Por las Pasaderas con “Paco miente poco”

Paco de botones 1954

Por las Pasaderas con “Paco miente poco”
Antonio Barrantes Lozano
Todos los pueblos tienen su propio punto de encuentro. Allí se toma el pulso a la ciudad; es allí donde la gente se reúne para hablar de sus cosas, se comparten preocupaciones y por allí vuelan las noticias.
Villanueva en esto no es menos, también tiene su propio foro, tradicionalmente fue ¡las Pasaderas! Y aunque hoy no es como antes, para los villanovenses la plaza sigue siendo la referencia.
En la Plaza, no hace mucho tiempo, al atardecer, se congregaban los hombres de pana y chambra; con el murmullo que trascendía de los diversos corros conversacionales se cerraban tratos, fijaban precios y ajustaban jornales. Eran gente del campo y del campo hablaban o simplemente se “bajaba a las Pasaderas a echar el rato.” Todo ello quedó atrás y su imagen cada vez más diluida en la memoria de los que lo conocimos. Los rumores de aquellas conversaciones han sido sustituidos por un bullicio callejero y el molesto ruido de los automóviles y furgonetas del reparto.
A veces, y en breve espacio de tiempo, la cantinela callejera da una tregua y entonces es cuando sobresale la voz cantarina del agua que rompe sobre la superficie de la fuente que adorna el espacio. Es un canto sonoro, incesante y lento, que se agradece en un mundo que parece hecho para las prisas.
La Plaza, aunque es la misma, también ha cambiado, parece menos espaciosa. Su contorno ha ido elevándose y hoy de aquellas casas bajas no queda nada, en sus solares nacieron modernas viviendas de cuatro alturas que la achican y le dan un aspecto cosmopolita y moderno.
La gente anda como con diligencia y no se detiene tanto en las “Pasaderas” aunque sigue siendo lugar de culto para cualquier villanovense. El bar, que durante años fue su símbolo, ha desaparecido; su lugar lo ocupa una empresa de telefonía. Esencias viejas que se van perdiendo. Otras llegan.
En la Plaza ya no se para, se queda y se pasa; sólo los grupos de jubilados apostados en las vallas protectoras comentan las noticias derivadas del tabloide de la fachada de las Iglesias. Siempre hay alguno con conocimientos del finado, lo que facilita que la luctuosa noticia se extienda y se le dedique alguna atención, hasta que alguien, con cara de circunstancia, remate con un “nos lleve muchos años”, en lo que todos asienten; continúan con susurros de dichos y rumores que saltan de corro en corro y se agrandan y lo que empieza como simple cuchicheo acaba convirtiéndose en verdad consolidada, y así se escribe la historia.
La dinámica de la ciudad se ha trasladado, unos metros al Este, a la calle de S. Francisco. Hasta cinco modernas cafeterías abren su negocio en la acera de los impares, y sus terrazas animan el bullicio de la zona, muy concurrida a cualquier hora de la mañana. Locales y forasteros, hombres y mujeres, se apostan en las mesas de las terrazas, hacen un alto en sus tareas entorno a la taza de café y hablan de sus cosas y de sus inquietudes; se habla y se opina, son otros tiempos y otras preocupaciones.
El febril movimiento humano que se vive en la calle, contrasta con la quietud de los viejos que ven pasar a la gente, alargando su invierno, desde los bancos públicos del mercado o la iglesia de S. Francisco.
Cuando uno pasa por allí siempre se encuentra algún conocido, paisano o forastero, que te invita a tomar un café y charlar un rato, cosa que se agradece. En las mañanas soleadas es fácil encontrarse con “Paco miente poco.” Paco ya tiene su edad y ha vivido bastante. Porque ha trabajo mucho, tiene bien ganada su jubilación; no se sienta, la prescripción médica le obliga a pasear, y eso hace durante la mañana, de la calle S. Francisco a la Plaza de España y al revés, varias veces, así que es raro no toparse con él. De fácil conversación no tiene reparos en contarnos sus historias, las que ha vivido y conocido desde las múltiples atalayas desde donde ha desarrollado su trabajo. Y te las cuenta y te las vuelve a contar, y se las cuenta a todo el que conoce, parece que está lleno de ellas y tiene necesidad de ir vertiéndolas.
“Paco miente poco,” Francisco, por el bautismo y Chamizo Guisado, por sus padres, Juan e Isabel, no tuvo una infancia fácil. Le tocó vivir los años difíciles de hambre y miseria de la posguerra, en los que los pobres tuvieron que tener muchas agallas para tirar para adelante. En los años cuarenta casi todas la familias eran pobres, hasta los que tenían dinero, por no tener donde gastarlo. Él nació en 1943 y a los diecisiete meses perdió a su padre y a un hermano durante el brote de triquinosis de 1944, por comer chorizo con larvas enquistadas en la carne de cerdo, que se llevó a más de cuarenta personas por delante, una auténtica tragedia social. No fue la única crisis que se ha vivido en Villanueva por la triquina, aunque sí la más trágica; hoy resultaría raro a no ser que la imprudencia se salte el protocolo veterinario. Su madre, viuda y con cuatro hijos, no se arredró, como tantas mujeres de la época, y dio un paso al frente. Con un comercio de comestibles, o como pomposamente lo llamábamos, de ultramarinos, donde se vendía la achicoria en bolsas de perra gorda y la mortadela en rodajas, fue tirando la familia y sus hijos salieron adelante.
Paco, es vivaracho y de inteligencia natural y, aunque anduvo corto de escuela, ha sacado provecho a la vida. Ya con nueve años lavaba vasos en el Casino de los “Señores” donde fue ascendiendo por el escalafón: de “botones” y hasta llegar a “camarero.” Después se independizó y sus inquietudes y amistades le favorecieron con un próspero negocio del que se ha apartado para dejarlo en manos de sus hijos, que actualmente lo regentan.
De su posición privilegiada en el Casino, tiene el morral de su memoria lleno de anécdotas y curiosidades, también de interioridades de familias pudientes y secretos que él recuerda con cordura, diciendo el pecado pero no el pecador, aunque hay que oírle con prudencia.
Su charla es un inagotable anecdotario, me habla de la sala de juego, el “Pinacle”, donde los socios montaban partidas de 7 u 8 días; juego, entonces prohibido, en el que se esfumaron algunas fortunas. Allí, a veces, le ponían a él de guardia, por si había que avivar a algún brasero, o acercar un vaso de agua. Él allí tenía que ver, oír y obedecer; al parecer no tanto lo de callar.
Especial énfasis pone cuando recuerda el incidente ocurrido un domingo de Resurrección. Ocurrió a mediados de los años 50, y por fidelidad a sus palabras transcribo como lo cuenta: “Por aquellos tiempos, todos los hijos de los socios del Casino se subían al balcón para ver correr a la “Carrerita”. Estando el balcón lleno, llegaron dos socios que traían envuelto en un periódico tres docenas de cohetes. Yo estaba en la barra y me dijeron: “Paquito, sal de ahí que esto va a explotar.” Fue tan fuerte la explosión que las gentes que estaban en el balcón saltaron por las escaleras rompiéndose brazos y piernas. Los cohetes se los habían quitado a “María Pringue” el barrendero. Dos días después, tres Jefes del Ayuntamiento comenzaron las averiguaciones y preguntaron a la Sra Juana, esposa del Sr. Tomás, el Conserje, ella no había visto nada, pues estaba en la cocina. Entonces me preguntaron a mí y dije la verdad, que los cohetes se los habían quitado a “María Pringue” y que me indicaron que saliera de allí, porque iban a estallar. En la denuncia se puso lo que dije, y uno de los Jefes del Ayuntamiento concretó, vale: “Paquito no miente.” Por eso me viene lo de “Miente Poco.”
abarrantes01.wordpress.com

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