, siendo en la actualidad una de sus arterias más importante.
El referido Depósito de la Pólvora debió tener cumplidas dimensiones, y por los datos que se aportan estaría ubicado desde el final de la calle “El Duque” hasta la calle “Cruz del Río”, sería de propiedad municipal y, aventuro, que con su desaparición quedó su hueco en el espacio que hoy ocupan las antiguas escuelas y la Plaza en la que un día lució una fuente y hay ocupa la Iglesia a la que el barrio da nombre. La Parroquia de la Santa Cruz.

E n el adiós a la Coral, en el adiós a D. Antonio

diciembre 14, 2015

En el adiós…
Domingo 13 de diciembre de 2015
Iglesia de S. Francisco
Antonio Barrantes Lozano
Nos encontramos aquí, en la vetusta Iglesia de S. Francisco, tan nuestra, para oír, a la no menos nuestra, Coral Villanovense. Tantos años ya como conciertos navideños, tantos senderos andados y desandados por este grupo de hombres y mujeres a los que jamás les faltó el aliento para llevar su música, nuestra música, de aquí y allá, por todos los rincones de nuestra querida Extremadura y no menos querida España.
Comenzó su camino por el año de 1977; y todo por una feliz coincidencia profesional de un grupo de amigos, encabezado por Antonio Lozano, con D. Antonio Guisado Tapia, sin él no hubiera sido viable, al que se unieron con algo más que voluntad. “Muchas eran las ideas que teníamos – nos dice Antonio Lozano – y difícil parecía llevarlas a cabo; pero mayor aún era la entrega. Y si no fue posible realizarla en un año, lo conseguimos a los tres. Y así fue que tras haber interesado en su Coro a un gran número de villanovenses, logramos ampliarlo con las voces masculinas.”
No es que se sembrara en tierra yerma, era cuestión de sacar el fruto a la semilla ya diseminada. D. Antonio Guisado portaba en su mochila una amplia formación debido a sus estudios musicales en el Seminario diocesano. Alumno del insigne D. Rafael Jiménez, organista de la catedral de Badajoz, con quien perfecciona la polifonía y el gregoriano; estudios que amplió con los monjes de Silo, Burgos, bajo la tutela del padre Luis Elizalde; a este extenso bagaje formativo se le une la experiencia de más de 25 años al frente del Coro Parroquial, coro que formó en 1953, y que con orgullo nos dice que llegó a tener hasta 70 voces femeninas.
Esta nueva andadura que se emprende, en 1978 quedó enclavada en la Asociación de “Amigos de la Coral y Folklore Villanovense” y, así, hasta nuestros días.
El camino ha sido largo y venturoso. No sé con cuantas paradas, deben ser más de mil los conciertos que se han ofrecido por toda Extremadura, por España e incluso por el extranjero. No se podrá hablar de Cultura en Villanueva, si se olvida a la Coral, a sus componentes o a su Director. Fue acogida en la Federación Extremeña de Corales desde su primer congreso celebrado en Guadalupe en 1987, nombrándose director de la misma a D. Antonio, cargo que ostentó durante cuatro años, impulsando y potenciando la expansión de sus actividades en Extremadura; toda esta labor fue reconocida con la Medalla de Oro de la Región a dicha Asociación
En este mundo de la música nada resulta fácil, aunque los mimbres se tengan, las exigencias del Director y las dudas de la Junta Directiva en cuanto a garantías y posibilidades económicas frenaron en varias ocasiones el deseo de grabar un disco, que diera continuidad al grupo en el tiempo. Al fin se consigue el anhelado proyecto. El 30 de abril de 1997, de los estudios Musigramas sale el primer CD de voces villanovense. Leo lo que se dijo en su momento: “ La Coral Villanovense se planteó desde un principio el ofrecer un disco que fuera asequible a todos los gustos, a la vez que ofreciera calidad técnica y musical. Y cómo no, mantener el espíritu que desde un principio le ha caracterizado: la promoción del rico y variado folklore extremeño”
Con la portada de una bella fotografía de nuestros parajes vio la luz “Entre Encinas”; Un tiempo después, el 17 de febrero de 2002, aparece un nuevo trabajo: “Así cantamos” que con “Lo que hay que oír” en colaboración con otras corales, cierran su producción discográfica.
La dilatada vida de nuestra Coral, 37 años ya, no lo es más que su trayectoria llena de experiencias, anécdotas y recuerdos.
Imborrable en la memoria de los que fueron, ha quedado Viena, viaje que realizaron en 1983, invitados por el Senado y el Departamento cultural de la ciudad; entre el 14 y 18 de diciembre, nuestra coral, entre orfeones y corales de todo el mundo, ofreció tres conciertos, el segundo de ellos en la sede de las Naciones Unidas, donde fueron agasajados por las autoridades españolas allí desplazadas. El viaje, lleno de vivencias personales y colectivas, supuso una gran oportunidad para la música extremeña.
En 1990, nuevo viaje al extranjero, ahora Bélgica, en Bruselas y Confoltaine sonaron voces extremeñas, ambos conciertos muy concurridos y celebrados quedando en el aire la promesa de volver; más tarde, año 2004, Portugal y la memorable satisfacción de haber cantado en “Los Jerónimos de Lisboa”.
Si grato fueron sus viajes por Europa, no menos resultó la experiencia de sus visitas a TVE o RNE, con interpretaciones que a todos nos han quedado en la memoria. Si el grupo fue un fiel embajador de nuestra música, importante y enriquecedor resultó ser para los integrantes de nuestra Coral y para su Director, que con ello vieron colmado muchos de sus anhelos y premiados las muchas horas de aprendizaje y ensayo.
Nada hubiera sido posible sin la voluntad férrea de su Director, D. Antonio Guisado Tapia. Compositor, investigador y recopilador, desde, ya, un lejano tiempo en el que se soltó de la mano de D. Cesáreo Bermudo, destacado y respetado músico, hasta hoy, en una larga, incansable y provechosa andadura. Ahora, Antonio, D. Antonio, es un hombre maduro, sacerdote de vocación y músico por pasión. Él mantiene, y así me lo confesó un día: “lo que da sentido a todo lo que hago, a toda mi vida, es el amor y seguimiento a Jesucristo. Creo que sin él no tendría sentido todo lo que hago” Efectivamente, ese compromiso con lo divino ha hecho de D. Antonio un compromiso con lo humano.
De su faceta de investigador nos deja varios libros, de los que recuerdo: “Cancionero litúrgico”, “Cantad, cantad, corales”, “Canciones populares extremeñas” “Cantemos gozosos” “Vamos cantando” “Misa Gloria a Dios en la Tierra y otras canciones para la Eucaristía” Todo un legado que Extremadura y su historia musical le agradecerán. Desde su humildad, su trabajo se ha ido reconociendo a lo largo de su amplia trayectoria. En 1980 fue designado extremeño del año, en 1987 fue nombrado por el Gobierno Regional, Asesor Musical, dándole la oportunidad de trabajar con músicos de la talla de Miguel del Barco, Esteban Sánchez, Carmelo Solís o Emilio González Barroso.
Tu vida, D. Antonio, se cruzó con la de otro extremeño, querido y respetado por todos, al que quiero desde aquí elevar mi pensamiento allí donde esté, que seguro es en el Parnaso. De su mano llegaste a la Academia de las Letras y las Artes Extremeñas, en agosto del 2009. Santiago Castelo, presidente de tan prestigiosa institución decía: “que este nombramiento se debe a que Guisado es una persona que goza de un gran respeto, de un gran cariño y de mucha admiración a nivel cultural extremeño, y todo ello debido a su extraordinaria labor como investigador y compositor musical”
El admirado José Miguel Santiago Castelo, recientemente fallecido, hijo Adoptivo de Villanueva a la que tanto quiso.. nos dijo un día: “Hasta la cama que me duerme cada noche, ese –tálamo donde la vida / se llena de primavera / donde florece la espera / y donde el sueño se anida- está hecha aquí, en Villanueva, labrada su madera por las manos orfebre de Justo Pino de la Fuente.”
Él nos prestaba sus versos, tú supiste, como lo supiste hacer con Santa Teresa o San Juan de la Cruz, ponerle la música que les convenía a “Clavo y cintura”, “Canción de agosto” o “A la Virgen de la Soledad”, que enriquece tu obra y da musicalidad a un poeta universal. Con qué orgullo a ello hacía referencia, el recordado Castelo.
Con el pensamiento puesto en José Miguel, con el que tanto coincidiste, quiero repetir aquí las palabras que te dedicó con motivo de la imposición en tu solapa, nunca habrá una solapa tan digna para tan alta distinción, de la Medalla de Oro de la Ciudad, que por acuerdo plenario te fue concedida el 2 de septiembre de 1994.
Allí, en aquel acto solemne desarrollado en el Parque de la Constitución, la voz inconfundible, atronadora y sincera de nuestro poeta decía: “No todos los días de nuestra vida dejamos volar el alma en capítulos de gratitudes… Sencillamente, porque no todos los días se encuentra uno en su camino a un sacerdote, a un compositor, a un hombre de la hechura de D. Antonio Guisado Tapia.
Porque D. Antonio es un sacerdote, sí; un compositor, sí; un hombre íntegro, sí; y siendo todo esto de manera sencilla y admirable, es, sobre todas las cosas, un extremeño ejemplar. Ejemplar en el amor a su tierra de nacencia, Villanueva de la Serena; en la devoción a Extremadura. Conociéndole en el trato diario, se nos ensancha el corazón al saber, como, desde la humildad, desde la modestia, desde el silencio sonoro, se puede hacer patria de manera tan admirable como permanente.”
Yo no lo diría mejor.
Me resisto a pensar que hoy asistimos al epílogo de algo tan hermoso, y me resisto a pensarlo porque no se nos olvidarán estas voces, inmortalizadas ya en sus discos y en sus partituras, como no podemos olvidar a todos los que han pasado y prestaron su voz desde aquel lejano 1978; a aquellos que por alguna causa, personal o familiar, lo dejaron y a aquellos otros que nos dejaron para siempre, a ellos especialmente nuestro recuerdo y admiración. Gracias a todos por haber conseguido que la Coral Villanovense haya sido una de las mejores embajadas culturales de nuestra Comunidad.
En nuestra memoria queda el agradecimiento y la admiración por estos hombres y mujeres que tantas veces nos han hecho sentirnos felices. Qué descanséis, que descanséis todos, con el convencimiento del deber cumplido.
Ahora disfrutemos del concierto.
Y a todos: Feliz Navidad.
Villanueva de la Serena 13 de diciembre de 2015

El Tesoro de Villanueva

noviembre 22, 2015

El Tesoro de Villanueva
Centro Cultural “Rufino Mendoza” 23 de noviembre de 2015
Presenta: Antonio Barrantes Lozano

Fue en noviembre de 1987, concretamente el día 11, una noticia vinoTesoro 4 a dinamizar la de por sí tranquila vida de Vva de la Serena. Corrió de voz en voz y de calle en calle. ¡Un tesoro! Con lo que de misterio tiene eso. Un tesoro en Villanueva, sonaba aquello como suena el “Gordo” de Navidad.
Quién nos iba a decir a nosotros que allí, donde habíamos estado tantas veces, donde habíamos disfrutado de tantas tarde de cine, viendo películas en las se aplaudía cuando aparecía el “bueno”, donde nos enterábamos de las noticias y documentales más interesantes del momento, allí, abajo, a la izquierda del patio de butacas se encontraba un tesoro. Recuerdo las colas que llegaban hasta la calle “La Palma”, celosamente vigiladas por la guardia municipal, esperando que se abrieran las puertas del Cine Rialto, el que llamábamos de invierno, en el que se proyectaba “Los Piratas del Caribe” o “Marcelino, pan y vino.” Pues sí, allí, en el destartalado cine, algunos años después, saldría a la luz una magnífica colección de monedas, orgullo de la numismática nacional y producto de las precauciones de alguien que a decir verdad, debió tener muy mala memoria al haberlas dejado allí, enterradas, como se entierran los tesoros, sin notificar nada a sus deudos que, téngalo por seguro, nos hubieran desheredado.Tesoro 5
Fue durante los trabajos de adecuación del local que había pasado a ser propiedad de la Junta de Extremadura y se remodelaba para “Casa de Cultura”, bajo la administración del Ayuntamiento de Villanueva. Un obrero, un honrado obrero, topó con su pico sobre ellas, su curiosidad le llevó a meterlas en la bolsa de su bocadillo, pensando que aquello no sería más que las conocidas monedas de chocolatina. Más tarde, Sebastián Fernández Iglesia, de Acedera, notifica a sus compañeros el hallazgo, intuyendo la importancia del mismo. Junto a su jefe, Pilar Murillo Romero, conocido constructor local, lo hacen saber al Sr. Alcalde, D. Francisco García Ramos.
La noticia como era de esperar, corrió rápida por todos los mentideros, y dos días después del hallazgo, el 13 de noviembre de 1987, el Sr. Director General de Patrimonio, requiere al Exm Ayuntamiento se le detalle lo descubierto, el nombre de la persona o personas descubridoras y estrategias a seTesoro 1guir para su custodia. Todo basándose en el Art. 351 del Código Civil, que asegura, que aquellas personas que encuentran un objeto valioso que sea catalogado como patrimonio histórico, el Estado le recompensará, tanto al descubridor como al dueño del terreno, si lo hubiere, con el 50% de la tasación de la pieza a repartir por partes iguales.
D. Sebastián, en un gesto que lo enaltece, había decidido compartir el hallazgo con sus compañeros, incluido el empresario, como así consta en acta firmada ante el Sr. Notario, D. Andrés Pino Pelaz de 13 de noviembre de 1987, en la que convienen:
 Repartirse a partes iguales el montante del valor del hallazgo que les corresponda e igualmente acuerdan otorgar poder al letrado D. Mariano Gallego Barrero, al objeto de reivindicar los posibles derechos inherentes a lo descubierto.
Las monedas, provisionalmente quedaron en la caja de seguridad de nuestro Exm. Ayuntamiento, levantando la curiosidad popular, lo que llevó a las autoridades, en un escrito fechado el 4 de diciembre de 1987, a solicitar a Patrimonio poder exhibirlas públicamente, requerimiento que fue contestado afirmativamente por el Sr. Director General de Patrimonio, el villanovense, D. Pedro Benítez Cano Moreno. La exposición se llevó a cabo entre los días 14 y 20 de diciembre.
A fin de catalogar y valorar las monedas, estas fueron enviadas a la F.N.M.T que las devuelve el 7 de abril de 1988, y su dictamen eleva el montante de lo hallado a 15. 628. 300 pesetas.
El tesoro consta de 149 monedas, correspondiente a los reinados de Carlos III -45- Carlos IV – 64 – y Fernando VII – 40 – siendo la CECA más temprana la de 1772, en el Nuevo Reino y la más próxima a nosotros de 1822, en Madrid y en Nuevo Reino.
La valoración concreta de cada una de las monedas facilitada por la F.N.M.T. varía entre las 25.000 pts en las que fueron tasadas dos monedas, una de 1805, y otra de 1806, ambas por valor de 8 escudos, acuñadas en el Nuevo Reino y pertenecientes al reinado del Carlos IV, y las dos monedas que superaron las 400.000 pts , una perteneciente al reinado de Carlos III, de 8 escudos, acuñada en Madrid en 1783 y tasada en 420.000 pts y otra de 320 reales, acuñada en Madrid, datada en 1822, perteneciente al reinado de Fernando VII.
El Tesoro, después de su primera exposición al público y posterior tasación oficial fue depositado en la caja de seguridad bajo la responsabilidad del Ayuntamiento de Villanueva.
En noviembre de mil novecientos noventa y cinco, siendo Alcaldesa Dña Maria del Carmen Serradilla, las monedas ven de nuevo la luz ante la presencia de Dña Paloma Mozo García, Notario del ilustre Colegio de Cáceres y residente en la ciudad, actuando de testigos los distintos portavoces de los grupos de la Corporación. El entonces depositario presenta un paquete que manifiesta que es el que le fue entregado para su custodia el 7 de abril de 1988 procedente de la F.N.M.T. y lo entrega en idénticas condiciones en las que lo recibió. Procedió a su desprecintado D. Manuel Pajuelo, entonces interventor, observándose que en el mismo hay 149 sobres que a su vez contienen 149 monedas . D. Joaquín García Campos, joyero de la Ciudad, con dos monedas, cogidas al azar, manifiesta que realizada la prueba química sobre las mismas, resultan ser de oro y coinciden con las pruebas realizadas en el año 1987. La caja con las monedas, debidamente precintada y sellada, quedó depositada en la Caja fuerte del Ayuntamiento a cargo del depositario D. Antonio Jiménez. De todo ello levantó acta la referida Notaria.
Aunque de la autenticidad de las monedas nadie albergue dudas, si quedan algunos cabos sueltos que posiblemente sigan así. Resulta difícil de constatar por qué, quién o quienes las guardaron allí con premura y con tan pocas precauciones, ya que estaban cubiertas sólo con tierra, no contenidas en ninguna caja o ánfora que las protegiera, sabiendo su dueño el valor que tenían, si no fuera así, no las hubiera escondido. Todo nos hace pensar, que sólo el temor a que en algún momento le fueran requisada explica este peculiar modo de ocultarlas.
Datar cuando fueron depositadas nos resulta imposible. El Caserón, que fue transformado en Cine, nos consta que tuvo varios dueños. Los datos del Registro de propiedad, publicados en su día, nos remontan al año de 1845, sucediéndose varias transacciones, hasta que pasó, en 1945, a ser propiedad de la empresa CI-GO, estableciéndose allí el Cine Rialto.
El celo de su primitivo dueño unido a su mala memoria hace posible que podamos llevar a cabo la exposición que hoy inauguramos, y con ello exaltar la memoria de los trabajadores D. Sebastián Fernández Iglesia, D. Pilar Murillo Romero, D. Manuel Guijarro Miguel, D. José Fruto Gómez, D. Juan Manuel Gallardo Jiménez y D. Juan Félix Pérez Amaya, que de forma solidaria acordaron dar cuenta de ello a las autoridades, en un gesto que les honra a la vez que enriquece nuestro patrimonio.

Dos fotografías

abril 27, 2015

Dos fotografías
A Barrantes Lozano
Una, la que apareció cuando buscaba entre mis papeles, cosa habitual en mí dado el escaso sentidMisioneroso del orden que tengo , y entre papeles y libros ya leídos, encontré, pues por perdida la di, una fotografía que siempre había guardado con cariño y usado como marca de lecturas, hasta que un día quedó enterrada entre las páginas de “Campos de Castilla” de dónde la acabo de rescatar, no sin alborozo por mi parte, como si de un íntimo tesoro se tratase. Al fin el dicho de “el que guarda halla”, se hizo realidad, aunque fuera por olvido.
Os preguntareis, ¿y a qué viene algo tan personal y nimio para ser exordio de un trabajo en nuestra revista? No sería yo tan atrevido el intentar atraer la atención de los lectores, si no fuera por la convicción de que muchos vecinos de la Cruz del Río, a poco que observen la fotografía, que adjunto a este trabajo, reconocerán en ella a las personas retratadas, pues las dos personas anduvieron por el barrio, en un crudo invierno de enero de 1961. No se puede obviar, son dos sacerdotes, jesuitas por más señas, los Padres Gijón y Escribano.
Andábamos, por aquellos años, aún en los rescoldos de la posguerra y el sistema político iba de la mano de la Iglesia en un afán desmedido pro una nueva evangelización, a través de regladas misiones, que por aquí, en Villanueva al menos, correspondió a los PP.JJ. ¡Qué villanovense de entonces no recuerda al Padre Rodríguez!
En aquel invierno, al que hago referencia, se organizaron unas Misiones masivas en la ciudad a cargo de seis sacerdotes jesuitas, que se distribuyeron por las zonas de influencia de lo que hoy son las tres parroquias. La zona de la Cruz del Río fue adjudicada a los aludidos que, con entusiasmo y dedicación, emprendieron su tarea.
Por aquel entonces el barrio distaba mucho de ser lo que hoy es y por supuesto se carecía de la Comunidad Parroquial que hoy disfrutamos. A falta de local se habilitó una nave, justo enfrente de lo que fue el Molino, una nave amplia, que estaba dedicada al almacenamiento de abonos, y si no recuerdo mal, en su frontispicio se anunciaba como “Abonos Cava” Allí, entre sacos y olor a nitratos, se abrió un espacio para la feligresía. Como el edificio estaba para lo que estaba, su acondicionamiento para los actos religiosos eran tan precario, que la gente acudía a ellos con abrigos y mantas. El crudo invierno, y a teja vana, hizo tiritar más de una vez al Padre Escribano que, subido a un improvisado púlpito, arengaba a los asistentes al más puro estilo tridentino.
Tanto el Padre Gijón como el Padre Escribano, eran dos sacerdotes jóvenes, de verbo fácil, encuadrados en su tiempo, con voz grave alentaban al arrepentimiento y amenazaban con insistencia con las penas del fuego eterno. Pienso yo ahora, si no sería aquella nave, tan ventilada, un adelanto del averno en negativo. Y a mí, que por aquellos entonces pertenecía a la plantilla de acólitos fijos de “La Asunción,” me posibilitaron ser un adelantado en saber, lo que son las penas para los no arrepentidos. Entre Rosarios de la Aurora por calles escarchadas y Rosarios vespertinos en las gélidas anochecidas, pasé los días de Misión más refrescantes que recuerdo. Pero sobrevivimos. Y hoy, tras el grueso muro que interpone el tiempo, recuerdo con nostalgia aquella experiencia y el cariño que llegué a tener a aquellos dos sacerdotes con los que conviví aquel crudo invierno, y la fotografía, que guardo, es el recuerdo palpable de la estampa fija del camino de salvación, camino que marcaba el Nacionalcatolicismo a todos los españoles.
La otra, dos jóvenes bien parecidas, portan sendos cántaros dA por aguae agua sobre su cuadril izquierdo. En su mano derecha la caña y al fondo la fuente, fuente única en su tiempo.
Tiempo que se detiene en ellas. Ya no se ven a las mozas acarrear agua. Tampoco está la fuente. Su servicio fue haciéndose inútil con la llegada del agua a todas las casas. Todas la casas llegaron a tener su grifo detrás de la puerta; y se fueron olvidando los cántaros, las cañas y las cancioncillas de las mozas en la fuente. Y la fuente desapareció. La plaza de 738 m2 que jurídicamente era un bien público, el 22 de enero de 1967, la Corporación Municipal, presidida por D. Manuel Romero Cuerda, y con el quórum suficiente, le dio el rango jurídico de bien propio, todo en armonía con el Art. 8º del Reglamento de Bienes de las entidades locales de 27 de mayo de 1955.
El 25 de abril de 1967, la misma Corporación acuerda: 1º Ceder gratuitamente y libre de cargos al Obispado de Badajoz, entidad de derecho público en conformidad con los cánones 196 y 1499 del Código del Derecho Canónico y 3º y 4º del Concordato con la Santa Sede de 27 de agosto de 1953, el solar de 738 m2 que forma parte de la explanada sita en las proximidades de la Cruz del Río, conformada por la prolongación de la Calle Cruz del Río al Norte, Buenavista al Sur, Grupo Escolar Primo de Rivera al Este y edificaciones particulares al Oeste.
La adjudicación de la Plaza al Obispado quedaba condicionada a la construcción de un templo en el plazo máximo de cinco años y un uso, para tal fin, de treinta, en caso contrario en bien volvería al patrimonio municipal.
Los plazos se cumplieron, el templo sigue ahí y a nosotros de aquello nos queda la fotografía, testigo de la memoria de un tiempo pasado que no tuvo que ser necesariamente mejor.
abarrantes01.wordpress.com

Calle «Gómez Marín»

abril 2, 2015

D. Manuel Gómez Marín
A. Barrantes Lozano
Hay en Villanueva una calle que muchos la conocen como calle de “La Palma,” parece ser que porque en ella vivió un afamado jurista, D. Joaquín de la Palma. Curioso resulta que aún así se nombre a la referida calle, cuando hace más de cien años que cambió su denominación por la de “Gómez Marín” y es que en el subconsciente social perduran los antiguos topónimos sin saber las causas que hace que así sea.
Resulta que en la referida calle a principios del siglo XIX vivió una familia, la formada por D. Manuel Gómez de Mendoza, abogado, y su esposa Dña Carmen Marín Baus, de cuyo matrimonio nació D. Manuel Gómez Marín en 1836. Por circunstancias laborales del padre, el alumbramiento de Manuel fue en Cáceres aunque “debe ser considerado como hijo de Villanueva de la Serena, su pueblo como él con palabras de gran afecto decía, aquí pasó sus primeros años, aquí tuvo su casa vínculo y solariega de su familia, por lo cual, así como por sus buenas y generales amistades siempre y hasta su muerte mantuvo relaciones de paternal cariño con esta Ciudad” (D. Manuel González de Mendoza y Gómez).
Justa fue la decisión que tomó el Consistorio presidido por D. Julián Adame García, un 30 de marzo de 1902 en Sesión Extraordinaria, estando presente en el acto D. Enrique Gómez Asensio, hijo del que iba a ser homenajeado y D. Manuel González de Mendoza, sobrino, Concejales y numeroso público, que en solemne acto aprueba a tenor de los méritos contraídos por D. Manuel Gómez Marín los siguientes acuerdos:
1º Que se declare hijo adoptivo de la ciudad a D. Manuel Gómez Marín.
2º Dar su nombre a la actual calle de “La Palma” donde vivió, y que en adelante se llame “Calle de Gómez Marín”.
3º Fijar en los salones de la Casa Capitular una lápida con la siguiente inscripción “ A D. Manuel Gómez Marín, Jurisconsulto, político y escritor eximio. El Ayuntamiento de esta ciudad 30 de marzo de 1902”
Durante el acto, su sobrino, D. Manuel González de Mendoza y Gómez, leyó unos apuntes para la biografía del Exmo Sr. D. Manuel Gómez Marín, que por ser de primera mano, considero fidedignos y de forma extractada añado a continuación.
Fue D. Manuel Gómez Marín un hombre de vasta cultura y comprometido con su tiempo. Preocupó sus atenciones a los problemas del Derecho, la Filosofía, la Sociología y la Economía Política. Terminó sus estudios jurídicos cuando el País se encontraba inmerso en lo que se vino a llamar el Bienio Progresista y él pronto se vio envuelto en los movimientos sociales y políticos más avanzados de su tiempo. Colaboró en la redacción de “La Soberanía Nacional” diario de propaganda demócrata, de Sixto Cámara, con el afán de extender por España el espíritu de la Revolución francesa de 1848 y las ideas socialistas de la época. Entabló amistad con Rivero, Pi y Margall, Moret… que tanta influencia tuvieron en la Revolución de 1868, Revolución que abrió en España por primera vez, el proceso democrático.
Para la difusión de las nuevas ideas políticas fundó un establecimiento tipográfico dedicado exclusivamente a la impresión de trabajos de propaganda democrática. Trabó estrecha amistad con Castelar y en su tipográfica fueron impresos los primeros discursos del insigne orador para gran satisfacción de ambos. D. Emilio encontró la forma de difundir su pensamiento y Gómez Marín siempre tuvo el honor de haber sido el primer editor de las obras de Castelar.
Colaboró con Castelar en el periódico “La Democracia” en la sección “Biblioteca del Demócrata” donde se exponía con claridad los principios fundamentales de las nuevas teorías políticas.
Con la Revolución de 1868 los demócratas se dividieron entre los que consideraron que la solución era una República y los que optaron por asentar en las leyes y costumbres públicas las libertades democráticas. Gómez Marín fue de estos que se conocieron como “Cimbrios”
Aunque no llegó a tener escaño en la Cortes Constituyentes de 1869, sí ocupó importantes puestos en el Ministerio de Ultramar. Con el advenimiento de la primera República, ocupó escaño por el Distrito de Lorca.
Pasado el Sexenio Progresista, con la Restauración los demócratas quedaron relegados de la acción política durante algún tiempo y nuestra personaje dedicado a sus estudios, fruto de los cuales es la vasta obra: “Cuerpo del Derecho Civil Romano, la fundación del diario “Mundo”, órgano de la izquierda liberal y del diario jurídico ”La España Forense”
Liderados por Sagasta, los demócratas consideran que la aptitud de protesta, que mantenían algunos sectores seguidores de Zorrilla, no tiene cabida en la España liberal y a estos se adhiere Gómez Marín que alcanzará un puesto en las Cortes de la Regencia, y, más tarde, fue llamado a ocupar la Dirección General de lo Contencioso del Estado y una plaza en el Consejo de Estado.
Los achaques de una salud quebrantada, los desengaños de una larga y agitada vida pública, y ¿por qué no? – nos dice su biógrafo- cierto amargo escepticismo, le tuvieron en sus últimos años retraído de la política militante.
Demócrata de corazón, aún más que por el pensamiento, de instintos igualitarios y prácticos, de bondadosa llaneza, no necesitó nunca de riquezas para alcanzar el don inestimable que alcanzan los hombres justos: la paz interior.
abarrantes01.wordpress.com

Renacimiento Digital de A. Ramos

noviembre 11, 2014

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El 7 de noviembre de 2014, en los sala de exposiciones de la Jabonera, Antonio Ramos nos sorprende con una colección nueva, quizá la más atrevida de su carrera. Para el tríptico, que presenta su obra, me pidió opinión, gustosamente me presté a colaborar, pues el momento lo requería.
Así interpreté su obra:

“Desde que conozco a Antonio Ramos, – su aportación escultórica al Pabellón extremeño de la Expo 92 fue toda una sorpresa- su evolución artística no deja de sorprender. Como escultor o como pintor. En continua evolución, inconformista y comprometido. Difícil de ubicar, pero dentro de los caminos de su tiempo. Ahora nos sorprende con una colección novedosa y transgresora. Se atreve a poner acento a los clásicos, no para desarmarlos, ni para difuminarlos con transformaciones, que a veces vemos poco afortunadas. El se aproxima a ellos con las técnicas que su tiempo le ha puesto a su alcance y penetra en ellos, sin hacerles perder su identidad. Como orfebre o fino cirujano, desmiembra el retrato y saca de él su “halo,” lo que el ojo espectador no ve y ve el artista en su interpretación personal . Nos muestra el alma,10805710_999841173366515_9047500103576597733_n el aura del personaje… Con el empleo del acrílico y el cemento, hábilmente combinado con la intervención digital, aporta un nuevo lenguaje al retrato clásico, trayéndolo hasta nosotros sin sacarlo de su siglo.
La figura no se desmorona ni se hace irreconocible, el artista añade o modifica elementos al original, con lo que consigue evocar un nuevo lenguaje, una nueva lectura, solo posible después de su intervención. Nos podría hacer pensar que algunos elementos están fuera de lugar, y no es así, todos forman un conjunto homogéneo; si hay distorsión responde a la constancia del artista tras sus objetivos. No hay nada que no debiera estar o esté fuera de lugar.
El trampantojo de formas alusiva de otra realidad nos acerca, la obra de Ramos, a connotaciones del surrealismo y la abstracción, sin perder la base conceptual clásica que lo sustenta. Busca y consigue simplemente otro mensaje, otra mirada del espectador, que no es poco.”
A. Barrantes Lozano