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Las Cruces de Villanueva

noviembre 10, 2018

Las Cruces de Villanueva
Antonio Barrantes Lozano

“En la mitad de un camino
De la villa no muy lejos

Y próximo a la vereda
Que hoy apellidan del viejo,
Junto al pago de Saldaña,
dicen que hubo en otro tiempo,
una Cruz que se llamó
del Haba o del Torrentero…”
(del Romance de D. Fabián de Torres)
Era costumbre obligada que cuando las aldeas o villas se iban incorporando a los reinos cristianos en sus entradas se erigieran cruces o símbolos que sirvieran al caminante de aviso de la fe que se profesa. Eran punto de reflexión y oración y medios protectores de sus habitantes. Se les conocía con diversos nombres siendo el más habitual el de “humilladero” como el archiconocido de Guadalupe que a modo de templete acoge al caminante ante la vista del Monasterio.
Villanueva no debió ir a la zaga y es tradición que tuvo erigida tres cruces que la dejadez hace que sus vestigios sólo estén en la memoria de sus habitantes.

Cruz del «Torrentero»

En los versos que van de exordio encabezando este texto, con precisión toponímica, D. Miguel de Torres y González de la Laguna, “Marqués de Torres Cabrera” nos sitúa una de ellas en la salida sur, en lo que hoy es la confluencia de las carreteras de La Haba y D. Benito, junto a la vereda del Viejo ; aún hoy así se conoce y está indicado el camino que actualmente comienza inmediatamente pasando el complejo de Inclusive. Pero el mismo autor ya nos adelanta que la “hubo – la Cruz-en otro tiempo” en el sitio señalado donde se dirimían las cuitas de honor, afición latente entre los caballeros españoles hasta entrado el siglo XX.
Muñoz Gallardo en su libro apuntes para la historia de Vva de la Serena, fechado en 1936, nos dice al respecto que “actualmente no hay vestigio de ella y que esta Cruz llevó el nombre de “Cruz de Torrentero” nombre dado a la zona que vierte sus aguas de forma impetuosa hacia la plaza del Corazón de Jesús y que aún hoy, a pesar de las distintas obras que se han llevado a cabo para canalizarlas, suelen provocar problemas.
De alguna manera esta tradicional Cruz fue recuperada para la memoria en 1961 cuando en el cruce de la Circunvalación con el Paseo de Castellar se levanta otra conmemorativa, junto al puente del ferrocarril, que hoy se pueda contemplar un poquito inclinada debido a una cesión del terreno y no a una habilidad arquitectónica.
Noticias tenemos de una segunda Cruz al noreste de la ciudad, que dio nombre a todo un barrio, es la de la Cruz del Río. Señalada quedaba en el mapa de D. Francisco Coello, ingeniero que nos legó el topográfico de la ciudad más antiguo que al menos he podido observar, data de 1866, y se levantó a consecuencia de los trabajos previos a la construcción del ferrocarril, la Cruz queda señalada junto a lo que entonces se llamó Casa de la Pólvora y más tarde Concejo, donde comenzaban los camino de Madrigalejos y el obligado paso al rio Zújar, de ahí su nombre; volviendo a J. Antonio Muñoz Gallardo, en su citado libro, nos dice “desgraciadamente sólo se conservan algunas piedras que sirvieron de base a la columna granítica que sostuvo la Cruz”.
Sabemos que en la década de los años cincuenta del siglo pasado se llevó a cabo la construcción de numerosas viviendas sociales después de haber cedido la Corporación Municipal a Sindicatos los terrenos necesarios para su construcción, obras que se fueron llevando a cabo durante toda la década y que actualmente son perfectamente reconocibles; en el espacio limitado por la carretera de Entrerrios, la nueva prolongación de la calle Oriente y la calle Hernán Cortes se determinó que fuera zona ajardinada, y como tal se ha respetado hasta nuestros días. En el Centro de dicha plaza se levanta la Cruz que preside la hoy populosa barriada.
Como curiosidad voy a transcribir un fragmento del acta municipal levantada el 21 del 5 de 1959, presidiendo la sesión D. Celedonio Pérez Álvarez:
“Por el Sr. Alcalde se da cuenta de la carta que le ha sido dirigida por D. Alfonso Garrido y Pérez de Tena con el cariñoso ofrecimiento de instalar una Cruz de hierro forjado en los jardines de la Cruz del Río que constituye una prueba más de su amor sin límites, de sus desvelos por la ciudad, de su recia fe cristiana…. Así lo reconoce la Corporación y le hace llegar sus más expresivas gracias..”
No sé en lo que quedó este ofrecimiento, la Cruz que actualmente desde su centro preside el Parque, es de cantería sobre pedestal y fuste del mismo material y se colocó a principios de los años sesenta del siglo pasado.
Según la tradición y la lógica indica, hubo una Cruz en la puerta de la Villa, puerta principal de acceso a la población, en el lugar que hoy conocemos como “Plaza de la Pasaderas”. Cuando la presión demográfica exige romper las murallas que constreñían su crecimiento, el monumento fue desplazándose hacia el este de la ciudad, hasta el cruce de los caminos de Guadalupe y Campanario, según dejó escrito Jesús García Trujillo, aunque Muñoz Gallardo nos dice que se trasladó desde la Puerta de la Villa al sitio del “Pozo Viejo” a la izquierda de la carretera que nos lleva a La Coronada.
Es una Cruz sencilla, de poco ornato, con fuste de mármol blanco y fue colocada en ese lugar a principios del siglo XX con motivo de la Encíclica de León XIII que dedicaba el siglo a Cristo Rey e invitaba a levantar cruces en todas las poblaciones. La Cruz con posteriores retoques de los talleres Pineda, afamados forjadores de la Ciudad, ha llegado hasta nosotros. Debido a la remodelación de la zona como consecuencia de la construcción del Palacio de Congreso, se desmontó y sus piezas guardadas en los almacenes municipales con el fin de preservarla y poder levantar de nuevo cuando se acabe de re modelar todo el espacio y colocarla cerca del sitio originario, con el fin de no desnaturalizar su ubicación.
Nota : A fecha de 1 de noviembre de 2018, la Cruz preside de nuevo la entrada a la Ciudad, ahora a la derecha si se sale hacia Campanario, al principio del nuevo camino del cementerio.

Nota: Hace unos días me llamó D. Francisco Nieto Cortijo para decirme que el ofrecimiento que hizo D. Alfonso Garrido,  con el que mantuvo  una fuerte amistad, y que en el texto sólo lo indico como «curiosidad»,  se llevó a buen término, pero no en la «Cruz del Río», sino que es  la cruz que hoy luce cercana a la rotanda de Castelar, la que se denomina del «Torrentero.» Es de hierro y salió de los talleres de los hermanos Pineda, de esta Ciudad.

La fotografía de la Plaza

marzo 23, 2018

La Esquina de la Plaza
A. Barrantes Lozano

Alfareros en la Plaza

Si se pasea por la Plaza de España se puede ver como se levanta el edificio de la esquina de la calle del Marqués de Torres Cabrera. Sin ser muy entendido, se le adivina sólido, de moderna estructura y ya se apunta en él la columnata de granito que dará continuidad a los soportales de la acera del ayuntamiento, buscando dar al lugar un espacio porticado.
La contemplación de la obra me recordó la visión de una antigua fotografía que he conseguido a través de las redes sociales e incorporado a mi colección de fotografías antiguas de Villanueva. En ella se puede observar la esquina en cuestión a principios del siglo XX. No es una instantánea a propósito de la esquina, la esquina marca el fondo de la escena junto con la arcada del edificio del casino, perfectamente reconocible.
Es una suerte que haya gente que conserve y publique este tipo de fotografías, a todos nos ayudan a reconocer nuestra historia, la historia reciente, la que aún perdura en el límite de la memoria de mucha gente. Escribí en una ocasión que la fotografía tiene la magia de sostener en el tiempo la memoria de lo que fue; con ellas, a veces de repente, fluye a torrentes la nostalgia de una infancia que se ha ido.
El documento gráfico es el soporte visual de la historia que se nos escapa, de la sociedad, de uno mismo.
Me gusta contemplar las antiguas y lo hago con verdadera aplicación en aquellas que se exponen en algunos lugares públicos o son portada de algunos calendarios. Son estampas antiguas, viejas, amarillentas por el tiempo que milagrosamente respeta las tintas artesanales de la cuba del primitivo fotógrafo. Son vetustos documentos gráficos, vocaciones del pasado.
La fotografía que comentamos nos retrotrae a un pretérito que se nos hace lejano, quizá a los albores del siglo XX. En nuestra Plaza de España unos artesanos nos muestran sus productos, unas tinajas de mediano tamaño de las muy usadas en tiempos pasados para el agua, el aceite o el vino. Los vendedores miran al fotógrafo, van tocados de sombrero alto y bien abrigados, el tiempo no era muy agradable, posiblemente invierno, lo delata el gesto de frío en sus caras, la bufanda, las manos en los bolsillos y las tocas de las mujeres. La gente pulula alrededor, se adivinan otros puntos de venta. Unas señoras con sus capachos, se paran y miran. El hecho de la presencia del fotógrafo alteró el movimiento natural en estos espacios. Todos los personajes observan atentos el proceder del fotógrafo, oficio raro en la época, algo novedoso. Ignorantes quizá que hoy sus ropas, sus miradas o sus afanes nos hablen de un instante de sus vidas, de un tiempo, de su tiempo, prendidos en las sales de plata, retazos de historia, de nuestra historia.
Es un día de mercado. Mercado tradicional que se arrastra desde 1781, en tiempos de Carlos III, que a solicitud de la ciudad, faculta el establecimiento de un mercado los sábados en el que “concurren comestibles, paños, lienzos, costal, jerga, lino, calzados, granos, alfarería, y algunas ligeras tiendas con otras especies y condimentos, que proveen no solo a estos vecinos sino es también a lo de los pueblos contiguos de lo más necesario..” Así lo podemos leer en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres de 1791 para el Partido de la Serena.
Podemos asegurar que nuestro popular “mercadillo” que es como lo conocemos ahora, tiene una antigüedad de siglos. Siendo la Plaza y alrededores de la Iglesia su inicial ubicación; esta ha ido cambiando con el tiempo, al adquirir mayores dimensiones y cubrir otras necesidades; se ha ubicado en la calle Ramón y Cajal, La Laguna, Plaza de Salamanca y hasta ahora que se instala en el moderno recinto ferial.

Si se pasea por la Plaza de España se puede ver como se levanta el edificio de la esquina de la calle del Marqués de Torres Cabrera. Sin ser muy entendido, se le adivina sólido, de moderna estructura y ya se apunta en él la columnata de granito que dará continuidad a los soportales de la acera del ayuntamiento, buscando dar al lugar un espacio porticado.

La Casa de la Esquina

La contemplación de la obra me recordó la visión de una antigua fotografía que he conseguido a través de las redes sociales e incorporado a mi colección de fotografías antiguas de Villanueva. En ella se puede observar la esquina en cuestión a principios del siglo XX. No es una instantánea a propósito de la esquina, la esquina marca el fondo de la escena junto con la arcada del edificio del casino, perfectamente reconocible.

Es una suerte que haya gente que conserve y publique este tipo de fotografías, a todos nos ayudan a reconocer nuestra historia, la historia reciente, la que aún perdura en el límite de la memoria de mucha gente. Escribí en una ocasión que la fotografía tiene la magia de sostener en el tiempo la memoria de lo que fue; con ellas, a veces de repente, fluye a torrentes la nostalgia de una infancia que se ha ido.

El documento gráfico es el soporte visual de la historia que se nos escapa, de la sociedad, de uno mismo.

Me gusta contemplar las antiguas y lo hago  con verdadera aplicación en aquellas que se exponen en algunos lugares públicos o son portada de algunos calendarios.  Son estampas antiguas, viejas, amarillentas por el tiempo que milagrosamente respeta las tintas artesanales de la cuba del primitivo fotógrafo. Son vetustos documentos gráficos, vocaciones del pasado.

La fotografía que comentamos nos retrotrae a un pretérito que se nos hace lejano, quizá a los albores del siglo XX. En nuestra Plaza de España unos artesanos nos muestran sus  productos, unas tinajas de mediano tamaño de las muy usadas en tiempos pasados para el agua, el aceite o el vino. Los vendedores miran al fotógrafo, van tocados de sombrero alto y bien abrigados, el tiempo no era muy agradable, posiblemente invierno, lo delata el gesto de frío en sus caras, la bufanda,  las manos en los bolsillos y las tocas de las mujeres. La gente pulula alrededor, se adivinan otros puntos de venta. Unas señoras con  sus capachos, se paran y miran. El hecho de la presencia del fotógrafo alteró el movimiento natural en estos espacios. Todos los personajes observan atentos el proceder del fotógrafo, oficio raro en la época, algo novedoso. Ignorantes quizá que hoy sus ropas, sus miradas o sus afanes nos hablen de un instante de sus vidas, de un tiempo, de su tiempo, prendidos en las sales de plata,  retazos de historia, de nuestra historia.

Es un  día de mercado. Mercado tradicional que se arrastra desde 1781, en tiempos de Carlos III, que a solicitud  de la ciudad, faculta el establecimiento de un mercado los sábados en el que “concurren comestibles, paños, lienzos, costal, jerga, lino, calzados, granos, alfarería, y algunas ligeras tiendas con otras especies y condimentos, que proveen no solo a estos vecinos  sino es también a lo de los pueblos contiguos de lo más necesario..” Así lo podemos leer en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres de 1791 para el Partido de la Serena.

Podemos asegurar  que nuestro popular “mercadillo” que es como lo conocemos ahora, tiene una antigüedad de siglos. Siendo la Plaza y alrededores de la Iglesia su inicial  ubicación; esta ha ido cambiando con el tiempo, al adquirir mayores dimensiones y cubrir otras necesidades; se ha ubicado en la calle Ramón y Cajal, La Laguna, Plaza de Salamanca y hasta ahora  que se instala en el moderno recinto ferial.

Pero volvamos a la fotografía, el edificio llamado del Casino ha llegado hasta nosotros como lo vemos en la imagen, su balconada y arcada de medio punto, en cantería de granito que da a la Plaza un aire clásico y aristocrático, afortunadamente la piqueta y la especulación han pasado de largo milagrosamente . Hoy es un edificio señero y a conservar. Otra cosa es la esquina de la izquierda, que da paso a la antigua “Calleja de los Toros” o como se llama ahora, del “Marqués de Torres Cabrera.” Es una casa medianamente humilde, a dos aguas con bajo y piso alto, dos balcones dan la Plaza. En los bajos una industria anuncia  su labor. Es una imprenta –papelería. En su fachada se puede leer: “Imprenta Papelería Diestro.” “Objetos de Escritorio”; no se cuanto tiempo lo fue o pudo resistir aquel negocio, ni qué necesidades cubría por entonces o si llegó  a coincidir con otra Imprenta , la recientemente desaparecida después de más de cien años de actividad,  la regentada por la familia Parejo; sea como fuere, la imprenta “Diestro” fue testigo de la época aquí reflejada, como lo ha sido la casa que la cobijaba, manifiesto de excepción del alma de un pueblo, vigía permanente de su Plaza, Plaza que ha vuelto a ser el hálito de la ciudad, hoy moderna y transformada.

La casa, con mínimas intervenciones, ha llegado como la vemos hasta el siglo XXI. Su piso alto siguió siendo vivienda y por sus bajos pasaron distintos tipos de negocios, que muchos villanovenses todavía guardan en sus recuerdos. Ineludible nombrar la celebrada “Sombrerería” de D. Moisés Pérez de las Vacas, uno de tantos artesanos que tuvo la ciudad hasta que la industrialización los fue apartando; más tarde fue sede del recordado Bar “Los Caracoles,” un nombre de referencia en la restauración de la posguerra, como lo fue el también  desparecido Bar “España,” asimismo ubicado en la Plaza. El solar, por su ubicación desde hace años, la primera referencia es de 1914, ha sido añorado por los distintos Ayuntamiento que a la ciudad han regido. Al fin, en la Junta de Gobierno, reunida el 2 de diciembre de 2014, se anuncia el acuerdo con su último propietario, D Vicente Rodríguez Jiménez, por el que el edificio pasa a ser propiedad municipal, con el objetivo de prolongar los soportales desde la fachada del Ayuntamiento hasta la esquina de la calle “Marqués de Torres Cabrera.” Todo el proceso fue comunicado por el Sr. Alcalde al pleno llevado a cabo el 4 de diciembre.

El proyecto ha sido realizado por el arquitecto municipal D. Alfonso Navarro Muñoz y la obra fue licitada en el BOP del 20-1-2017 “a la oferta,- se hicieron 32- de mejor precio, despreciando  aquellas anormales o desproporcionadas, con un periodo de ejecución de doce meses.” Veremos.

abarrantes01.wordpress.com

 

La Calle del Puente

octubre 24, 2017

 

La Calle del Puente
A. Barrantes Lozano

En la última entrega que se hizo pública el 18 del pasado septiembre, hablaba sobre la morfología de la ciudad, queriendo dar a entender cómo la orografía determina su configuración, haciendo referencia explícita al trazado de las calles del primigenio núcleo urbano. Villanueva se asienta sobre una suave loma que vierte las aguas hacia el oriente en busca del cauce de los ríos Zújar y Guadiana. Curiosamente la expansión urbanística de la ciudad, principalmente a partir del último cuarto del siglo XIX, tomó el mismo derrotero que las aguas pluviales y se fueron trazando nuevas calles a lo largo de caminos trazados por los arroyos. Ejemplo de ello la vía surgida en el camino llamado del “Callejón de S.Miguel” que aún en nuestros días se mantiene su nombre. Nuestra afamada plaza de “Las Pasaderas” a pocos hay que decirles que su topónimo viene de los pasos de piedra que cruzaban la calzada para evitar las aguas que provenían de la parte occidental, de las calles de “Lares” y “Ramón y Cajal”, y del “torrentero” – entonces camino de La Haba- que se adentraban en la población por la conocida calle del “ Polvo” , – nombre que se debe al levantado, por los carros en tiempos de saca, del lecho arenoso que habían dejado las aguas invernales– aguas que buscaban salida por la calle “Arroyo” y “Camino de Hernán Gil”.
Debido a la pequeña hondonada existente en la encrucijada de varias calles en la zona, el agua quedaba estancada con los problemas de salubridad consiguiente. Significativo eran sus nombres “Cantarranas” “Arroyo” o “Salsipuedes”. Fue en 1926 cuando una decisión municipal las nominó como “Espronceda” y “Gabriel y Galán” respectivamente. La última citada aún es testigo de lo que decimos. En la parte más elevada de la zona se fue trazando la calle Alta ajena a esta problemática y que unía a las salidas naturales de “Hernán Gil” y “Cercón del Rey”. entonces rodeados de cercados, olivares y tierra de labor. Con parecida suerte se fue diseñando la calle “Olivar”, a la que aún muchos villanovense la conocemos como la calle “del Puente” con razones fundadas para ello. No era su trazado inicial como hoy la conocemos, la calle de “S. Francisco” estaba ya trazada y la acera de los impares formada por una sucesión continua de viviendas, por lo que la calle “Olivar” era una calle cerrada, cosa nada extraña en el trazado viario del XIX; aún perdura la calle llamada “Cerrada”, situada a mediados del ”Callejón de S. Miguel” o, como hasta no hace mucho, lo era la calle “Quintana.”

Calle Salsipuedes

Como su trazado original no era muy afortunado, los vecinos sintieron la necesidad de buscar una salida hacia la calle de “S. Francisco” que ya se estaba convirtiendo en Avenida Principal, y haciendo de la insuficiencia virtud, los vecinos decidieron abrirse paso y compraron la casa que la cerraba. La decisión vecinal llegó a las altas estancias municipales que estudiaron la propuesta que fue elevada a Pleno en instancia firmada por D. José Sánchez Merino, en la que se manifiesta haber adquirido una casa, entre él mismo y varios vecinos, de la calle “Olivar” con el fin de construir una travesía entre dicha calle y la de “S. Francisco” cuyo hecho, manifiesta, ha de redundar en beneficio de los vecinos de esta ciudad. La petición, como era habitual en el procedimiento administrativo, pasó a ser estudiada a la comisión de ornato. Corría la fecha de 28 de marzo de 1885, siendo alcalde D. José Montero y González.
La respuesta municipal no se hizo esperar, pocos días después se le comunica a D. José Sánchez Merino, que la citada comisión ve acertada la propuesta por ser la obra de imperiosa necesidad y utilidad, pero debe hacerse dicha demolición con el máximo respeto a los hastiales de las casas colindantes que quedarían afectadas, como ocurre con frecuencia en este tipo de demoliciones Así sucedió, el propietario de una de ellas, de la calle S. Francisco, eleva instancia, poco tiempo después, rogando que se derribe la pared de su casa y se construya de nuevo por haber quedado a la intemperie con motivo de la demolición de la casa limítrofe.
En la zona, por su orografía, las aguas, como apuntábamos, presentaban un serio problema ya que sólo se podían achicar a través de un profundo arroyo y los representantes municipales haciéndose eco de esta dificultad, en el acta del pleno de 15-4-1885, se puede leer: “que siendo de imperiosa necesidad la construcción de una alcantarilla para que las calles Olivar y S. Francisco y demás contiguas tengan comunicación, todo vez que el arroyo que las divide recibe las aguas de varias calles y que por poco que llueva se hace imposible el tránsito de una a otra por su profundidad, se lleve a efecto la construcción de aquella –la alcantarilla- formando oportuno expediente y presupuesto. Forma la comisión D. Vicente Gómez, D. Francisco Montero y D. José Guisado
La construcción de dicha alcantarilla es aprobada, y para ello se libra un presupuesto extraordinario de “más de quinientas pesetas” en conformidad del R. Decreto de 4 de enero de 1883.
La obra se llevó a efecto y la calle “Olivar”, popularmente, comenzó a conocerse como la calle “del Puente” o “el Puente” topónimo que perdura en el imaginario de muchos villanovenses.
Resuelto el inconveniente del paso, el arroyo siguió dando problemas, limitaba la expansión, dificultaba el transito viario y sobre todo, era depositario de todo tipo de detritus y basuras.
Los ayuntamientos siguiente, sabedores de la importancia urbanística que estaba tomando la zona, decidieron buscar una solución, esta fue encontrada en 1912. En el Pleno de 19 de octubre, presidido por el entonces Alcalde D. Justo Díaz Mulero se decide:
“que con el fin de que desaparezca el depósito de inmundicias en que se está convirtiendo el Arroyo denominado del Olivar y en vista de que todo el territorio que ocupa se está urbanizando, se podía conceder a los dueños de las casas de la calle de S. Francisco cuyas traseras lindan con citado arroyo, autorizar para cubrirlo con alcantarilla, siempre que esta sea uniforme y con sujeción al plano que se determine, quedando a beneficio de los mismos todo el terreno que ocupen con la obra correspondiente a sus respectivas casas y sin que por ello se les cobre ningún arbitrio. El Ayuntamiento en vista de la ventaja de la proposición por unanimidad lo aprueba.”
Fueron soluciones urbanísticas y de salubridad propias de una época pasada, pero soluciones que favorecieron la actual configuración de la zona.

La morfología de la ciudad

septiembre 19, 2017

 

La morfología de la ciudad

  1. A Barrantes Lozano

Hace poco tiempo, durante el Pleno del 30 de mayo último, se tomó la decisión de dedicar las nuevas calles que en el  parcelario se contemplan, a diversas personalidades que por alguna que otra razón se consideran dignas de ser recordadas por los villanovenses. Buenos criterios tendrán nuestros mandatarios para elevar al reconocimiento público a los ilustres agraciados. Ante la necesidad de nominarla, se siguieron los procedimientos establecidos por el proceso democrático propio de nuestro tiempo; en Pleno y con la intervención de todos los grupos que deciden, después de oído el informe de la Comisión Informativa Permanente de Urbanización, Fomento y Medio Ambiente. Salvo la objeción razonada a una de las propuestas por parte de uno de los grupos, todos los  nominados fueron considerados merecedores de pertenecer a la nomenclatura callejera de la ciudad.

Se hace énfasis en lo anterior, no sólo por ser reciente la decisión municipal, sino para resaltar que no siempre se han seguido criterios razonados, aunque  discutibles, o se ha tenido excesiva preocupación por cómo llamar a las calles. Como dato curioso me viene a la memoria un suceso acaecido a finales del siglo XIX con motivo de nombrar de alguna manera a una  calle que se estaba constituyendo en la ciudad. La calle en cuestión era la paralela a la conocida como   de S. Bartolomé;  los ediles de entonces no tuvieron otra ocurrencia que mirar el calendario y ponerla el santo del día, como era costumbre poner los nombres a los niños por aquella época, y mira por donde que la pusieron: Calle de “S. Demetrio”. Era alcalde Don Juan Antonio Duque. No creo que nadie la conozca como tal; más tarde, siguiendo criterios más terrenales, por su posición geográfica se la denominó como Calle “Occidente”. Y así sigue hasta nuestros días.

Las calles más  antiguas de Villanueva se fueron trazando  adaptándose a la morfología del suelo  La primitiva ciudad, a principios del siglo XIV, Aldeanueva, se configuró sobre una muela que cae suavemente sobre la vega del río Zújar, y en su parte más prominente se alzó la primera Iglesia que iba a ser el centro poblacional. Iglesia, cementerio y convento formaron el núcleo central y las calles fueron derivando de su entorno. Se mantuvieron durante muchos años  nombres gremiales, como de “Carnicería,” “Tiendas” “Sillería” o “Tenerías.”  La llamada de “Judería” al parecer fue  por sus habitantes. El núcleo de población era reducido, por Occidente  el convento que manda construir D. Juan de Zúñiga quedaría extramuros, al igual que el convento de los padres franciscanos descalzos de S. Francisco por el  Este. Al sur estaba el conglomerado de casas y el convento de monjas que dieron solar al actual Parque de la Constitución y  la franja norte se cerraba con las edificaciones que ceñían a la Laguna.

A pesar de su restringido término, la población llegó a ser referencial para toda la comarca, muy tenida en cuenta por los prebostes de la Mesta, donde establecieron su archivo y fue lugar de residencia del Prior de la poderosa Orden de Alcántara hasta la desaparición de esta a mediados del siglo XIX. De la Villanueva de los siglos XV y XVI datos tenemos por las visitaciones de la Orden, como ha puesto de manifiesto  D. Dionisio Martín en su libro Villanueva en el siglo XVI, de su composición social, organización administrativa, población y recurso  económicos; a finales del siglo XVIII Villanueva estaba habitada por unos  1300 vecinos ( unos 5200 habitantes ) según se deduce del Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres y no hay motivos para pensar que su población creciera significativamente hasta pasados los años sesenta del siglo XIX.

El crecimiento urbanístico fue lento, siguiendo  trazos naturales, como fueron los caminos de salida a otras poblaciones o veredas y cordeles que marcó la trashumancia. Al oeste se fue trazando la calle según el cordel o camino a D. Benito, esto justifica la poca alineación de sus casas a pesar que durante el siglo XX se tomaron algunas decisiones que mejoraron su aspecto, como fue el retranqueo, en los años cuarenta del pasado siglo, de la casa que hace esquina a la calle Morales, obligando para su reconstrucción alinearla con la entonces llamada de María Cristina. Otro ejemplo, siguiendo los caminos, fue el trazado de la calle La Haba o Magacela. Otras deben su nombre, que mantienen, al seguir la senda que llevaba a ermitas situadas fuera de lo que era el casco urbano, llamativa resulta la dedicada a los “Mártires,” “Santa Ana” o “S. Miguel” ermitas que no llegaron a finales del siglo XVIII, abandonadas o destruidas ya en esta fecha , por lo que no se hace referencia a ellas en el referido Interrogatorio, pero sí se tiene  constancia de las mismas por los censos recogidos en el Archivo de la Orden recientemente publicado.

La relación más antigua de calles de Villanueva que ha llegado hasta mí data de 1826, están referidas en un anuario del Pósito, son unas treinta y siete, y lo digo aproximado porque algunas de ellas se nombraban por tramos y hoy tienen una sola denominación, muy parecidos datos se recogen en el censo de la sal de 1833 que son muy coincidentes con el  Plano urbano, el más antiguo que conozco, de Francisco  Coello que se realizó para los estudios previos a la construcción del ferrocarril en 1863 aunque en este se vislumbran nuevos trazados, aunque muy tímidos.

Según el censo de repartimiento de 1852, la ciudad tenía censados a 2030 vecinos, unos 7500 habitantes, distribuidos en 43 calles, estas en número y nombres parecidos a la relación obtenida de los referidos censos de 1826 o 1833.

La llegada del ferrocarril en 1866 supone una inyección económica sin precedentes para Villanueva, ya que se convierte en el centro comercial de la comarca y zona atractiva para la industria, lo que pronto se dejará notar en su crecimiento demográfico.

El trazado de la línea ferroviaria limitó a la ciudad por su costado sur dejando un amplio espacio muy susceptible de ser urbanizado.

Debido a la llegada masiva de mercancías destinadas a los pueblos de la comarca  se vio la necesidad de  trazar una vía que evitara que el transporte pasara por las zonas urbanas y para ello se construyó un camino/carretera que unía a la estación con las salidas a Madrigalejos, Acedera o Herrera del Duque, próximas a la Cruz del Río; fue la primera circunvalación que tuvo Villanueva, hoy es la Calle “Hernán Cortés”, antes conocida como “Carretera”

La habilitación de esta vía creó un nuevo espacio que pronto, lo que hasta entonces eran ejidos y olivar, se fue convirtiendo en suelo urbano.

En  1852 es la calle Alta la que limitaba a Villanueva por oriente y por occidente la calle “Los Mártires”, y el número de vías no sobrepasaban las 43.

En la relación del callejero local de 1897 el número de calles se eleva a 89; la ciudad en 45 años  duplica su espacio urbano, completando su límite hasta las inmediaciones del ferrocarril. Son nuevas calle: Pozo, Muelle, Santa Teresa, Fajardo, S. José, Alfareros o Alcántara.

Por el este hasta la circunvalación de Hernán Cortes se trazan:   Unión, Huerto, Estrella, S. Miguel,  La Cruz, Panaderos, Herrera o Valdivia. En el parcelario urbano actual, estas ampliaciones del último cuarto del siglo XIX son fácilmente identificables por su trazado más racional, excepción hecha con la llamada “Cercón del Rey”, muy condicionada por el curso del arroyo que por allí corría; las demás tiene sus casas alineadas y la anchura  de sus vías es constante lo que hace que sean  totalmente distintas de las del casco primigenio, dispares en trazado y anchura.

De la transformación de la ciudad a partir de mediados del XIX, nos habla la cifra de sus habitantes, si en el censo de 1852  Villanueva contaba con 7500 , a la altura de 1909, unos cincuenta años después, su número  se elevaba a 13589, la que supone un crecimiento de más del 80%, solo explicable por la inyección económica que supuso la llegada del ferrocarril.

No será hasta bien entrado el siglo XX cuando la barrera que supuso la circunvalación de “Hernán Cortes”  sea sobrepasada, pero de ello ya habrá ocasión.

abarrantes01.wordpress.com

 

 

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Los avatares de la patata

julio 13, 2017

La Feria 2014

Antonio Barrantes Lozano

Reciente están los fastos que  Villanueva organiza en torno a la tortilla de patatas, a la que damos  por cierto su origen serona, en nuestro pueblo, fruto de las preocupaciones del ilustrado villanovense  D. José Tena Godoy y Malfeito.

Dicen que cada tiempo tiene su afán y todo nace envuelto en el contexto temporal que le toca vivir. Pero,  ¿por qué fue precisamente la patata el centro de tantos desvelos?  Era la patata una de tantas de las  plantas desconocidas en Europa y desembarcadas por los aventureros españoles en el Viejo Continente a la altura del siglo XVI. No fue muy venturosa su llegada y como plato, denostado por las mesas más exigentes, quedando relegado el tubérculo a servir como  alimento de animales o a ser solución última a las hambrunas de las clases menestrales. Tan denigrada estuvo su fama que incluso se la consideraba como portadoras de enfermedades  de vergonzoso origen, como la lepra, o afrodisíaca, animadora silenciosa del apetito sexual; si así lo hubiera sido, seguro que pronto se le habría retirado el infundio de venenosa; pero, ni anima en los dormitorios y  para bien de la humanidad, es  mefítica.

Tuvieron que cambiar los tiempos y la mentalidad de los hombres. El Siglo XVIII marca el hito donde la humanidad gira hacia los tiempos modernos, se descubren nuevas exigencias y surgen nuevas necesidades. Todo se hace más terrenal, más humano. Las clases dirigentes, nobleza y clero, hasta entonces montadas en la nube de sus privilegios, intuye el peligro en la presión de los menesterosos que habían crecido más de lo que habían disminuido ellos. La nueva filosofía abría la mente humana a otras concepciones sociales y económicas que se propusieron afrontar los problemas con soluciones novedosas. Y una de los más urgentes remedios que  había que buscar era el que resolviera el problema de la alimentación de una población en crecimiento incesante.

He leído que la patata vino a ser la salvación de buena parte del proletariado preindustrial que  ya se concentraba en el entorno de las grandes urbes europeas. Remedio inmediato a las hambrunas endémicas que asolaron  Europa de Este a Oeste.

Fue en PrusiaFederico II el Grande, ( 1712- 1786) quién la introdujo de forma decidida y trató por todos los medios de que su cultivo se generalizara. Legisla al respecto y con una orden del 24 de marzo de 1756 obliga intensificar su cultivo.

Se cuenta que mandó plantar  los primeros patatales en los jardines  de Berlín e hizo que los soldados los cuidasen, para hacer ver su importancia a los ojos de sus súbditos. Abandonada la vigilancia adrede, los campesinos, como quería el rey, robaron y probaron esta «manzana de tierra» y más tarde la cultivaron ellos mismos. Aparte de la anécdota, lo que sí sabemos es que sus ejércitos, tantas veces victoriosos, la llevaban en su dieta.

Verdad o no, no es el caso de discernir, pero sabemos que las cosas importantes, aunque sea de casualidad, siempre las encuentran los sabios. Providencial fue, que un botánico y farmacéutico, francés y detentor de las ideas del siglo y, como tal, comprometido con su tiempo,  cayera preso de las tropas alemanas.

Fue Antonio Augusto Parmentier, expresidario ya,  que como gesto de agradecimiento llegaría hasta el rey para ofrecerle las excelencias de este tubérculo por haber sobrevivido, él y miles de compañeros de infortunio, gracias a la patata presente en el menú de las prisiones prusianas.

Se cuenta que en Versalles, en la onomástica de Luis XVI, el  25 de agosto de 1785, que  ya andaba preocupado por la hambruna que asolaba el País, rodeado  de amigos se acerca Parmentier al entonces poderoso Rey a entregarle unas  flores a la vez que le decía: “Señor, quiero ofreceros un ramo digno de su majestad: La flor de una planta que puede solucionar la alimentación de los franceses”.” Aceptado el agasajo se vuelve a  la Reina y exclama: “Señor, a partir de ahora el hambre es imposible”.

Más tarde, Parmentier escribiría un libro titulado “El tratado de la patata” en cuya presentación ofrece a Luis XVI un banquete hecho exclusivamente con patatas cocinadas de diferentes formas. Parmentier es laureado por el Monarca y la patata incorporada a la lucha contra las hambrunas, calamidad  que acechaba en aquellos tiempos.

Esos los aires que soplaban por Europa  no eran muy distintos  que los soplaban en España, aunque algo más contenidos que en la belicosa Francia.

Cuando ocurre el feliz alumbramiento a lo que en su momento llaman fruta de sartén y con el tiempo sería la  tortilla de patatas, corría el año de 1798 y reinaba en las Españas Carlos IV, a la par que en Francia se asentaban los aires revolucionarios.

José Tena Godoy y Malfeito, era un villanovense fisiócrata e ilustrado y como tal preocupado por las necesidades de la nación que eran también las de su pueblo. Villanueva era una ciudad organizada al modo de la Orden de Alcántara, con Gobernador, alcalde Mayor y de ordinario, de hermandad, notarios y alguacil, con nobleza y clero, destacando el Prior de la Orden, que había establecido su residencia aquí, desde que D. Juan de Zúñiga perdiera el don de Maestre para convertirse en arzobispo de Sevilla. De unos mil quinientos vecinos, ( alrededor de 5.500 habitantes) era el de mayor población del Partido de la Serena; acuciada su economía, exclusivamente agrícola, por la estrechez de su término, constreñido por el de los pueblos limítrofes,  los predios de la Encomienda de Castilnovo y las propiedades del Marqués de Perales, que gozaban de administrador judicial propio y en los que en ellos “ningún aprovechamiento le estaba permitido a tan dilatado vecindario;”[1] y como era habitual en la radiografía social de la época, muy abundante en pobres y menesterosos.

El pueblo, como el País, necesitaba remedio a sus necesidades. Se necesita abaratar el pan. La harina es escasa y cara y se busca un sustituto, pero se estaba reacio ante las nuevas semillas, los métodos nuevos y las utilidades que se afirma poderse sacar de ello, nos dice D. José en su Carta.

El cultivo de la patata, que se intuía que podría sustituir al trigo en la fabricación del pan, era muy reducido o nulo por el repudio social que todavía levantaba y todos los intentos que se conocían para introducirla en la dieta, hasta el momento habían sido objeto de burla.

Con la precisión de un hombre de ciencias y haciendo algunas variaciones al método del cura de Linares, nos dice el autor,  procede a desarrollar su experiencia que culmina con éxito y la aprobación de los presentes.  “todas  las señoras votaron que de esta masa, particularmente si se mezcla con  huevos, se haría la excelente fruta de sartén…”

Y esto fue el embrión, surgido fruto de la necesidad y constancia de un hombre comprometido a finales del siglo XVIII, aquí en Villanueva, de la tortilla de patatas; humilde y sencilla, pero no por eso indiferente a los paladares más exigentes.

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[1] Del Interrogatorio de la Real Audiencia de Cáceres. 1791. Del Magistrado Cubeles.

Por las Pasaderas con “Paco miente poco”

junio 5, 2017

Paco de botones 1954

Por las Pasaderas con “Paco miente poco”
Antonio Barrantes Lozano
Todos los pueblos tienen su propio punto de encuentro. Allí se toma el pulso a la ciudad; es allí donde la gente se reúne para hablar de sus cosas, se comparten preocupaciones y por allí vuelan las noticias.
Villanueva en esto no es menos, también tiene su propio foro, tradicionalmente fue ¡las Pasaderas! Y aunque hoy no es como antes, para los villanovenses la plaza sigue siendo la referencia.
En la Plaza, no hace mucho tiempo, al atardecer, se congregaban los hombres de pana y chambra; con el murmullo que trascendía de los diversos corros conversacionales se cerraban tratos, fijaban precios y ajustaban jornales. Eran gente del campo y del campo hablaban o simplemente se “bajaba a las Pasaderas a echar el rato.” Todo ello quedó atrás y su imagen cada vez más diluida en la memoria de los que lo conocimos. Los rumores de aquellas conversaciones han sido sustituidos por un bullicio callejero y el molesto ruido de los automóviles y furgonetas del reparto.
A veces, y en breve espacio de tiempo, la cantinela callejera da una tregua y entonces es cuando sobresale la voz cantarina del agua que rompe sobre la superficie de la fuente que adorna el espacio. Es un canto sonoro, incesante y lento, que se agradece en un mundo que parece hecho para las prisas.
La Plaza, aunque es la misma, también ha cambiado, parece menos espaciosa. Su contorno ha ido elevándose y hoy de aquellas casas bajas no queda nada, en sus solares nacieron modernas viviendas de cuatro alturas que la achican y le dan un aspecto cosmopolita y moderno.
La gente anda como con diligencia y no se detiene tanto en las “Pasaderas” aunque sigue siendo lugar de culto para cualquier villanovense. El bar, que durante años fue su símbolo, ha desaparecido; su lugar lo ocupa una empresa de telefonía. Esencias viejas que se van perdiendo. Otras llegan.
En la Plaza ya no se para, se queda y se pasa; sólo los grupos de jubilados apostados en las vallas protectoras comentan las noticias derivadas del tabloide de la fachada de las Iglesias. Siempre hay alguno con conocimientos del finado, lo que facilita que la luctuosa noticia se extienda y se le dedique alguna atención, hasta que alguien, con cara de circunstancia, remate con un “nos lleve muchos años”, en lo que todos asienten; continúan con susurros de dichos y rumores que saltan de corro en corro y se agrandan y lo que empieza como simple cuchicheo acaba convirtiéndose en verdad consolidada, y así se escribe la historia.
La dinámica de la ciudad se ha trasladado, unos metros al Este, a la calle de S. Francisco. Hasta cinco modernas cafeterías abren su negocio en la acera de los impares, y sus terrazas animan el bullicio de la zona, muy concurrida a cualquier hora de la mañana. Locales y forasteros, hombres y mujeres, se apostan en las mesas de las terrazas, hacen un alto en sus tareas entorno a la taza de café y hablan de sus cosas y de sus inquietudes; se habla y se opina, son otros tiempos y otras preocupaciones.
El febril movimiento humano que se vive en la calle, contrasta con la quietud de los viejos que ven pasar a la gente, alargando su invierno, desde los bancos públicos del mercado o la iglesia de S. Francisco.
Cuando uno pasa por allí siempre se encuentra algún conocido, paisano o forastero, que te invita a tomar un café y charlar un rato, cosa que se agradece. En las mañanas soleadas es fácil encontrarse con “Paco miente poco.” Paco ya tiene su edad y ha vivido bastante. Porque ha trabajo mucho, tiene bien ganada su jubilación; no se sienta, la prescripción médica le obliga a pasear, y eso hace durante la mañana, de la calle S. Francisco a la Plaza de España y al revés, varias veces, así que es raro no toparse con él. De fácil conversación no tiene reparos en contarnos sus historias, las que ha vivido y conocido desde las múltiples atalayas desde donde ha desarrollado su trabajo. Y te las cuenta y te las vuelve a contar, y se las cuenta a todo el que conoce, parece que está lleno de ellas y tiene necesidad de ir vertiéndolas.
“Paco miente poco,” Francisco, por el bautismo y Chamizo Guisado, por sus padres, Juan e Isabel, no tuvo una infancia fácil. Le tocó vivir los años difíciles de hambre y miseria de la posguerra, en los que los pobres tuvieron que tener muchas agallas para tirar para adelante. En los años cuarenta casi todas la familias eran pobres, hasta los que tenían dinero, por no tener donde gastarlo. Él nació en 1943 y a los diecisiete meses perdió a su padre y a un hermano durante el brote de triquinosis de 1944, por comer chorizo con larvas enquistadas en la carne de cerdo, que se llevó a más de cuarenta personas por delante, una auténtica tragedia social. No fue la única crisis que se ha vivido en Villanueva por la triquina, aunque sí la más trágica; hoy resultaría raro a no ser que la imprudencia se salte el protocolo veterinario. Su madre, viuda y con cuatro hijos, no se arredró, como tantas mujeres de la época, y dio un paso al frente. Con un comercio de comestibles, o como pomposamente lo llamábamos, de ultramarinos, donde se vendía la achicoria en bolsas de perra gorda y la mortadela en rodajas, fue tirando la familia y sus hijos salieron adelante.
Paco, es vivaracho y de inteligencia natural y, aunque anduvo corto de escuela, ha sacado provecho a la vida. Ya con nueve años lavaba vasos en el Casino de los “Señores” donde fue ascendiendo por el escalafón: de “botones” y hasta llegar a “camarero.” Después se independizó y sus inquietudes y amistades le favorecieron con un próspero negocio del que se ha apartado para dejarlo en manos de sus hijos, que actualmente lo regentan.
De su posición privilegiada en el Casino, tiene el morral de su memoria lleno de anécdotas y curiosidades, también de interioridades de familias pudientes y secretos que él recuerda con cordura, diciendo el pecado pero no el pecador, aunque hay que oírle con prudencia.
Su charla es un inagotable anecdotario, me habla de la sala de juego, el “Pinacle”, donde los socios montaban partidas de 7 u 8 días; juego, entonces prohibido, en el que se esfumaron algunas fortunas. Allí, a veces, le ponían a él de guardia, por si había que avivar a algún brasero, o acercar un vaso de agua. Él allí tenía que ver, oír y obedecer; al parecer no tanto lo de callar.
Especial énfasis pone cuando recuerda el incidente ocurrido un domingo de Resurrección. Ocurrió a mediados de los años 50, y por fidelidad a sus palabras transcribo como lo cuenta: “Por aquellos tiempos, todos los hijos de los socios del Casino se subían al balcón para ver correr a la “Carrerita”. Estando el balcón lleno, llegaron dos socios que traían envuelto en un periódico tres docenas de cohetes. Yo estaba en la barra y me dijeron: “Paquito, sal de ahí que esto va a explotar.” Fue tan fuerte la explosión que las gentes que estaban en el balcón saltaron por las escaleras rompiéndose brazos y piernas. Los cohetes se los habían quitado a “María Pringue” el barrendero. Dos días después, tres Jefes del Ayuntamiento comenzaron las averiguaciones y preguntaron a la Sra Juana, esposa del Sr. Tomás, el Conserje, ella no había visto nada, pues estaba en la cocina. Entonces me preguntaron a mí y dije la verdad, que los cohetes se los habían quitado a “María Pringue” y que me indicaron que saliera de allí, porque iban a estallar. En la denuncia se puso lo que dije, y uno de los Jefes del Ayuntamiento concretó, vale: “Paquito no miente.” Por eso me viene lo de “Miente Poco.”
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Fervor, patrimonio y cultura

abril 12, 2017

 

Alegoría a la «Carrerita» obra de José Carmona

Fervor, patrimonio y cultura
A Barrantes Lozano
Hace unos años, concretamente en 2005, tuvo el privilegio de pregonar la Semana Santa, en Villanueva. No es el oficio de pregonero poca cosa, después de mi experiencia felicito a todos y cada uno de las personas que por ella han pasado, y no quiero desanimar por esto a los que se les requiera.
Recuerdo que lo hice atendiendo la petición de mi buen amigo Manuel Sánchez Gálvez, un hombre de recia preparación en los principios católicos, sólidos y a su manera, que a veces era difícil de entender entre los que no los tenemos así. Su vida, hasta su muerte, la vivió para la Semana Santa de su pueblo, de “su” cofradía y de las demás Cofradías, a las que unió en un organismo superior: la Junta de Cofradías. Para él esta pequeña reseña en su recuerdo y admiración de los que bien le conocimos. A su trabajo de debe que nuestra Semana Santa, la que se celebra en Villanueva, haya alcanzado el boato y la movilidad social que hoy disfruta.
Comenzaba mi exposición con las zozobras iniciales, por otro lado lógicas debido al compromiso que se contrae, pensando el modo de hablar de la Semana Santa, en el marco de la Iglesia Parroquial y ante unas gentes que me merecen el máximo respeto.
Rápidamente recapacité y me pregunté: ¿ qué es hoy para tí la Semana Santa? y comencé a rebobinar mi vida. Como un torbellino pasaron todas las Semanas de Pasión que he vivido y cómo las he vivido que ya, en plena madurez, han sido muchas.
Me traslado a las primeras vivencias, las de mi casa, con las limitaciones propias de la época; la de mi escuela, ¿quién no tiene bellos recuerdos de aquella escuela donde te enseñan a dar los primeros pasos en lo incomprensible. De aquellos maestros abnegados, largos de trabajo y cortos de sueldo, tenaces en sus principios.? ¡Bendita escuela del Cristo!. A veces me pregunto, yo como maestro, cómo podrían trabajar aquellos hombres con 40 alumnos y obrar, en aquellas aulas, el milagro de aprender. En aquella escuela, de leche en polvo y queso de bola, durante años con el mismo maestro y con el mismo libro, allí nos acercaron a los misterios de la fe, la fe sencilla que se transpiraba con la recitación del Catecismo. Pero aquello quedó atrás y lo recuerdo y queda en mi interior, como algo indeleble en mí, formando parte de lo que soy.
Hoy la reflexión la llevo por otro camino, que no por ser más prosaico carece de interés. Ahora pienso que la Semana Santa aportan más a la ciudad, más allá del fervor religioso, es incentivo de movilidad social y sostén de valores culturales y patrimoniales.
Sabido es que las guerras no son muy afortunadas; arrastran vidas y patrimonio. Suerte que corrió la imaginería local y el Archivo Parroquial donde inscritos estaban todos nuestros antepasados, desde que el archivo era archivo, o sea desde antes del siglo XVI.
En Julio del 36, en plena marea revolucionaria, sin control alguno, una ola iconoclasta propia de tiempos muy pasados, las imágenes religiosas fueron destruidas y el archivo víctima de las llamas. Con aquellas llamas, ardió también parte de nuestra historia. Bueno es conocerlo, para no repetirlo.
Después quedó la tarea era recuperar el patrimonio. La gente implicada en las distintas congragaciones o cofradías se pusieron a ello, y en poco más de 70 años se ha conseguido para la ciudad un conjunto imaginero/religioso muy digno, si lo contemplamos desde el punto de vista artístico.

Memorial a Manuel Sánchez Gálvez

En nuestros actos procesionales podemos admirar la aportación de diversos escultores/imagineros de reconocido prestigio. De Eduardo Pino es la imagen de “Ntro Padre Jesús de Nazareno” de gran realismo plástico, tanto en su cara, que refleja un dolor sereno, aceptado, como en sus manos, de suaves y expresivas líneas, que sujetan la Cruz. Llegó a Villanueva en 1942 y desde entonces sale en procesión el Miércoles y Jueves Santo. Completa el cortejo procesional desde 2010, una escultura de la “Virgen del Calvario” del sevillano Miguel Ángel Valverde, imaginero, nacido en Carmona (Sevilla) en 1970; de E. Pino es también la imagen de la “Virgen de la Soledad” que sale en procesión el Viernes Santos. La impronta del escultor queda reflejada en la cara de la imagen. De suaves trazos, una cara dulce y resignada de Mujer, abatida por la suerte de su hijo, llena de resignación y esperanza. Es Eduardo Pino, un escultor villanovense a cuya gubia debemos la talla del “Corazón de Jesús” o de la “Inmaculada”, ambas se pueden contemplar en el templo parroquial.
El Jueves Santo sale en procesión la magnífica imagen del llamado “Cristo de la Pobreza”, que vino a sustituir en 1948 al destruido Cristo de la Escuela de Martínez Montañés que llegó a Villanueva por la Venerable Escuela de Cristo y desaparecido en el verano de 1936, es obra del universal extremeño Gabino Amaya, nacido en Puebla de Sancho Pérez en 1914. Como artista su fama ha trascendido fronteras y su obra está muy considerada en todos los ámbitos.
Es el “Cristo de la Pobreza” de un realismo prodigioso, muy próximo a los “cristos” que nos dio el arte sacro barroco del siglo XVII.
También podemos gozar de la maestría de Mariano Benlluire, pintor y escultor valenciano considerado entre los más grandes escultores españoles del siglo XX. Aquí deja su impronta en la talla de la “Virgen de los Dolores “ que llegó a Villanueva de la mano del propio D. Mariano el 25 de julio de 1943. Sale a la calle el Viernes llamado de “Dolores” y el Jueves Santo.
Es una imagen acorde con la fama del artista, sorprende la serenidad de su rostro, con el lógico dolor de una madre ante la tragedia de su hijo, pero que nos deja entrever una belleza serena que transmite resignación y esperanza a través del suave perfil de sus líneas.
Actualmente Villanueva goza de buenos escultores o imagineros entre los que podemos destacar: Ramos, García Lozano, Morales , Calderón Silos y alguno que otro que puede que se haya quedado en el tintero. Por su aportación al arte sacro de la ciudad destacamos a Eduardo Acero, como los demás, nacido en Villanueva, a sus manos debemos la popular “Carrerita,” que data de 1995. Representa a Ntra Sra de la Aurora que sale en procesión junto a la imagen de Jesús Resucitado, este de la factoría de Olot, el Domingo de Resurrección. Es la imagen de María, un imagen digna, que él modela con apenas 29 años. Procura transmitir la sorpresa y alegría de una madre en pos de su hijo que considera perdido. El escultor, muy villanovense, consigue en su obra trasladar a la imagen lo que el pueblo, muy festivo, siente ese día del Domingo de Resurrección.
Y no solo son imágenes, también nos ha llegado un legado histórico monumental, que aunque no es muy generoso, sí es lo suficiente significativo para ponerlo en valor y cuidarlo; es lo que se ha hecho en la Capilla del Santo Sepulcro, recientemente. No puedo evitar acordarme de nuevo de Manolo, de las muchas horas, durante años, que pasaba allí. Su preocupación era continua por la Capilla abandonada de cuidados durante siglos. El sabía de su valor patrimonial para la Ciudad y le dolía su estado. Por el empeño de la Cofradía y la buena disposición de las Autoridades municipales se ha podido llevar a cabo la obra que tanta falta le hacía.
Manolo, cuya memoria se guarda en la puerta, estará satisfecho.
Lo dicho, la primavera arranca con fervor religioso, exhibiendo patrimonio y cultura.

La desaparición del Paseo

marzo 17, 2017

Estado en que queda la Zona el 10 del 12 de 1933

El Paseo un día de Sorteo de los «Quintos»

La desaparición del Paseo
A. Barrantes Lozano
En la última entrega que en este mismo medio se publicó el 15 de febrero pasado, se hacía referencia al “Paseo de S. Francisco” como espacio considerado del bien común de los villanovenses, y hoy desaparecido por causas que se apuntaban como dignas de otra reflexiones.
No es solo motivo de nostalgia la pérdida de este espacio público entre los que lo conocimos, es algo más, y eso ya se nos antoja insustituible. En el desaparecido Paseo, o en sus inmediaciones, giró la historia de la Ciudad, y se desarrollaron hechos, que podemos afirmar sin caer en la petulancia, que aparecen en los anales de la historia de España.
Noticias tenemos del establecimiento de un Batallón Militar en la ciudad en torno al año de 1880, pero no fue hasta el 1904, cuando con fecha de 26 de noviembre, se lee un “ R.O. de 2 del mismo mes, procedente de la Capitanía General de Castilla la Nueva, en el que se dispone la creación en la ciudad de una Caja de Reclutas y Plana Mayor de un Batallón de 2ª Reserva… solicitando al Ayuntamiento se pronuncie con la debida urgencia de su disponibilidad.
La Comandancia Militar o Zona tuvo gran importancia para la economía de la Ciudad. El sorteo de los “quintos” que se celebraba en sus dependencias anualmente, atraía a numerosas familias de toda la comarca que acompañaban a los mozos a compartir su “suerte,” dando a la ciudad un aspecto feriado y bullicioso con el consiguiente beneficio para su comercio y hostelería, siendo el Paseo el lugar de encuentro por su cercanía al acuartelamiento.
En el año de 1923 se acordó, como se venía haciendo en muchos puntos del País, colocar allí una estatua homenaje al “Corazón de Jesús” para conmemorar de este modo su consagración a la humanidad, según la Encíclica Annu Sacrum de León XIII, de 1899. El monumento se erigió, según constaba en su pedestal, por “Los hijos de esta Ciudad, entre los que figura con honor el Exmo Marqués de Torres Cabrera…”
Con la proclamación de la II República, el Ayuntamiento electo no consideró apropiado un monumento público de signo religioso y tomo la decisión, el 16 de octubre de 1931, de “desplazarlo” del lugar; la medida fue muy protestada por los medios católicos con escritos y recogidas de firmas entre la población, no consiguiendo hacer desistir a las autoridades y la estatua fue retirada en 1932. Aquello que se pudo considerar como una simple medida administrativa, acabó en un conflicto social de carácter religioso que marcó la vida efímera de los Ayuntamientos de la Ciudad en II República, por el distanciamiento ideológico de un amplio espectro social. Años más tarde, a mediados de los 50, se volvió a levantar, después de restaurada, en la Plaza que lleva su nombre.
El espacio, por su situación urbana, acogía las atracciones en los días feriados de febrero, cuando la feria de febrero era de las más importantes del País, y las fiestas veraniegas de agosto en torno a S. Bartolomé y en el que multitud de jóvenes paseaban sus primeros amores. Con la desaparición del Paseo, se puede afirmar, se fue parte de la intrahistoria de Villanueva que en definitiva es la historia que hicieron sus habitantes.
El “Paseo de S. Francisco,” entonces de “Pablo Iglesias,” también figura en los anales de la historia de España. Testigo preferente de los luctuosos sucesos del 9 de diciembre de 1933 que trascendieron del ámbito local con repercusiones a nivel de Estado. El golpe anarquista del Sargento Sopena, atrincherado en la Comandancia Militar, se saldó con diez muertos, entre ellos dos miembros de la benemérita. Desde sus aledaños fueron reducidos los rebeldes y la fotografía de los guardias parapetados en sus muros dio la vuelta al mundo.
Por su solar desfiló el destacamento de la Guardia Civil, al mando del Capitán Gómez Cantos, instando a los Jefes de la Comandancia a unirse a la sublevación del 36, que acabó con el orden constitucional en la Ciudad el 19 de julio. Todos estos hechos tuvieron su hipocentro en el añorado Paseo.
Pasado el conflicto Civil vuelve a recuperar su nombre y sus funciones. Aunque su carácter de espacio como público común lo pierda en el año de 1959. Un ambicioso proyecto urbanístico fue presentado a nuestras autoridades por dos promotores foráneos que solicitaban su solar al que pretendían transformar en área de servicios y viviendas de nuevo cuño que, sin duda, daría a la ciudad un aspecto moderno y cosmopolita. En el pleno municipal, 15-1-1959- se lee un escrito que dice lo que sigue: “ se expone el deseo de adquirir en el Paseo de S Francisco terreno en la cantidad precisa para edificar una estación de autobuses, un cine, hostal, bar y sala de fiestas”.
Se acuerda aceptar en principio dicha idea y facultar a Sr. Alcalde Presidente para que inicie las negociaciones pertinentes…
Ahora resulta sorprendente la rápida aceptación por parte de nuestras autoridades a tal proyecto sobre unos solares de los que, de momento, no se tenían competencia por ser de dominio público. Para salvar el escollo, en el Pleno del 20 de marzo del año que comentamos se acepta la moción de la alcaldía que permitiría “la alteración jurídica de los citados terrenos para convertirlo en solar de carácter de bien propio para que pueden ser enajenados con las formalidades legales para construir sobre los mismos aquellos edificios o instalaciones que la Corporación estime de interés para este municipio.”
Se abrió el preceptivo expediente que se tramita de acuerdo con el artículo 8º del Reglamento de bienes de Entidades Locales de 27 de mayo de 1955.
Cumplido el periodo de información pública a través del Boletín Oficial de la Provincia, de 2-IV-59, se pasó a fijar las condiciones de cesión y valoración del solar, que se cifró en 845900 pesetas, según peritaje de los señores: D. Ricardo Salgado Moreno, Capataz de Obras del Exm Ayuntamiento y D. Pablo Gallego Mendoza, Maestro de Obras, nombrados para tal fin.
En la bases para la subasta, que la legalidad requería, se fijaban una serie de prestaciones a cambio de la cesión de los terrenos, figurando principalmente el asfaltado de varias calles con una condiciones determinadas por el peritaje.
La subasta de los terrenos se llevó a cabo el 20 de julio adjudicándoselos, como estaba previsto, a los citados promotores por ser los únicos licitadores.
Las condiciones de prestación y contraprestación se recogieron en la escritura de compraventa firmada en la notaria de D. Antonio Álvarez-Cienfuegos del día 12 de agosto de1959.
Las obras tendrían un periodo de ejecución de cuatro años, pero pasados estos sólo un bloque de ocho viviendas y dos locales comerciales habían sido construidos, y pavimentados 382,12 m2, de los 3854 previstos, lo que llevó al nuevo Ayuntamiento, el 26 de marzo de 1965, a proponer la resolución del contrato, que implicaría la pérdida de fianza constituida y la reversión de los terrenos a la propiedad municipal.
Ante tal situación, los Señores adjudicatarios acudieron a la vía contenciosa. La Audiencia Territorial de Cáceres con fecha 17 de mayo de 1966, desestima el recurso declarando conformes a derecho los acuerdos adoptados por el Ayuntamiento. Como suele ocurrir en estos casos, la situación se alargó durante años no cerrándose definitivamente hasta 1971, pero ya el espacio estaba condenado, nuevas intervenciones municipales ocupan el espacio que quedaba con la Residencia de la tercera edad, el Mercado de Abastos y los Juzgados. En nosotros, al menos, perdura la memoria de lo que fue.
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Noticias del Paseo de S. Francisco

febrero 15, 2017
Paseo con la Iglesia al fondo

Paseo con la Iglesia y Zona Militar al fondo

Noticias del Paseo de S. Francisco
Antonio Barrantes Lozano
La ciudad es un elemento orgánico que con el tiempo se va transmutando y resulta que el pueblo que conocieron nuestros abuelos no es el mismo que el que conocemos nosotros y probablemente distinto del que conocerán nuestros nietos. Al crecimiento natural de la población hay que añadir las distintas intervenciones urbanísticas que a lo largo de los años los responsables de la política municipal han ido desarrollando en intentos de mejora del entorno. Es discutible la oportunidad de tal o cual intervención en pro de un determinado objetivo, pero lo que no es discutible es que no todas las modificaciones urbanísticas hayan sido acertadas.
Para los que la perspectiva del tiempo nos ha permitido ser testigos de la metamorfosis urbana, bien sabemos lo que decimos. Conocimos la Laguna, conocimos la Charca del Pozo Viejo, conocimos el Paseo de S. Francisco, hemos visto abrir calles nuevas, desaparecer edificios y fachadas que hoy añoramos, establecer nuevos barrios, abrir avenidas e incluso la mutación de los afanes de nuestros predecesores. La ciudad se conforma con un continuo cambio, antes lento, ahora más trepidante, aunque los tiempos que se anuncian nos alertan de una ralentización que ya veremos en qué termina.
Miro un plano urbano de Villanueva es D. Francisco Coello y Quesada. Está datado en 1863. Creo que es el plano urbano de la ciudad más fidedigno, fiable y antiguo que se dispone. En él aparece marcado lo que conocemos como casco antiguo, sus calles, los pozos, los caminos que salían de la población y el Convento de los Frailes Franciscanos de San Bartolomé.
Hacía ya muchos años que los padres franciscanos se habían instalados extramuros, al este de la Puerta de la Villa. El amplio espacio que ocuparon los monjes regulares, a partir de las desamortizaciones llevadas a cabo en el siglo XIX, fueron enajenadas y vendidas, por lo que pasaron a manos de particulares, quedándose reducido el primitivo solar conventual a lo que es hoy la actual Iglesia de S. Francisco y parte de otras dependencias que fueron usadas, a lo largo del tiempo, como Colegio, Matadero, Maternidad, Instituto, Asilo, Cuartel de la Guardia Civil, Zona de Reclutamiento y actualmente, aparcamiento y Hospital.

La calle S. Francisco a principios del siglo XX

La calle S. Francisco a principios del siglo XX

En la observación del Plano de referencia resulta llamativo que ya, a la altura de mediados del siglo XIX, se observe el trazado de la calle de S. Francisco y un amplio espacio, desde la esquina de lo que hoy conocemos como calle Viriato hasta la Plaza de la Iglesia referida, señalado como Paseo, lo que nos indica su antigüedad, y hace pensar que este sería un lugar de dominio público ya en el siglo XIX, posiblemente desgajado de la antigua propiedad de los frailes. Subrayo lo dicho porque hay una creencia muy generalizada que mantiene que el referido Paseo fue en su día donación de una conocida familia para el disfrute de todos. Así se dijo y argumentó cuando en su momento, a finales de los años 50 y principio de los 60 del siglo pasado, la corporación municipal, en una desacertada decisión, aplicando la legislación que entonces regulaba el funcionamiento de los ayuntamientos, decidió cambiar el estado jurídico del espacio y pasarlo de bien común a bien propio, lo que facultó su desaparición. Algo que todos los que lo conocimos lamentamos. Pero eso será motivo de otra reflexión.
No puedo certificar que el suelo del Paseo tal como aparece en el Plano referido perteneciera a familia alguna. Su costado Sur limitaba con el campo, no hay vestigios de lo que más tarde sería la Calle Concepción, Conventual o Colón. Todo era tierra de labor.
Lo que sí he encontrado, mirando entre papeles, un hecho, que al menos puede resultar curioso y tal vez el origen de esa leyenda urbana que circuló y aún circula entre nosotros y hace pensar que el paseo fue fruto de una donación.
Siendo alcalde de la ciudad D. Julián Adame García, el 13 de noviembre de 1902, llega a su despacho una instancia suscrita por D. Mariano Nogales, D. Antonio Cortijo y D. Ildefonso Miguel Romero en la que se “solicita permiso al Ayuntamiento para que se les conceda autorización para ejecutar por su cuenta, hasta donde los recursos que recauden lo permitan, sujetándose al plan aprobado por el Ayuntamiento y bajo la inspección de este, las obras de reconstrucción del antiguo Paseo de S. Francisco de esta Ciudad, a cuyo efecto D. Mariano Nogales se compromete a ceder- (aquí puede estar el origen de tal creencia)-la parte necesaria del terreno de su propiedad para ampliar dicho paseo por el lado sur del mismo”
La propuesta fue estudiada por la Corporación que da el oportuno consentimiento al inicio de las obras, siempre bajo la inspección municipal y debiéndose ajustar al Plan aprobado por el Ayuntamiento aquél mismo año, a la par que se agradece la iniciativa a los recurrentes y en especial a D. Mariano Nogales por su generoso ofrecimiento.
Al acabar la remodelación la configuración del espacio quedó demarcada tal como la conocimos. El costado Sur del paseo marcó la alineación de lo que más tarde sería la Calle Concepción.
Las obras debieron ser bastante ágiles pues poco tiempo después, D. Joaquín Ballesteros, Concejal, propone para guardia de dicho paseo a D. Braulio Olivares Mateos, con sueldo de una peseta y cincuenta céntimos diarios, y de no ser admitida su propuesta, los señores promotores de la obra nombrasen a quienes ellos consideren oportuno.
El lugar fue testigo de los días más tristes y trágicos de la historia de nuestro pueblo y de la historia nacional: El levantamiento de Sopena, de 1933, en el acuartelamiento de la Comandancia Militar. También de días feriados, de verbenas y de juegos.
Lo que sí sentimos todos los villanovenses, es un desgarro en la memoria con su desaparición. Como si algo de nuestra infancia se hubiera ido con él.

«Los Pisos Rojos»

abril 15, 2016

“Los Pisos Rojos”
Antonio Barrantes Lozano
Las cosas pasan, pero no pasan del todo, mientras queden en la memoria, perduran en el recuerdo.
No se si fue esta la intención de J.J. Guisado que le llevó a plasmar la demolición de los llamados “pisos rojos”. Selecciona entre mas setecientas instantáneas y se queda con unas pocas que ha exhibido en el Sala “Rufino Mendoza” durante el pasado mes de marzo. Hace tiempo que conozco a Jesús Javier, y me consta su experiencia contrastada con la cámara; con la que siempre busca ir más allá de la imagen, de la instantánea o el suvenir. Un enfoque, una luz, unas sombras, algo que delate, que aporte al espectador más que lo meramente figurativo. Una reflexión.

Foto: JJGuisado

Foto: JJGuisado

Aquí muestra los rostros de los personajes haciéndoles trascender de su papel representativo, transporta al espectador a los primeros años del siglo pasado, a la época del escritor. Sobre un fondo tenebrista, que nos lleva a pensar en los más célebres retratistas del siglo de Oro, las caras trascienden de su propia realidad y nos llevan a lo que su ficción representa.

Evocación y reflexión, quizá sea esto el fundamento y sentido del arte de la fotografía, al menos es a lo que nos invita J.J. Guisado.
No deja de ser un atrevimiento que Guisado fotografíe la demolición de un pauperizado edificio. ¿Qué buscaba entre los escombros?
Por humilde que sean las personas, por humildes que sean sus cosas, también tienen su historia. Quizás por su humildad hubo que derruir 112 viviendas, sí, de otro tiempo, pero no de un tiempo lejano. Los “pisos rojos” también tienen un pasado, una razón de ser. En esas 112 viviendas nacieron, vivieron, gozaron, sufrieron y murieron los que las habitaron. Quizás J.J., con su trabajo, nos quiera hablar de ello.
Los que conocimos el espacio que hoy dejan cuando eran eras y olivares y vimos a los edificios levantarse, reconocemos en la demolición una época ya superada. No obstante quedan insertados de pleno derecho en la historia de nuestra ciudad.

 Foto:JJGuisado

Foto:JJGuisado

A finales de los años 50 del siglo pasado se emprendió un ambiciosa proyecto urbanístico que comenzaría con la entonces denominada “Plaza de Onésimo Redondo” o “La Laguna”, que culminó con lo que es hoy la “Plaza de Conquistadores”; como complemento a dicha urbanización se planteó, por los ediles del momento, la construcción de una serie de viviendas en una zona a urbanizar en el ejido o eras de Santiago y para ello se emprende el proceso de expropiación de 46.983 m2 del espacio comprendido entre la “Calleja de Santiago”, el “Camino de Santa Ana” y la “Carretera de Circunvalación”. Fueron las intenciones iniciales del proyecto el trazado de dos amplias avenidas que comunicarían con la remodelada “Plaza de los Conquistadores” “ “la más moderna y espaciosa de la ciudad” a decir de los documentos oficiales. Una de ellas partiría el espacio en dos, la actual “Avda de los Conquistadores” y conectaría con la referida Plaza. Abriendo la visión desde la que hoy conocemos como fuente de las “Víctimas del Terrorismo” al “Obelisco”. Aquí en este nuevo ensanche irían, según las intenciones iniciales, ubicadas viviendas unifamiliares para labradores, que nunca se hicieron, y viviendas para funcionarios, oficinistas y productores de la industria, en dos bloques de cuatro plantas, que son estas de las que nos queda el recuerdo de su demolición.

Foto: JJGuisado

Foto: JJGuisado

La exposición, que ha sido acompañada de un estupendo fotolibro, nos retrotrae a nuestra historia inmediata, fueron los primeros bloques que se construyeron en Villanueva, y nos lleva a ese tiempo que dejamos atrás, simbolizado por la placa, con su símbolo, del Ministerio Nacional de la Vivienda, caído entre los escombros. Bella metáfora de lo que el trabajo pretende. La supremacía de la máquina destructora, la ventanas descarnadas y el detritus conviven con el balón roto o el cuaderno escolar olvidado, la huella que el paso del hombre va dejando en las cosas. La pintada, como mensaje efímero, el rostro de sus últimos habitantes, nos dicen algo más que un momento simplemente gráfico. Es el atrevimiento de andar entre escombros buscando el lado humano que parece que flota entre lo que se destruye.
Me quedo con los últimos versos de Lourdes Guisado que abren al libro fotográfico:

Cuando las aves emigren, por las adversidades del tiempo

y el pájaro vea caer su nido

ahogado el canto no habrá sido

pues resurgirá con el recuerdo.

abril 2016