Archive for the ‘Retazos de nuestra historia’ Category

Del «Paso a Nivel» y la Carretera de » Circunvalación»

septiembre 13, 2020

Del “Paso a Nivel” y la “Carretera de Circunvalación

Antonio Barrantes Lozano

...el paso del tren

…el paso del tren

Es muy habitual ver alguna vieja fotografía colgada en las redes sociales, en la que se  muestra a una imponente locomotora de vapor aproximarse o alejarse de Villanueva, lo que no tendría nada de particular si no fuera porque la fotografía se tomó en el instante que el convoy cruza el “Paso a Nivel”.  La fotografía, como todas aquellas con imágenes que el tiempo ha dejado atrás, evoca cierta nostalgia en las personas que conocimos aquellos momentos.

Con el trazado del ferrocarril que pasa por la ciudad, Villanueva quedaba comunicada por el sistema ferroviario decimonónico, todo un privilegio, que empujó a la ciudad a un inesperado desarrollo y a un campo abierto a la modernidad. Fueron  muchas las ventajas que  acompañaron al  ferrocarril, como lo son en general los vías de comunicación para el desarrollo de ciudades, comarcas y provincias

No podemos obviar ninguna de las ventajas que el trazado ferroviario supuso, pero tampoco olvidar algunos inconvenientes causados a la  población, que han tardado más de cien años en superarse. Me refiero al ya mencionado “Paso a Nivel”.

El trazado de la línea ferroviaria recorre el flanco sur de la población,  cortando  el importante camino de entrada y salida de la ciudad a la altura de la confluencia de las carreteras de Zalamea y D. Benito

Desde la puesta en marcha del ferrocarril, el paso estaba regulado por barreras, que hoy es un sistema olvidado en los nuevos trazados ferroviarios. Los inconvenientes se soportaron  durante muchos años, porque las exigencias del tráfico no eran excesivas y los transeúntes poco exigentes. Nada extraño era ver, a uno y otro lado del paso, una larga hilera de vehículos a motor, carros y animales, esperando pacientemente que acabaran las maniobras, muy frecuentes al estar el paso próximo a la estación, para levantar las barreras.

A mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, este problema pudo haberse agravado mucho más, si no hubieran andado nuestros ediles atentos.

Fue por  estos años cuando una actividad frenética de obras públicas  afectaron directamente a la Ciudad. El ferrocarril Villanueva.- Talavera, diseñado en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera[i], después de un largo lapsus se retomó con fuerza y podemos decir de él que a la altura de 1960, la Sección 3,  que nos uniría con  Logrosán,  estaba prácticamente terminada y apunto para ponerse en funcionamiento.

A la vez que se completaban las obras del ferrocarril, el Ministerio de Obras Públicas diseña la carretera conocida de “Circunvalación”, hoy “Avda de la Hispanidad”, que uniría la Carretera de Guadalupe con la de D, Benito en el sitio del “Ramillete”. Como consecuencia de estas obras se proyectó un paso  elevado  para salvar el tendido ferroviario y además resolver los problemas del “Paso  a Nivel” que comentamos. Dos hermosos arcos de hormigón facilitan el paso de los trenes y dan continuidad a la nueva carretera hasta su confluencia con la de D. Benito.

Tanto la obra ferroviaria, como la de la carretera, fueron bien vistas por el Ayuntamiento de entonces por lo suponía de mejora de las comunicaciones y su impacto favorable para la Ciudad, pero el estudio detallado del conjunto del proyecto presentaba algunos inconvenientes que pusieron en aviso a nuestros ediles.

La posible desaparición  del conocido  “Paso a Nivel”, haría derivar todo el tráfico hacia  citado paso elevado,

la alcantarilla se amplió,  pero el resultado..

penetrando en la Ciudad por la circunvalación y  calles adyacentes. Ayuntamiento Villanovense, comandado por el  Alcalde: D. Celedonio Pérez Álvarez, consciente de los trastornos que esto podría provocar, alega: que ante la posibilidad de quedar inutilizado el actual paso a nivel por el que tiene acceso a esta población las carreteras de Zalamea y D. Benito debido a las actuales obras del ferrocarril Villanueva- Talavera se plantearía un gran problema de entrada en la población de una extensa zona, que no resolvería satisfactoriamente el paso superior en construcción actualmente en el punto de unión de ambos ferrocarriles, por varias razones: a)por ser única entrada en la parte sur de la población, b) por las distancias a recorrer  que si bien pudieran ser salvadas regularmente por los vehículos a motor, no lo serían para el resto del tráfico y c)  por el mal acceso a la población por este lado, ya que el tráfico habrá de discurrir por calles estrechas y no datadas todavía de pavimentación, ni saneamiento adecuado. En virtud de estas razones, el Pleno de este Ayuntamiento cuerda por unanimidad: solicitar de la Jefatura de Obras Públicas se estime la ampliación y puesta en servicio  del actual paso inferior situado al paso nivel que se intenta suprimir y que resolvería totalmente los problemas expuestos que contribuirían a agravar la ya nada cómoda situación del tráfico en nuestra  población[ii].

Lo que pretendía el Ayuntamiento era que la pequeña alcantarilla que dejaba pasar las aguas del “Torrentero” se ampliara para permitir el acceso a los vehículos. La objeción municipal encontró eco el Ministerio y el paso no llegó a anularse y la alcantarilla fue ampliada, pero mucho tiempo después y con escasa satisfacción. Tuvieron que pasar sesenta años para que  la obra de ingeniería más importante de las llevadas a cabo en la ciudad, resolviera el problema, dando prestancia y fluidez a esta importante entrada en la ciudad.

a veces, la espera era larga

El trazado de la carretera de circunvalación,  hoy en moderna ampliación, también presentó inconvenientes que dieron opción a otras exigencias de nuestras autoridades.

Su trazado, con la consiguiente elevación para salvar la altura del paso elevado, de alguna manera supone levantar un muro que dificulta el crecimiento o prolongación de las calles limítrofes, problema  aún hoy observable  en la prolongación de la calle de “El Pardo”, y lo que era más novedoso,  cortaba el acceso a la nueva estación, (en el proyecto “apeadero”) del ferrocarril,  prevista  que se ubicara  en su zona limítrofe. (Se manejaron tres posibilidades, una en la estación existente, otra a dos kilómetros y una tercera mixta entre las anteriores soluciones[iii], que fue la aprobada.) Por todo ello, en sesión Plenaria[iv] se propone:

En la forma que actualmente se efectúa la desviación de la carretera Villanueva- Guadalupe quedan cortadas por el terraplén todas las calles que habían de desembocar en  la futura estación  y de aquí la conveniencia de dotarlas de pasos mediante obras adecuadas, y si tal cosa no fuera realizable por los servicios de la mencionada estación el Ayuntamiento se vería obligado al trazado de una vía amplia paralela al terraplén con objeto de no dejar ninguna calle taponada por el mismo. Ello es una razón  más que abona el deseo de este Ayuntamiento de conocer los planes de esa Dirección General a este respecto,  deseo expuesto por el Sr Alcalde al Ingeniero Director, Sr, Moreno Lacasa, que no dudamos sea satisfecho por el Dirección General en virtud de las razones expuestas”.

Las obras de la línea ferroviaria fueron paralizadas, al parecer por presiones del Banco Mundial, y el gobierno apostó por la potenciación del automóvil y la política de carreteras. Se aprobó su desmantelamiento  por Orden Ministerial de  17 febrero de 1966,  efectuándose la retirada de raíles y mobiliario entre mayo a julio de 1994[v]

Hoy la “Vía Verde” ocupa el lecho de lo que pudo ser.

 

[i] Por el Decreto de 30-1-1924 se crea el Consejo Superior de Ferrocarriles y este presenta al gobierno el Estatuto del Nuevo Régimen Ferroviario el 12 de junio de 1924.  El ferrocarril Talavera Villanueva… Historia de una ilusión. Juan J Ramos Vicente

[ii] Acta Municipal 19-12-55

[iii] El ferrocarril Talavera Villanueva… Historia de una ilusión. Juan J Ramos Vicente

[iv] Acta Municipal 27-6-55

[v] El ferrocarril Talavera Villanueva… Historia de una ilusión. Juan J Ramos Vicente

13-9-2020

Dos casos curiosos en la Heráldica de Villanueva

abril 9, 2018

Antonio Barrantes Lozano

Aclaro por adelantado que nunca me ha interesado la heráldica, siempre me ha parecido cosa del pasado, añoranzas  de otro tiempo y cuando por alguna circunstancia me he topado con su literatura esta me ha resultado farragosa, abigarrada y llena de barroquismos ampulosos, vacíos, que apenas me dicen nada.  Y no es que uno tenga algo contra las piedras armeras, estas como  la numismática, son vehículos de información de una parte de  la historia y como tal, hoy, hay que valorarla. Mi despegue hacia esta fuente no es debida a ninguna  animadversión o desdén, más bien se debe a mi desconocimiento o a aquella carencia intrínseca que lastimaba tanto a León Felipe y que nos legó en un bello poema: ¡Qué lástima!, “Qué lástima que yo no tenga una casa blasonada… ni el retrato del abuelo que ganara una batalla… y  venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia”

Vaya por delante, pues, que esta actitud mía es más de debilidad que de convencimiento  y por ello pido clemencia por si se deslizara en mi comentario algún inconveniente no del gusto de algunos; es el riesgo que hay que correr cuando de opinar se trata.

A través de un amigo ha llegado a mí un cuadernillo escrito por un reconocido jurista villanovense, D. Fernando Cota y Márquez de Prado, al que  acompaña en  su autoría  D. Ramón José Maldonado. El documento es el “Catálogo de las labras heráldicas de la ciudad de Villanueva de la Serena”. Está fechado en Madrid en el año de 1958.

Para hacernos a la idea de lo que Villanueva fue, la heráldica se centra mucho en el pasado, los autores  nos  dicen que “Villanueva de la Serena tuvo una espléndida heráldica que, en el transcurso de los años, fueron dejando talladas y esculpidas  en sus nobilísimas piedras y maderas los más preclaros linajes extremeños”.

Para sustentar lo dicho  se toma la referencia de un viejo manuscrito que existió en el archivo parroquial  desaparecido en el incendio de 1936, y  que salvó parcialmente D. Juan A. Muñoz Gallardo; el legajo describe  la visita a la ciudad, en 1633, de el Prior-Visitador de Alcántara, D. Diego de Sandoval y Pacheco, en la que  dice que el pueblo lo componen  unos ochocientos vecinos, afirmando después  que existen en él cerca de cuatrocientas casas de hidalgos.

Con pena, por la desidia de propios o la violencia ajena,  como vestigios de aquellas glorias sólo llegan a catalogar a 33 blasones de los cientos que debió haber, y si lo hicieran  hoy, quizás no llegarían a la mitad; nadie ha demostrado celo en su conservación; las ruinas y las piquetas hacen el oprobio.

Como me ha impulsado la curiosidad, he salido a buscar las piedras catalogadas, muchas ya no están, otras ya no lo estaban entonces, y lo que queda, a la vista al menos, es por la voluntad de los nuevos propietarios que las mantienen en sus fachadas como mero adorno, sin tener ninguna relación sanguínea con los ancestros blasonados.

Exhaustivo resulta reproducir el documento del Sr. Cota en un artículo, pero si quiero decir algunas cosas que me han llamado la atención o al menos me han resultado curiosas.

Los blasones, como toda simbología tiene un significado y sus alegorías se deben a un orden que no por cualquier causa debe de ser cambiado y cuando una alteración surge se le   busca una justificación.  Como es el caso que tratamos a continuación.

La heráldica tiene su peculiar vocabulario que a los profanos nos resulta tedioso y por ello reproduzco la descripción que se hace de uno de los escudos   que aún se mantiene  en la fachada de la vivienda que fue de D. Antonio Morales-Arce y Dª María del Carmen Márquez de Prado, y que hoy es de propiedad municipal, donde se alberga la Biblioteca Pública. La labra está bien conservada y se puede apreciar con total nitidez.

“Escudo cuartelado. En el 1º, un árbol, acompañado de dos torres mazonadas y encadenadas al árbol y nacientes de las torres, dos águilas, de las cuales la de la diestra está coronada y superada de una cruz llana. Bordura de ocho aspas de S. Andrés; en el 2º, dos becerras pacientes, y en jefe, (en la parte superior) un creciente acompañado de siete luceros. En la bordura, el lema: “Más es de sostenerse en la honra y vencerla”; el 3º, cinco estacas en pal, y en el 4º, dos sierpes enlazadas y afrontadas, acompañadas de seis cabezas de indios. Por cimera, casco plumado mirando a la siniestra.”

Como cualquiera lo puede ir a ver, sobran las posibles aclaraciones que pudiera hacer a riesgo de confundirme.

La mayoría de las labras están rematadas por una cimera, generalmente un busto o una celada, mirando a la derecha; lo peculiar de la que se describe es que está mirando a la izquierda, al parecer gesto reservado para casos de  bastardía, que el autor, Sr. Cota y  Márquez de Prado, aquí, descarta tajantemente con estas palabras: “sabemos perfectamente que dicha casa solar fue de los Becerra-Texeiro, de cuya familia descienden los Márquez de Prado de la rama de Villanueva… Ninguna bastardía empaña este linaje, y por ello creemos que su factura fue producto, o de una desviada interpretación del escultor, o de un actuar caprichoso del mismo…”

Otra de las cosas que me llamó la atención al leer los apuntes heráldicos del Sr. Cota y Márquez de Prado es el descubrimiento que hizo, en los corrales de una casa de la calle de La Haba, de una piedra blasonada y que describe de la siguiente manera: Escudo cuartelado. En el primer cuartel, un castillo torreado y mazonado, y sumada del mismo un águila posada; en el 2º, tres barras acompañadas en los cantones diestro y siniestro de dos hojas de higuera; en el 3º, un puente sobre ondas de aguas y salientes del mismo, dos bustos humanos; y en el 4º, cinco roeles, puestos dos, dos y uno.

Nos dice que esta piedra armera debió pertenecer, en otros tiempos mejores para ella, a la casa de al lado, la que era de Dña Emilia Márquez  de Prado, viuda de D. Antonio Guisado y Pérez del Villar, antes de la reforma y quedó allí como material de derribo. Cree que perteneció a la familia Pérez de Villar.

La piedra, aunque no lucía en sitio apropiado, estuvo bien custodiada por sus propietarios, de modesta condición al decir de D. Fernando Cota, a los que agradece el interés por su descubrimiento y conservación.

Conocí el blasón al que se hace referencia en el mismo lugar que  se describe y conocí a los propietarios que, aunque humildes, tenían nombre, esto es, D. Manuel Gil y Dña Carmen Casillas y  para tranquilidad de los amantes de la heráldica quiero decir que la piedra en cuestión no ha sido  objeto de la desidia o el olvido, ni ha ido a parar a ningún vertedero, destino de otras muchas, sino que hoy luce  sobre una fachada de la calle Luzón, por haber sido recogida y restaurada por uno de los nietos de los señores citados. Y lo que digo lo afirmo, porque razones tengo para conocer el caso.

abarranteso01.wordpress.com

 

 

La fotografía de la Plaza

marzo 23, 2018

La Esquina de la Plaza
A. Barrantes Lozano

Alfareros en la Plaza

Si se pasea por la Plaza de España se puede ver como se levanta el edificio de la esquina de la calle del Marqués de Torres Cabrera. Sin ser muy entendido, se le adivina sólido, de moderna estructura y ya se apunta en él la columnata de granito que dará continuidad a los soportales de la acera del ayuntamiento, buscando dar al lugar un espacio porticado.
La contemplación de la obra me recordó la visión de una antigua fotografía que he conseguido a través de las redes sociales e incorporado a mi colección de fotografías antiguas de Villanueva. En ella se puede observar la esquina en cuestión a principios del siglo XX. No es una instantánea a propósito de la esquina, la esquina marca el fondo de la escena junto con la arcada del edificio del casino, perfectamente reconocible.
Es una suerte que haya gente que conserve y publique este tipo de fotografías, a todos nos ayudan a reconocer nuestra historia, la historia reciente, la que aún perdura en el límite de la memoria de mucha gente. Escribí en una ocasión que la fotografía tiene la magia de sostener en el tiempo la memoria de lo que fue; con ellas, a veces de repente, fluye a torrentes la nostalgia de una infancia que se ha ido.
El documento gráfico es el soporte visual de la historia que se nos escapa, de la sociedad, de uno mismo.
Me gusta contemplar las antiguas y lo hago con verdadera aplicación en aquellas que se exponen en algunos lugares públicos o son portada de algunos calendarios. Son estampas antiguas, viejas, amarillentas por el tiempo que milagrosamente respeta las tintas artesanales de la cuba del primitivo fotógrafo. Son vetustos documentos gráficos, vocaciones del pasado.
La fotografía que comentamos nos retrotrae a un pretérito que se nos hace lejano, quizá a los albores del siglo XX. En nuestra Plaza de España unos artesanos nos muestran sus productos, unas tinajas de mediano tamaño de las muy usadas en tiempos pasados para el agua, el aceite o el vino. Los vendedores miran al fotógrafo, van tocados de sombrero alto y bien abrigados, el tiempo no era muy agradable, posiblemente invierno, lo delata el gesto de frío en sus caras, la bufanda, las manos en los bolsillos y las tocas de las mujeres. La gente pulula alrededor, se adivinan otros puntos de venta. Unas señoras con sus capachos, se paran y miran. El hecho de la presencia del fotógrafo alteró el movimiento natural en estos espacios. Todos los personajes observan atentos el proceder del fotógrafo, oficio raro en la época, algo novedoso. Ignorantes quizá que hoy sus ropas, sus miradas o sus afanes nos hablen de un instante de sus vidas, de un tiempo, de su tiempo, prendidos en las sales de plata, retazos de historia, de nuestra historia.
Es un día de mercado. Mercado tradicional que se arrastra desde 1781, en tiempos de Carlos III, que a solicitud de la ciudad, faculta el establecimiento de un mercado los sábados en el que “concurren comestibles, paños, lienzos, costal, jerga, lino, calzados, granos, alfarería, y algunas ligeras tiendas con otras especies y condimentos, que proveen no solo a estos vecinos sino es también a lo de los pueblos contiguos de lo más necesario..” Así lo podemos leer en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres de 1791 para el Partido de la Serena.
Podemos asegurar que nuestro popular “mercadillo” que es como lo conocemos ahora, tiene una antigüedad de siglos. Siendo la Plaza y alrededores de la Iglesia su inicial ubicación; esta ha ido cambiando con el tiempo, al adquirir mayores dimensiones y cubrir otras necesidades; se ha ubicado en la calle Ramón y Cajal, La Laguna, Plaza de Salamanca y hasta ahora que se instala en el moderno recinto ferial.

Si se pasea por la Plaza de España se puede ver como se levanta el edificio de la esquina de la calle del Marqués de Torres Cabrera. Sin ser muy entendido, se le adivina sólido, de moderna estructura y ya se apunta en él la columnata de granito que dará continuidad a los soportales de la acera del ayuntamiento, buscando dar al lugar un espacio porticado.

La Casa de la Esquina

La contemplación de la obra me recordó la visión de una antigua fotografía que he conseguido a través de las redes sociales e incorporado a mi colección de fotografías antiguas de Villanueva. En ella se puede observar la esquina en cuestión a principios del siglo XX. No es una instantánea a propósito de la esquina, la esquina marca el fondo de la escena junto con la arcada del edificio del casino, perfectamente reconocible.

Es una suerte que haya gente que conserve y publique este tipo de fotografías, a todos nos ayudan a reconocer nuestra historia, la historia reciente, la que aún perdura en el límite de la memoria de mucha gente. Escribí en una ocasión que la fotografía tiene la magia de sostener en el tiempo la memoria de lo que fue; con ellas, a veces de repente, fluye a torrentes la nostalgia de una infancia que se ha ido.

El documento gráfico es el soporte visual de la historia que se nos escapa, de la sociedad, de uno mismo.

Me gusta contemplar las antiguas y lo hago  con verdadera aplicación en aquellas que se exponen en algunos lugares públicos o son portada de algunos calendarios.  Son estampas antiguas, viejas, amarillentas por el tiempo que milagrosamente respeta las tintas artesanales de la cuba del primitivo fotógrafo. Son vetustos documentos gráficos, vocaciones del pasado.

La fotografía que comentamos nos retrotrae a un pretérito que se nos hace lejano, quizá a los albores del siglo XX. En nuestra Plaza de España unos artesanos nos muestran sus  productos, unas tinajas de mediano tamaño de las muy usadas en tiempos pasados para el agua, el aceite o el vino. Los vendedores miran al fotógrafo, van tocados de sombrero alto y bien abrigados, el tiempo no era muy agradable, posiblemente invierno, lo delata el gesto de frío en sus caras, la bufanda,  las manos en los bolsillos y las tocas de las mujeres. La gente pulula alrededor, se adivinan otros puntos de venta. Unas señoras con  sus capachos, se paran y miran. El hecho de la presencia del fotógrafo alteró el movimiento natural en estos espacios. Todos los personajes observan atentos el proceder del fotógrafo, oficio raro en la época, algo novedoso. Ignorantes quizá que hoy sus ropas, sus miradas o sus afanes nos hablen de un instante de sus vidas, de un tiempo, de su tiempo, prendidos en las sales de plata,  retazos de historia, de nuestra historia.

Es un  día de mercado. Mercado tradicional que se arrastra desde 1781, en tiempos de Carlos III, que a solicitud  de la ciudad, faculta el establecimiento de un mercado los sábados en el que “concurren comestibles, paños, lienzos, costal, jerga, lino, calzados, granos, alfarería, y algunas ligeras tiendas con otras especies y condimentos, que proveen no solo a estos vecinos  sino es también a lo de los pueblos contiguos de lo más necesario..” Así lo podemos leer en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres de 1791 para el Partido de la Serena.

Podemos asegurar  que nuestro popular “mercadillo” que es como lo conocemos ahora, tiene una antigüedad de siglos. Siendo la Plaza y alrededores de la Iglesia su inicial  ubicación; esta ha ido cambiando con el tiempo, al adquirir mayores dimensiones y cubrir otras necesidades; se ha ubicado en la calle Ramón y Cajal, La Laguna, Plaza de Salamanca y hasta ahora  que se instala en el moderno recinto ferial.

Pero volvamos a la fotografía, el edificio llamado del Casino ha llegado hasta nosotros como lo vemos en la imagen, su balconada y arcada de medio punto, en cantería de granito que da a la Plaza un aire clásico y aristocrático, afortunadamente la piqueta y la especulación han pasado de largo milagrosamente . Hoy es un edificio señero y a conservar. Otra cosa es la esquina de la izquierda, que da paso a la antigua “Calleja de los Toros” o como se llama ahora, del “Marqués de Torres Cabrera.” Es una casa medianamente humilde, a dos aguas con bajo y piso alto, dos balcones dan la Plaza. En los bajos una industria anuncia  su labor. Es una imprenta –papelería. En su fachada se puede leer: “Imprenta Papelería Diestro.” “Objetos de Escritorio”; no se cuanto tiempo lo fue o pudo resistir aquel negocio, ni qué necesidades cubría por entonces o si llegó  a coincidir con otra Imprenta , la recientemente desaparecida después de más de cien años de actividad,  la regentada por la familia Parejo; sea como fuere, la imprenta “Diestro” fue testigo de la época aquí reflejada, como lo ha sido la casa que la cobijaba, manifiesto de excepción del alma de un pueblo, vigía permanente de su Plaza, Plaza que ha vuelto a ser el hálito de la ciudad, hoy moderna y transformada.

La casa, con mínimas intervenciones, ha llegado como la vemos hasta el siglo XXI. Su piso alto siguió siendo vivienda y por sus bajos pasaron distintos tipos de negocios, que muchos villanovenses todavía guardan en sus recuerdos. Ineludible nombrar la celebrada “Sombrerería” de D. Moisés Pérez de las Vacas, uno de tantos artesanos que tuvo la ciudad hasta que la industrialización los fue apartando; más tarde fue sede del recordado Bar “Los Caracoles,” un nombre de referencia en la restauración de la posguerra, como lo fue el también  desparecido Bar “España,” asimismo ubicado en la Plaza. El solar, por su ubicación desde hace años, la primera referencia es de 1914, ha sido añorado por los distintos Ayuntamiento que a la ciudad han regido. Al fin, en la Junta de Gobierno, reunida el 2 de diciembre de 2014, se anuncia el acuerdo con su último propietario, D Vicente Rodríguez Jiménez, por el que el edificio pasa a ser propiedad municipal, con el objetivo de prolongar los soportales desde la fachada del Ayuntamiento hasta la esquina de la calle “Marqués de Torres Cabrera.” Todo el proceso fue comunicado por el Sr. Alcalde al pleno llevado a cabo el 4 de diciembre.

El proyecto ha sido realizado por el arquitecto municipal D. Alfonso Navarro Muñoz y la obra fue licitada en el BOP del 20-1-2017 “a la oferta,- se hicieron 32- de mejor precio, despreciando  aquellas anormales o desproporcionadas, con un periodo de ejecución de doce meses.” Veremos.

abarrantes01.wordpress.com

 

La Calle del Puente

octubre 24, 2017

 

La Calle del Puente
A. Barrantes Lozano

En la última entrega que se hizo pública el 18 del pasado septiembre, hablaba sobre la morfología de la ciudad, queriendo dar a entender cómo la orografía determina su configuración, haciendo referencia explícita al trazado de las calles del primigenio núcleo urbano. Villanueva se asienta sobre una suave loma que vierte las aguas hacia el oriente en busca del cauce de los ríos Zújar y Guadiana. Curiosamente la expansión urbanística de la ciudad, principalmente a partir del último cuarto del siglo XIX, tomó el mismo derrotero que las aguas pluviales y se fueron trazando nuevas calles a lo largo de caminos trazados por los arroyos. Ejemplo de ello la vía surgida en el camino llamado del “Callejón de S.Miguel” que aún en nuestros días se mantiene su nombre. Nuestra afamada plaza de “Las Pasaderas” a pocos hay que decirles que su topónimo viene de los pasos de piedra que cruzaban la calzada para evitar las aguas que provenían de la parte occidental, de las calles de “Lares” y “Ramón y Cajal”, y del “torrentero” – entonces camino de La Haba- que se adentraban en la población por la conocida calle del “ Polvo” , – nombre que se debe al levantado, por los carros en tiempos de saca, del lecho arenoso que habían dejado las aguas invernales– aguas que buscaban salida por la calle “Arroyo” y “Camino de Hernán Gil”.
Debido a la pequeña hondonada existente en la encrucijada de varias calles en la zona, el agua quedaba estancada con los problemas de salubridad consiguiente. Significativo eran sus nombres “Cantarranas” “Arroyo” o “Salsipuedes”. Fue en 1926 cuando una decisión municipal las nominó como “Espronceda” y “Gabriel y Galán” respectivamente. La última citada aún es testigo de lo que decimos. En la parte más elevada de la zona se fue trazando la calle Alta ajena a esta problemática y que unía a las salidas naturales de “Hernán Gil” y “Cercón del Rey”. entonces rodeados de cercados, olivares y tierra de labor. Con parecida suerte se fue diseñando la calle “Olivar”, a la que aún muchos villanovense la conocemos como la calle “del Puente” con razones fundadas para ello. No era su trazado inicial como hoy la conocemos, la calle de “S. Francisco” estaba ya trazada y la acera de los impares formada por una sucesión continua de viviendas, por lo que la calle “Olivar” era una calle cerrada, cosa nada extraña en el trazado viario del XIX; aún perdura la calle llamada “Cerrada”, situada a mediados del ”Callejón de S. Miguel” o, como hasta no hace mucho, lo era la calle “Quintana.”

Calle Salsipuedes

Como su trazado original no era muy afortunado, los vecinos sintieron la necesidad de buscar una salida hacia la calle de “S. Francisco” que ya se estaba convirtiendo en Avenida Principal, y haciendo de la insuficiencia virtud, los vecinos decidieron abrirse paso y compraron la casa que la cerraba. La decisión vecinal llegó a las altas estancias municipales que estudiaron la propuesta que fue elevada a Pleno en instancia firmada por D. José Sánchez Merino, en la que se manifiesta haber adquirido una casa, entre él mismo y varios vecinos, de la calle “Olivar” con el fin de construir una travesía entre dicha calle y la de “S. Francisco” cuyo hecho, manifiesta, ha de redundar en beneficio de los vecinos de esta ciudad. La petición, como era habitual en el procedimiento administrativo, pasó a ser estudiada a la comisión de ornato. Corría la fecha de 28 de marzo de 1885, siendo alcalde D. José Montero y González.
La respuesta municipal no se hizo esperar, pocos días después se le comunica a D. José Sánchez Merino, que la citada comisión ve acertada la propuesta por ser la obra de imperiosa necesidad y utilidad, pero debe hacerse dicha demolición con el máximo respeto a los hastiales de las casas colindantes que quedarían afectadas, como ocurre con frecuencia en este tipo de demoliciones Así sucedió, el propietario de una de ellas, de la calle S. Francisco, eleva instancia, poco tiempo después, rogando que se derribe la pared de su casa y se construya de nuevo por haber quedado a la intemperie con motivo de la demolición de la casa limítrofe.
En la zona, por su orografía, las aguas, como apuntábamos, presentaban un serio problema ya que sólo se podían achicar a través de un profundo arroyo y los representantes municipales haciéndose eco de esta dificultad, en el acta del pleno de 15-4-1885, se puede leer: “que siendo de imperiosa necesidad la construcción de una alcantarilla para que las calles Olivar y S. Francisco y demás contiguas tengan comunicación, todo vez que el arroyo que las divide recibe las aguas de varias calles y que por poco que llueva se hace imposible el tránsito de una a otra por su profundidad, se lleve a efecto la construcción de aquella –la alcantarilla- formando oportuno expediente y presupuesto. Forma la comisión D. Vicente Gómez, D. Francisco Montero y D. José Guisado
La construcción de dicha alcantarilla es aprobada, y para ello se libra un presupuesto extraordinario de “más de quinientas pesetas” en conformidad del R. Decreto de 4 de enero de 1883.
La obra se llevó a efecto y la calle “Olivar”, popularmente, comenzó a conocerse como la calle “del Puente” o “el Puente” topónimo que perdura en el imaginario de muchos villanovenses.
Resuelto el inconveniente del paso, el arroyo siguió dando problemas, limitaba la expansión, dificultaba el transito viario y sobre todo, era depositario de todo tipo de detritus y basuras.
Los ayuntamientos siguiente, sabedores de la importancia urbanística que estaba tomando la zona, decidieron buscar una solución, esta fue encontrada en 1912. En el Pleno de 19 de octubre, presidido por el entonces Alcalde D. Justo Díaz Mulero se decide:
“que con el fin de que desaparezca el depósito de inmundicias en que se está convirtiendo el Arroyo denominado del Olivar y en vista de que todo el territorio que ocupa se está urbanizando, se podía conceder a los dueños de las casas de la calle de S. Francisco cuyas traseras lindan con citado arroyo, autorizar para cubrirlo con alcantarilla, siempre que esta sea uniforme y con sujeción al plano que se determine, quedando a beneficio de los mismos todo el terreno que ocupen con la obra correspondiente a sus respectivas casas y sin que por ello se les cobre ningún arbitrio. El Ayuntamiento en vista de la ventaja de la proposición por unanimidad lo aprueba.”
Fueron soluciones urbanísticas y de salubridad propias de una época pasada, pero soluciones que favorecieron la actual configuración de la zona.

La morfología de la ciudad

septiembre 19, 2017

 

La morfología de la ciudad

  1. A Barrantes Lozano

Hace poco tiempo, durante el Pleno del 30 de mayo último, se tomó la decisión de dedicar las nuevas calles que en el  parcelario se contemplan, a diversas personalidades que por alguna que otra razón se consideran dignas de ser recordadas por los villanovenses. Buenos criterios tendrán nuestros mandatarios para elevar al reconocimiento público a los ilustres agraciados. Ante la necesidad de nominarla, se siguieron los procedimientos establecidos por el proceso democrático propio de nuestro tiempo; en Pleno y con la intervención de todos los grupos que deciden, después de oído el informe de la Comisión Informativa Permanente de Urbanización, Fomento y Medio Ambiente. Salvo la objeción razonada a una de las propuestas por parte de uno de los grupos, todos los  nominados fueron considerados merecedores de pertenecer a la nomenclatura callejera de la ciudad.

Se hace énfasis en lo anterior, no sólo por ser reciente la decisión municipal, sino para resaltar que no siempre se han seguido criterios razonados, aunque  discutibles, o se ha tenido excesiva preocupación por cómo llamar a las calles. Como dato curioso me viene a la memoria un suceso acaecido a finales del siglo XIX con motivo de nombrar de alguna manera a una  calle que se estaba constituyendo en la ciudad. La calle en cuestión era la paralela a la conocida como   de S. Bartolomé;  los ediles de entonces no tuvieron otra ocurrencia que mirar el calendario y ponerla el santo del día, como era costumbre poner los nombres a los niños por aquella época, y mira por donde que la pusieron: Calle de “S. Demetrio”. Era alcalde Don Juan Antonio Duque. No creo que nadie la conozca como tal; más tarde, siguiendo criterios más terrenales, por su posición geográfica se la denominó como Calle “Occidente”. Y así sigue hasta nuestros días.

Las calles más  antiguas de Villanueva se fueron trazando  adaptándose a la morfología del suelo  La primitiva ciudad, a principios del siglo XIV, Aldeanueva, se configuró sobre una muela que cae suavemente sobre la vega del río Zújar, y en su parte más prominente se alzó la primera Iglesia que iba a ser el centro poblacional. Iglesia, cementerio y convento formaron el núcleo central y las calles fueron derivando de su entorno. Se mantuvieron durante muchos años  nombres gremiales, como de “Carnicería,” “Tiendas” “Sillería” o “Tenerías.”  La llamada de “Judería” al parecer fue  por sus habitantes. El núcleo de población era reducido, por Occidente  el convento que manda construir D. Juan de Zúñiga quedaría extramuros, al igual que el convento de los padres franciscanos descalzos de S. Francisco por el  Este. Al sur estaba el conglomerado de casas y el convento de monjas que dieron solar al actual Parque de la Constitución y  la franja norte se cerraba con las edificaciones que ceñían a la Laguna.

A pesar de su restringido término, la población llegó a ser referencial para toda la comarca, muy tenida en cuenta por los prebostes de la Mesta, donde establecieron su archivo y fue lugar de residencia del Prior de la poderosa Orden de Alcántara hasta la desaparición de esta a mediados del siglo XIX. De la Villanueva de los siglos XV y XVI datos tenemos por las visitaciones de la Orden, como ha puesto de manifiesto  D. Dionisio Martín en su libro Villanueva en el siglo XVI, de su composición social, organización administrativa, población y recurso  económicos; a finales del siglo XVIII Villanueva estaba habitada por unos  1300 vecinos ( unos 5200 habitantes ) según se deduce del Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres y no hay motivos para pensar que su población creciera significativamente hasta pasados los años sesenta del siglo XIX.

El crecimiento urbanístico fue lento, siguiendo  trazos naturales, como fueron los caminos de salida a otras poblaciones o veredas y cordeles que marcó la trashumancia. Al oeste se fue trazando la calle según el cordel o camino a D. Benito, esto justifica la poca alineación de sus casas a pesar que durante el siglo XX se tomaron algunas decisiones que mejoraron su aspecto, como fue el retranqueo, en los años cuarenta del pasado siglo, de la casa que hace esquina a la calle Morales, obligando para su reconstrucción alinearla con la entonces llamada de María Cristina. Otro ejemplo, siguiendo los caminos, fue el trazado de la calle La Haba o Magacela. Otras deben su nombre, que mantienen, al seguir la senda que llevaba a ermitas situadas fuera de lo que era el casco urbano, llamativa resulta la dedicada a los “Mártires,” “Santa Ana” o “S. Miguel” ermitas que no llegaron a finales del siglo XVIII, abandonadas o destruidas ya en esta fecha , por lo que no se hace referencia a ellas en el referido Interrogatorio, pero sí se tiene  constancia de las mismas por los censos recogidos en el Archivo de la Orden recientemente publicado.

La relación más antigua de calles de Villanueva que ha llegado hasta mí data de 1826, están referidas en un anuario del Pósito, son unas treinta y siete, y lo digo aproximado porque algunas de ellas se nombraban por tramos y hoy tienen una sola denominación, muy parecidos datos se recogen en el censo de la sal de 1833 que son muy coincidentes con el  Plano urbano, el más antiguo que conozco, de Francisco  Coello que se realizó para los estudios previos a la construcción del ferrocarril en 1863 aunque en este se vislumbran nuevos trazados, aunque muy tímidos.

Según el censo de repartimiento de 1852, la ciudad tenía censados a 2030 vecinos, unos 7500 habitantes, distribuidos en 43 calles, estas en número y nombres parecidos a la relación obtenida de los referidos censos de 1826 o 1833.

La llegada del ferrocarril en 1866 supone una inyección económica sin precedentes para Villanueva, ya que se convierte en el centro comercial de la comarca y zona atractiva para la industria, lo que pronto se dejará notar en su crecimiento demográfico.

El trazado de la línea ferroviaria limitó a la ciudad por su costado sur dejando un amplio espacio muy susceptible de ser urbanizado.

Debido a la llegada masiva de mercancías destinadas a los pueblos de la comarca  se vio la necesidad de  trazar una vía que evitara que el transporte pasara por las zonas urbanas y para ello se construyó un camino/carretera que unía a la estación con las salidas a Madrigalejos, Acedera o Herrera del Duque, próximas a la Cruz del Río; fue la primera circunvalación que tuvo Villanueva, hoy es la Calle “Hernán Cortés”, antes conocida como “Carretera”

La habilitación de esta vía creó un nuevo espacio que pronto, lo que hasta entonces eran ejidos y olivar, se fue convirtiendo en suelo urbano.

En  1852 es la calle Alta la que limitaba a Villanueva por oriente y por occidente la calle “Los Mártires”, y el número de vías no sobrepasaban las 43.

En la relación del callejero local de 1897 el número de calles se eleva a 89; la ciudad en 45 años  duplica su espacio urbano, completando su límite hasta las inmediaciones del ferrocarril. Son nuevas calle: Pozo, Muelle, Santa Teresa, Fajardo, S. José, Alfareros o Alcántara.

Por el este hasta la circunvalación de Hernán Cortes se trazan:   Unión, Huerto, Estrella, S. Miguel,  La Cruz, Panaderos, Herrera o Valdivia. En el parcelario urbano actual, estas ampliaciones del último cuarto del siglo XIX son fácilmente identificables por su trazado más racional, excepción hecha con la llamada “Cercón del Rey”, muy condicionada por el curso del arroyo que por allí corría; las demás tiene sus casas alineadas y la anchura  de sus vías es constante lo que hace que sean  totalmente distintas de las del casco primigenio, dispares en trazado y anchura.

De la transformación de la ciudad a partir de mediados del XIX, nos habla la cifra de sus habitantes, si en el censo de 1852  Villanueva contaba con 7500 , a la altura de 1909, unos cincuenta años después, su número  se elevaba a 13589, la que supone un crecimiento de más del 80%, solo explicable por la inyección económica que supuso la llegada del ferrocarril.

No será hasta bien entrado el siglo XX cuando la barrera que supuso la circunvalación de “Hernán Cortes”  sea sobrepasada, pero de ello ya habrá ocasión.

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La evocación de una Cruz

junio 5, 2017

Cruz de misiones en procesión 1943

La evocación de una Cruz
A. Barrantes Lozano
En un trabajo mío, ya pasado, decía que la fotografía tiene la magia sostener en el tiempo la imagen de lo que fue. Lo decía tras haber contemplado una vieja fotografía que en mí evocaba lo que está al filo de la memoria, apunto de escaparse y que la pátina de la sepia parece querer atrapar. Vi la fotografía en un bar, hoy también se ha ido el bar, que exhibía varias de ellas con vistas y paisajes ya desaparecidos de nuestro entorno local. Son antiguos documentos gráficos, soporte visual de la historia que se nos va, de la sociedad, de uno mismo, que nos evocan el pasado. Son fotografías antiguas, viejas, amarillentas por el tiempo que milagrosamente respeta las tintas artesanales de la cuba del primitivo fotógrafo.
Hoy miro otra fotografía, también antigua, como todas las que lo son aporta un pasado evocador para el que la contempla y de alguna manera le trae recuerdos gratos; la memoria con los años se hace selectiva y olvida los desagradables, total para qué; mejor así.
Me la ha hecho llegar Pepe Benítez, hoy, el documento, pertenece a la Hermandad de la Santa Cruz, cuyos responsables, con constancia y afán están formando un buen archivo con la historia de la misma que no es otra que la historia del populoso barrio y por extensión de la propia Villanueva.
La fotografía rememora otra época, otras personas. Se hizo en los años difíciles de la posguerra, en tiempos en el que se carecía de todo y por no tener, el barrio no tenía ni Cruz para celebrar sus fiestas, fiesta antiquísimas; la Hermandad se fundó en el siglo XVI y aunque tuvo altar en la Iglesia Parroquial de la Asunción, con la guerra civil todo desapareció, como desapareció parte crucial de la historia de la Ciudad.
La fiesta de la Santa Cruz viene celebrándose desde tiempo inmemorial, junto a otra, de carácter pagano, las mayas, tan propias y características de Villanueva. Son días feriados de carácter lúdico religioso y muy populares, que llenan al barrio de bullicio y color gracias al tesón de las personas que dirigen la Hermandad, que presume ser la más antigua de la Ciudad, y el empeño parroquial que mantienen y potencian la tradición.
El hecho procesional de la Cruz por las calles del barrio es el acto central de la fiesta, se hacía antes y se hace ahora, ininterrumpidamente desde 1938 hasta nuestros días.
Vuelvo a la vieja fotografía, es el instante de la procesión, una más. Podríamos dudar de la capacidad de evocación del documento si no fuera por las características de la Cruz procesional.
Es una instantánea antigua, en ella se ve que soportan las andas unos señores de domingo, como la ocasión lo requiere, ataviados con escapulario, todos reconocibles por sus familiares, que en el documento nos han dejado su recuerdo y el legado que hoy pretendemos ceder a los que vengan detrás.
Podría ser una instantánea de tantas sin más importancia que la llamada de atención que produce la normalidad y el paso de los años. La fotografía, como fuente de información, encierra un mensaje de la historia de la Fiesta, de la Cruz y del Barrio, un mensaje humano de hombres y mujeres de una determinada época y a través de ella, una serie de curiosidades que vamos a intentar resaltar.
Como fuente de nuestra historia hay que centrarse en el tiempo, aunque carecemos de la datación fidedigna en fecha y hora, sin temor a equivocarnos, afirmamos que se tomó a mediados de los años 50 del siglo pasado, hoy sesenta años después leemos su mensaje. De los hombres que la portan, antiguos vecinos del barrio, queda la familia, los que los conocieron, y sus testimonios nos sirven para concretar la fecha y el lugar, no queda duda, es la festividad de la Cruz en su acto procesional.
Eran años difíciles y la sobriedad y el escaso boato que se observa nos hablan de la humildad de los medios que en aquel momento aquellos hombres disponían. ¡La Hermandad, tan antigua, tan arraigada, carecía de Cruz propia.!
La Cruz que vemos es una Cruz de misiones, habituales por aquellos años; en los rescoldos de la posguerra nuestra autoridades civiles y religiosas mostraban un afán desmedido pro una nueva evangelización, para lo que se valieron de las regladas misiones, que por aquí, en Villanueva al menos, correspondió a los Padres Jesuitas. Durante unos días se invitaba a la población a la reflexión cristiana, a la meditación y al rosario de la aurora. Las celebraciones solían ser muy concurridas y las prédicas de los padres misioneros eran escuchadas por muchas gente a las que se les animaba al arrepentimiento y conversión. Aquellas misiones se repitieron con cierta regularidad, tengo anotadas algunas, como la de 1943, o la desarrollada en 1953, con motivo de la presencia de la “Virgen de Fátima,” procedente de Portugal, en Villanueva, la de 1961 y posiblemente alguna otra posterior.
Era costumbre al término de cada periodo de predicaciones, solían durar unos 7 días, que los padres misioneros dejaran en custodia de la comunidad una Cruz grabada con las fechas del acontecimiento a la que se le agregaba las de las misiones que a lo largo del tiempo se irían sucediendo. En la Parroquia de Ntra Sra de la Asunción, aún se conserva, en la pared que cierra el paño sur, una cruz con las distintas fechas en las que hubo misiones.
Si nos fijamos en el documento gráfico, la Cruz procesional es una Cruz sencilla, sobre unas andas igual de sencillas, a hombro de unos portead

Familia Bernabé

ores rodeados de jóvenes ataviadas con trajes regionales y un cortejo de fieles que celebran la festividad. Es la Cruz de las misiones del 15 de abril 1943, como consta en el pie de la misma. En los brazos horizontales unas flores, propias del mes de mayo, tapan la leyenda, “Santa Misión,” como disimulando su origen.
Sabemos que esta Cruz fue cedida por los padres misioneros a la comunidad cristiana de la Cruz del Río, bajo la responsabilidad y custodia de la Hermandad de la Santa Cruz, a modo de depositaria, por carecer de Iglesia parroquial donde dejarla. La Cruz solía estar en lugar preferente de la casa del Hermano Mayor, a modo de altar; allí acudían los fieles con sus ofrendas y con sus oraciones; el día de la fiesta, el 3 de mayo, tras la procesión, quedaba expuesta en el porche de la vivienda número 1 de la Plaza Cruz del Río. La Cruz que vemos en la fotografía, fue la Cruz que presidió los actos litúrgicos hasta 1961, fecha que fue sustituida por la talla actual, de alto valor artístico.
Como apuntaba, la fotografía nos lleva a otras curiosidades. Al dejar de usarse en los actos religiosos, la Cruz permaneció en la casa de D. Manuel Bernabé Murillo, calle Miraflores 136, que fue Hermano Mayor de 1952 a 1959, hombre ejemplar al decir de los que le conocieron, y custodiada con celo por su esposa, Dña Antonia Hidalgo García, y allí quedó, olvidada como objeto de culto.
La Providencia y celo de los descendientes de D. Manuel Bernabé han posibilitado que la Cruz, como reliquia haya sido redimida y hoy podamos verla en el archivo histórico de la Hermandad. No cabe duda que la de la fotografía que comentamos es la Cruz que se veneraba y sacaba en procesión en los años cincuenta. La fecha de la Misión de 1943 fue modificada y en su lugar se imprimió la de 1961, aquella que predicaron en el Barrio los Padres Gijón y Escribano, de la que ya hice referencia en otro número de esta misma revista.
Durante más de 50 años de olvido, merced a los cuidados de Dña Manuela Ana García Bernabé, nieta de D. Manuel y Doña Antonia, vemos que se ha conservado y a su generosidad se debe que hoy con su rescate se rescate una parte importante de nuestra Historia.
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La Memoria Incómoda. Los abogados de Atocha.

marzo 24, 2017

Ayer se presentó un libro, fue en la Biblioteca Municipal, el libro se titula «La Memoria Incómoda; Los abogados de Atocha», no entendí porqué la primera parte del título, ¿a quién puede incomodar la memoria cuando quien la recuerda fue protagonista de ella? No molestó a nadie de los muchos que allí estábamos porque  fuimos a oír a uno de los protagonistas de esa Historia que ya es historia de España,. Arturo Ruiz- Huerta Carbonell estuvo allí, y se salvó de la masacre por el cuerpo de un amigo caído encima de él y un bolígrafo que desvió la bala. Ya es el único que queda de aquel fatídico día 243 de Enero de 1977, de cuando el asalto al despacho de abogados. Me sorprendió su falta de rencor a sus asesinos, el recuerdo emocionado a sus compañeros, la ausencia de revancha ante aquella barbarie, la ilusión con la realizaban aquel trabajo. El nos dijo que su libro era la historia subjetiva, para mí es la Historia contada por alguien que la vivió. Otros vendrán e interpretarán el hecho, pero nunca lo podrán hacer como el que vio los ojos a sus asesinos, como el que en la vista del juicio no pidió la pena de muerte para ellos, coherencia y grandeza en un hombre que sufrió en sus carnes un episodio que marcó la historia de nuestro País, y que sin duda ayudó a consolidar la democracia, en aquellos días balbuciente e indecisa. A ellos, a aquella sangre derramada, debemos mucho la libertad que gozamos ahora.

Le acompañó Cristina Almedia, rápida y de palabra fácil, coherente en sus planteamientos y con otros miedos: la precariedad, el paro. El miedo se quita con más Democracia. Eso al menos nos dijo.

 

La desaparición del Paseo

marzo 17, 2017

Estado en que queda la Zona el 10 del 12 de 1933

El Paseo un día de Sorteo de los «Quintos»

La desaparición del Paseo
A. Barrantes Lozano
En la última entrega que en este mismo medio se publicó el 15 de febrero pasado, se hacía referencia al “Paseo de S. Francisco” como espacio considerado del bien común de los villanovenses, y hoy desaparecido por causas que se apuntaban como dignas de otra reflexiones.
No es solo motivo de nostalgia la pérdida de este espacio público entre los que lo conocimos, es algo más, y eso ya se nos antoja insustituible. En el desaparecido Paseo, o en sus inmediaciones, giró la historia de la Ciudad, y se desarrollaron hechos, que podemos afirmar sin caer en la petulancia, que aparecen en los anales de la historia de España.
Noticias tenemos del establecimiento de un Batallón Militar en la ciudad en torno al año de 1880, pero no fue hasta el 1904, cuando con fecha de 26 de noviembre, se lee un “ R.O. de 2 del mismo mes, procedente de la Capitanía General de Castilla la Nueva, en el que se dispone la creación en la ciudad de una Caja de Reclutas y Plana Mayor de un Batallón de 2ª Reserva… solicitando al Ayuntamiento se pronuncie con la debida urgencia de su disponibilidad.
La Comandancia Militar o Zona tuvo gran importancia para la economía de la Ciudad. El sorteo de los “quintos” que se celebraba en sus dependencias anualmente, atraía a numerosas familias de toda la comarca que acompañaban a los mozos a compartir su “suerte,” dando a la ciudad un aspecto feriado y bullicioso con el consiguiente beneficio para su comercio y hostelería, siendo el Paseo el lugar de encuentro por su cercanía al acuartelamiento.
En el año de 1923 se acordó, como se venía haciendo en muchos puntos del País, colocar allí una estatua homenaje al “Corazón de Jesús” para conmemorar de este modo su consagración a la humanidad, según la Encíclica Annu Sacrum de León XIII, de 1899. El monumento se erigió, según constaba en su pedestal, por “Los hijos de esta Ciudad, entre los que figura con honor el Exmo Marqués de Torres Cabrera…”
Con la proclamación de la II República, el Ayuntamiento electo no consideró apropiado un monumento público de signo religioso y tomo la decisión, el 16 de octubre de 1931, de “desplazarlo” del lugar; la medida fue muy protestada por los medios católicos con escritos y recogidas de firmas entre la población, no consiguiendo hacer desistir a las autoridades y la estatua fue retirada en 1932. Aquello que se pudo considerar como una simple medida administrativa, acabó en un conflicto social de carácter religioso que marcó la vida efímera de los Ayuntamientos de la Ciudad en II República, por el distanciamiento ideológico de un amplio espectro social. Años más tarde, a mediados de los 50, se volvió a levantar, después de restaurada, en la Plaza que lleva su nombre.
El espacio, por su situación urbana, acogía las atracciones en los días feriados de febrero, cuando la feria de febrero era de las más importantes del País, y las fiestas veraniegas de agosto en torno a S. Bartolomé y en el que multitud de jóvenes paseaban sus primeros amores. Con la desaparición del Paseo, se puede afirmar, se fue parte de la intrahistoria de Villanueva que en definitiva es la historia que hicieron sus habitantes.
El “Paseo de S. Francisco,” entonces de “Pablo Iglesias,” también figura en los anales de la historia de España. Testigo preferente de los luctuosos sucesos del 9 de diciembre de 1933 que trascendieron del ámbito local con repercusiones a nivel de Estado. El golpe anarquista del Sargento Sopena, atrincherado en la Comandancia Militar, se saldó con diez muertos, entre ellos dos miembros de la benemérita. Desde sus aledaños fueron reducidos los rebeldes y la fotografía de los guardias parapetados en sus muros dio la vuelta al mundo.
Por su solar desfiló el destacamento de la Guardia Civil, al mando del Capitán Gómez Cantos, instando a los Jefes de la Comandancia a unirse a la sublevación del 36, que acabó con el orden constitucional en la Ciudad el 19 de julio. Todos estos hechos tuvieron su hipocentro en el añorado Paseo.
Pasado el conflicto Civil vuelve a recuperar su nombre y sus funciones. Aunque su carácter de espacio como público común lo pierda en el año de 1959. Un ambicioso proyecto urbanístico fue presentado a nuestras autoridades por dos promotores foráneos que solicitaban su solar al que pretendían transformar en área de servicios y viviendas de nuevo cuño que, sin duda, daría a la ciudad un aspecto moderno y cosmopolita. En el pleno municipal, 15-1-1959- se lee un escrito que dice lo que sigue: “ se expone el deseo de adquirir en el Paseo de S Francisco terreno en la cantidad precisa para edificar una estación de autobuses, un cine, hostal, bar y sala de fiestas”.
Se acuerda aceptar en principio dicha idea y facultar a Sr. Alcalde Presidente para que inicie las negociaciones pertinentes…
Ahora resulta sorprendente la rápida aceptación por parte de nuestras autoridades a tal proyecto sobre unos solares de los que, de momento, no se tenían competencia por ser de dominio público. Para salvar el escollo, en el Pleno del 20 de marzo del año que comentamos se acepta la moción de la alcaldía que permitiría “la alteración jurídica de los citados terrenos para convertirlo en solar de carácter de bien propio para que pueden ser enajenados con las formalidades legales para construir sobre los mismos aquellos edificios o instalaciones que la Corporación estime de interés para este municipio.”
Se abrió el preceptivo expediente que se tramita de acuerdo con el artículo 8º del Reglamento de bienes de Entidades Locales de 27 de mayo de 1955.
Cumplido el periodo de información pública a través del Boletín Oficial de la Provincia, de 2-IV-59, se pasó a fijar las condiciones de cesión y valoración del solar, que se cifró en 845900 pesetas, según peritaje de los señores: D. Ricardo Salgado Moreno, Capataz de Obras del Exm Ayuntamiento y D. Pablo Gallego Mendoza, Maestro de Obras, nombrados para tal fin.
En la bases para la subasta, que la legalidad requería, se fijaban una serie de prestaciones a cambio de la cesión de los terrenos, figurando principalmente el asfaltado de varias calles con una condiciones determinadas por el peritaje.
La subasta de los terrenos se llevó a cabo el 20 de julio adjudicándoselos, como estaba previsto, a los citados promotores por ser los únicos licitadores.
Las condiciones de prestación y contraprestación se recogieron en la escritura de compraventa firmada en la notaria de D. Antonio Álvarez-Cienfuegos del día 12 de agosto de1959.
Las obras tendrían un periodo de ejecución de cuatro años, pero pasados estos sólo un bloque de ocho viviendas y dos locales comerciales habían sido construidos, y pavimentados 382,12 m2, de los 3854 previstos, lo que llevó al nuevo Ayuntamiento, el 26 de marzo de 1965, a proponer la resolución del contrato, que implicaría la pérdida de fianza constituida y la reversión de los terrenos a la propiedad municipal.
Ante tal situación, los Señores adjudicatarios acudieron a la vía contenciosa. La Audiencia Territorial de Cáceres con fecha 17 de mayo de 1966, desestima el recurso declarando conformes a derecho los acuerdos adoptados por el Ayuntamiento. Como suele ocurrir en estos casos, la situación se alargó durante años no cerrándose definitivamente hasta 1971, pero ya el espacio estaba condenado, nuevas intervenciones municipales ocupan el espacio que quedaba con la Residencia de la tercera edad, el Mercado de Abastos y los Juzgados. En nosotros, al menos, perdura la memoria de lo que fue.
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Noticias del Paseo de S. Francisco

febrero 15, 2017
Paseo con la Iglesia al fondo

Paseo con la Iglesia y Zona Militar al fondo

Noticias del Paseo de S. Francisco
Antonio Barrantes Lozano
La ciudad es un elemento orgánico que con el tiempo se va transmutando y resulta que el pueblo que conocieron nuestros abuelos no es el mismo que el que conocemos nosotros y probablemente distinto del que conocerán nuestros nietos. Al crecimiento natural de la población hay que añadir las distintas intervenciones urbanísticas que a lo largo de los años los responsables de la política municipal han ido desarrollando en intentos de mejora del entorno. Es discutible la oportunidad de tal o cual intervención en pro de un determinado objetivo, pero lo que no es discutible es que no todas las modificaciones urbanísticas hayan sido acertadas.
Para los que la perspectiva del tiempo nos ha permitido ser testigos de la metamorfosis urbana, bien sabemos lo que decimos. Conocimos la Laguna, conocimos la Charca del Pozo Viejo, conocimos el Paseo de S. Francisco, hemos visto abrir calles nuevas, desaparecer edificios y fachadas que hoy añoramos, establecer nuevos barrios, abrir avenidas e incluso la mutación de los afanes de nuestros predecesores. La ciudad se conforma con un continuo cambio, antes lento, ahora más trepidante, aunque los tiempos que se anuncian nos alertan de una ralentización que ya veremos en qué termina.
Miro un plano urbano de Villanueva es D. Francisco Coello y Quesada. Está datado en 1863. Creo que es el plano urbano de la ciudad más fidedigno, fiable y antiguo que se dispone. En él aparece marcado lo que conocemos como casco antiguo, sus calles, los pozos, los caminos que salían de la población y el Convento de los Frailes Franciscanos de San Bartolomé.
Hacía ya muchos años que los padres franciscanos se habían instalados extramuros, al este de la Puerta de la Villa. El amplio espacio que ocuparon los monjes regulares, a partir de las desamortizaciones llevadas a cabo en el siglo XIX, fueron enajenadas y vendidas, por lo que pasaron a manos de particulares, quedándose reducido el primitivo solar conventual a lo que es hoy la actual Iglesia de S. Francisco y parte de otras dependencias que fueron usadas, a lo largo del tiempo, como Colegio, Matadero, Maternidad, Instituto, Asilo, Cuartel de la Guardia Civil, Zona de Reclutamiento y actualmente, aparcamiento y Hospital.

La calle S. Francisco a principios del siglo XX

La calle S. Francisco a principios del siglo XX

En la observación del Plano de referencia resulta llamativo que ya, a la altura de mediados del siglo XIX, se observe el trazado de la calle de S. Francisco y un amplio espacio, desde la esquina de lo que hoy conocemos como calle Viriato hasta la Plaza de la Iglesia referida, señalado como Paseo, lo que nos indica su antigüedad, y hace pensar que este sería un lugar de dominio público ya en el siglo XIX, posiblemente desgajado de la antigua propiedad de los frailes. Subrayo lo dicho porque hay una creencia muy generalizada que mantiene que el referido Paseo fue en su día donación de una conocida familia para el disfrute de todos. Así se dijo y argumentó cuando en su momento, a finales de los años 50 y principio de los 60 del siglo pasado, la corporación municipal, en una desacertada decisión, aplicando la legislación que entonces regulaba el funcionamiento de los ayuntamientos, decidió cambiar el estado jurídico del espacio y pasarlo de bien común a bien propio, lo que facultó su desaparición. Algo que todos los que lo conocimos lamentamos. Pero eso será motivo de otra reflexión.
No puedo certificar que el suelo del Paseo tal como aparece en el Plano referido perteneciera a familia alguna. Su costado Sur limitaba con el campo, no hay vestigios de lo que más tarde sería la Calle Concepción, Conventual o Colón. Todo era tierra de labor.
Lo que sí he encontrado, mirando entre papeles, un hecho, que al menos puede resultar curioso y tal vez el origen de esa leyenda urbana que circuló y aún circula entre nosotros y hace pensar que el paseo fue fruto de una donación.
Siendo alcalde de la ciudad D. Julián Adame García, el 13 de noviembre de 1902, llega a su despacho una instancia suscrita por D. Mariano Nogales, D. Antonio Cortijo y D. Ildefonso Miguel Romero en la que se “solicita permiso al Ayuntamiento para que se les conceda autorización para ejecutar por su cuenta, hasta donde los recursos que recauden lo permitan, sujetándose al plan aprobado por el Ayuntamiento y bajo la inspección de este, las obras de reconstrucción del antiguo Paseo de S. Francisco de esta Ciudad, a cuyo efecto D. Mariano Nogales se compromete a ceder- (aquí puede estar el origen de tal creencia)-la parte necesaria del terreno de su propiedad para ampliar dicho paseo por el lado sur del mismo”
La propuesta fue estudiada por la Corporación que da el oportuno consentimiento al inicio de las obras, siempre bajo la inspección municipal y debiéndose ajustar al Plan aprobado por el Ayuntamiento aquél mismo año, a la par que se agradece la iniciativa a los recurrentes y en especial a D. Mariano Nogales por su generoso ofrecimiento.
Al acabar la remodelación la configuración del espacio quedó demarcada tal como la conocimos. El costado Sur del paseo marcó la alineación de lo que más tarde sería la Calle Concepción.
Las obras debieron ser bastante ágiles pues poco tiempo después, D. Joaquín Ballesteros, Concejal, propone para guardia de dicho paseo a D. Braulio Olivares Mateos, con sueldo de una peseta y cincuenta céntimos diarios, y de no ser admitida su propuesta, los señores promotores de la obra nombrasen a quienes ellos consideren oportuno.
El lugar fue testigo de los días más tristes y trágicos de la historia de nuestro pueblo y de la historia nacional: El levantamiento de Sopena, de 1933, en el acuartelamiento de la Comandancia Militar. También de días feriados, de verbenas y de juegos.
Lo que sí sentimos todos los villanovenses, es un desgarro en la memoria con su desaparición. Como si algo de nuestra infancia se hubiera ido con él.

Nostalgia del tren

noviembre 16, 2016

Nostalgia del tren
Antonio Barrantes Lozano
Aprovechando estas mañanas otoñales de octubre que se empeñan en alargar el verano, me he pasado por la estación, como hace años que hacía, cuando de niño acudía a ver pasar el tren. El tren, aquellos trenes tenían algo mágico que agitaba las mentes infantiles con sueños imposibles, de lejanías inalcanzables, de otros oteros, de otros pueblos, de otras gentes. Qué envida la que manaba de aquellos dos hombres, con visera y ropa azul, manchada de grasa y de carbón, con cara tiznada que viajaban al frente del convoy, cuantos pueblos habrán visto, cuánta gente en los andenes, con su trajín, sus preocupaciones, sus pañuelos al viento, llantos y abrazos…
Hoy me he sentado en uno de los bancos del andén, el sol, que más de otoño parece de ve

Paso a Nivel 1955

Paso a Nivel 1955

rano como si estuviera luchando contra el paso inexorable del tiempo, hace que me resguarde de la cada vez más esquiva sombra en su retirada hacia el norte. El vestíbulo que siempre ha hecho de sala de espera esta remozado, como toda la estación, cristaleras, aluminios protegidos donde se exhiben horarios de los pocos trenes que ahora pasan y dos bancos desnudos y deshabitados. Parece más grande de lo que era, cuando a todas horas estaba lleno de gente, que se iban, que despedían o que esperaban, entonces las familias despedían y esperaban. Los viajes no todos, pocos, eran de placer, se viajaba a la capital buscando remedio en sus hospitales, se despedía a los mozos de quintas que se incorporaban al ejército, a padres de familia que buscaban en la próspera Europa un porvenir indefinido que se les negaba aquí…unas veces se viajaba otras se huía.
De este vestíbulo y en estos andenes, queda en el recuerdo de los que nos precedieron su estrechez para albergar a tanta gente de aquí y de fuera, familias completas, con sus cestas, sus alforjas y jergones, entre militares y falangistas inquisidores; aguardando impacientes, durante días y semanas la llegada indecisa de sus hijos, excombatientes, al término de la guerra civil. Familias de Villanueva, de Madrigalejos, Navalvillar o Casas de D. Pedro, de todos los pueblos de la zona de influencia de la Estación. Todas con la misma congoja, con el mismo miedo. Familias unidas por la misma incertidumbre, que en condiciones extremas consumían días en la esperanza. El infortunio común genera solidaridad, solidaridad que afloró entre las familias de Villanueva que ofrecen, cuando tan poco tenían para ofrecer, su hospitalidad y un lugar para descansar, asearse o compartir el pan; nacen así lazos duraderos de amistad profundos que en muchos casos perduran después de varias generaciones.
Desde esta atalaya de mi banco veo platear los raíles que se alejan de este a oeste buscando un infinito que se diluye cuando se avanza hacia él y parece que se aleja, como el horizonte en la lontananza o el color azul de las montañas que se desvanece si nos aproximamos a ellas. Todo queda diluido, como si fuera una ilusión virtual.
Lo que queda está remozado, como invitando a un futuro que la realidad nos niega. Han desaparecido inmuebles, viejos almacenes, muelles de descarga, el embarcadero de las mulas, el artilugio donde hacían cambiar a las máquinas de sentido; hasta la librería; porque las estaciones tenían librerías, donde los viajeros cambiaban novelas de Marcial Lafuente, se compraba El Caso y se leía el Marca. Había que ir provisto, el viaje era largo y la lectura lo hace más llevadero. La desaparición de la librería es la metáfora de nuestro tiempo, que corre rápido, el viaje no es para leer, es para llegar, perdiéndose con ello el encanto del camino.

La Estación de Vva 1960

La Estación de Vva 1960

Como testigo mudo, desaparecida la campana que ponía en alerta a los viajeros anunciando la proximidad del próximo tren, modernos altavoces la sustituyen, queda sobre mi cabeza el reloj. Siempre me llamó la atención el reloj de las estaciones, su numeración en caracteres romanos no obedece a la ortodoxia que aprendí en la escuela, el número cuatro lo marca con cuatro palotes, cuando lo que nos decían era que en la numeración romana no se repiten nunca más de tres letras; el reloj sigue en su heterodoxia y sigue llamándome la atención.
Enfrente, en el lado norte hay una casa con flores, nunca supe quién la ocupaba y al lado la fábrica de fosfatos, de ella nos queda una mole abandonada que nos recuerda a aquellos castillos descabalgados de la historia; al otro lado la casa-palacio de la “Jabonera”. Vestigios de lo que supuso a la ciudad la llegada del ferrocarril.
Aquel trajín de personas y mercancías hoy es solo recuerdo. Me encuentro solo viendo lo que queda del paisaje. El silencio lo ha roto unos trabajadores que visten mono amarillo y que se desplazan en una plataforma. Han dejado la plataforma en vía muerta y ellos hablando y riendo han desaparecido, son de la empresa y por lo que se ve, vienen de arreglar algún desaguisado en las vías. Echo de menos, a la orilla de los almacenes que aún quedan en pie, la fila de vagones de mercancía que en maniobras interminables varios hombres movían y enlazaban unos a otros, a los niños nos gustaba verlos. Decíamos que eran factores, porque a los hombres que trabajaban en el ferrocarril los llamábamos así. No distinguíamos categorías a no ser el de Jefe de Estación o el Revisor.
Todo tan distinto como cuando aparecía el tren, el de antes. Cuando lo veíamos aproximarse arrastrado por su máquina, orgullo de ingeniería, negra con ribetes dorados, con su ojo de cíclope alumbrando, con su silbo y su traqueteo. Sus bielas, a modo de brazos musculosos, iban perdiendo cadencia hasta pararse y al pararse, como si de un bufido se tratara, saltaban dos chorros blancos de vapor, que en la atmósfera ya ennegrecida por el humo se mezclaba llenando el espacio de un olor característico, sano nos decían, y por eso se llevaba a los niños a la estación, para curar la tosferina. Así era entonces. El andén era un hervidero de gente que llega y gente que se va. Apenas pasados unos minutos, la magia del tren desaparece. Suena un silbato y la máquina vuelve a crujir, los que se iban, asomados se despedían y los que se quedaban agitaban sus pañuelos.
Recuerdo, ¡ay la memoria! dicen que es el espejo roto de nuestras vidas; será porque nos llega a retazos, por trozos. Recuerdo cuando monté por primera vez en el tren, de eso hace tantos años que no puedo poner fecha y el por qué, como dice Cervantes, porque no quiero acordarme. Si recuerdo aquel vagón, a aquellas gentes con las que viajaba. El tren iba lleno, entonces los trenes siempre iban llenos. Hombres y mujeres serios, de rostro adusto, de pocas palabras, pero a los que no les importaba compartir el pan de sus alforjas. Todos viajan con la carga de una esperanza incierta. Como el viaje era largo, Madrid quedaba muy lejos, entre los hombres siempre surgía alguna conversación intrascendente, de palabras cortas, de monosílabos. Me gustaba mirar por la ventanilla, con la nariz aplastada contra el cristal, ver pasar los árboles, los poste del telégrafo, las estaciones y sus gentes. Debajo de todas las ventanas se nos advertía que era peligroso asomarse, no entendía el por qué; a lo mejor por eso iba la Guardia Civil. Entonces, en todos los trenes, iba la Guardia Civil, el por qué.. no tardé mucho en averiguarlo.
En la llegada a Madrid, el paisaje era desolador, no porque en Villanueva no se conociera, pero no en tanto número, lleno de casitas apiladas, de madera, cartón y lata oxidada, apenas con alguna pieza raída de uralita que hacía de tejado, era la imagen de una España dura que tanto ha costado enderezar. La estación era otra cosa, más gente, más trenes y con las manos negras y la cara tiznada nos adentramos en la ciudad en busca de esa esperanza esquiva…
Ahora nuestra autoridades reivindican un tren para Extremadura, ahora que hace 150 años que pasó por aquí la Reina Isabel II en el tren que inauguraba la línea Madrid – Badajoz, ahora viene los lamentos por un tren perdido y que, hasta ahora, nadie ha hecho nada por encontrarlo.

Locomotora a vapor

Locomotora a vapor

Llega un convoy a la estación, son dos coches modernos, a gasoil, la cabeza de un pasajero se atisba entre los cristales, un operario, fumador clandestino en la puerta de su oficina, indica que puede seguir. Despierto y compruebo que la casa con flores sigue ahí y yo sin saber quien la habita, alguien, cuando lea esto, se apresurará a sacarme de dudas y romperá su encanto. Los recuerdos siempre salen derrotados ante la verdad desnuda.
abarrantes01.wordpress.com