Nostalgia del tren

Nostalgia del tren
Antonio Barrantes Lozano
Aprovechando estas mañanas otoñales de octubre que se empeñan en alargar el verano, me he pasado por la estación, como hace años que hacía, cuando de niño acudía a ver pasar el tren. El tren, aquellos trenes tenían algo mágico que agitaba las mentes infantiles con sueños imposibles, de lejanías inalcanzables, de otros oteros, de otros pueblos, de otras gentes. Qué envida la que manaba de aquellos dos hombres, con visera y ropa azul, manchada de grasa y de carbón, con cara tiznada que viajaban al frente del convoy, cuantos pueblos habrán visto, cuánta gente en los andenes, con su trajín, sus preocupaciones, sus pañuelos al viento, llantos y abrazos…
Hoy me he sentado en uno de los bancos del andén, el sol, que más de otoño parece de ve

Paso a Nivel 1955

Paso a Nivel 1955

rano como si estuviera luchando contra el paso inexorable del tiempo, hace que me resguarde de la cada vez más esquiva sombra en su retirada hacia el norte. El vestíbulo que siempre ha hecho de sala de espera esta remozado, como toda la estación, cristaleras, aluminios protegidos donde se exhiben horarios de los pocos trenes que ahora pasan y dos bancos desnudos y deshabitados. Parece más grande de lo que era, cuando a todas horas estaba lleno de gente, que se iban, que despedían o que esperaban, entonces las familias despedían y esperaban. Los viajes no todos, pocos, eran de placer, se viajaba a la capital buscando remedio en sus hospitales, se despedía a los mozos de quintas que se incorporaban al ejército, a padres de familia que buscaban en la próspera Europa un porvenir indefinido que se les negaba aquí…unas veces se viajaba otras se huía.
De este vestíbulo y en estos andenes, queda en el recuerdo de los que nos precedieron su estrechez para albergar a tanta gente de aquí y de fuera, familias completas, con sus cestas, sus alforjas y jergones, entre militares y falangistas inquisidores; aguardando impacientes, durante días y semanas la llegada indecisa de sus hijos, excombatientes, al término de la guerra civil. Familias de Villanueva, de Madrigalejos, Navalvillar o Casas de D. Pedro, de todos los pueblos de la zona de influencia de la Estación. Todas con la misma congoja, con el mismo miedo. Familias unidas por la misma incertidumbre, que en condiciones extremas consumían días en la esperanza. El infortunio común genera solidaridad, solidaridad que afloró entre las familias de Villanueva que ofrecen, cuando tan poco tenían para ofrecer, su hospitalidad y un lugar para descansar, asearse o compartir el pan; nacen así lazos duraderos de amistad profundos que en muchos casos perduran después de varias generaciones.
Desde esta atalaya de mi banco veo platear los raíles que se alejan de este a oeste buscando un infinito que se diluye cuando se avanza hacia él y parece que se aleja, como el horizonte en la lontananza o el color azul de las montañas que se desvanece si nos aproximamos a ellas. Todo queda diluido, como si fuera una ilusión virtual.
Lo que queda está remozado, como invitando a un futuro que la realidad nos niega. Han desaparecido inmuebles, viejos almacenes, muelles de descarga, el embarcadero de las mulas, el artilugio donde hacían cambiar a las máquinas de sentido; hasta la librería; porque las estaciones tenían librerías, donde los viajeros cambiaban novelas de Marcial Lafuente, se compraba El Caso y se leía el Marca. Había que ir provisto, el viaje era largo y la lectura lo hace más llevadero. La desaparición de la librería es la metáfora de nuestro tiempo, que corre rápido, el viaje no es para leer, es para llegar, perdiéndose con ello el encanto del camino.

La Estación de Vva 1960

La Estación de Vva 1960

Como testigo mudo, desaparecida la campana que ponía en alerta a los viajeros anunciando la proximidad del próximo tren, modernos altavoces la sustituyen, queda sobre mi cabeza el reloj. Siempre me llamó la atención el reloj de las estaciones, su numeración en caracteres romanos no obedece a la ortodoxia que aprendí en la escuela, el número cuatro lo marca con cuatro palotes, cuando lo que nos decían era que en la numeración romana no se repiten nunca más de tres letras; el reloj sigue en su heterodoxia y sigue llamándome la atención.
Enfrente, en el lado norte hay una casa con flores, nunca supe quién la ocupaba y al lado la fábrica de fosfatos, de ella nos queda una mole abandonada que nos recuerda a aquellos castillos descabalgados de la historia; al otro lado la casa-palacio de la “Jabonera”. Vestigios de lo que supuso a la ciudad la llegada del ferrocarril.
Aquel trajín de personas y mercancías hoy es solo recuerdo. Me encuentro solo viendo lo que queda del paisaje. El silencio lo ha roto unos trabajadores que visten mono amarillo y que se desplazan en una plataforma. Han dejado la plataforma en vía muerta y ellos hablando y riendo han desaparecido, son de la empresa y por lo que se ve, vienen de arreglar algún desaguisado en las vías. Echo de menos, a la orilla de los almacenes que aún quedan en pie, la fila de vagones de mercancía que en maniobras interminables varios hombres movían y enlazaban unos a otros, a los niños nos gustaba verlos. Decíamos que eran factores, porque a los hombres que trabajaban en el ferrocarril los llamábamos así. No distinguíamos categorías a no ser el de Jefe de Estación o el Revisor.
Todo tan distinto como cuando aparecía el tren, el de antes. Cuando lo veíamos aproximarse arrastrado por su máquina, orgullo de ingeniería, negra con ribetes dorados, con su ojo de cíclope alumbrando, con su silbo y su traqueteo. Sus bielas, a modo de brazos musculosos, iban perdiendo cadencia hasta pararse y al pararse, como si de un bufido se tratara, saltaban dos chorros blancos de vapor, que en la atmósfera ya ennegrecida por el humo se mezclaba llenando el espacio de un olor característico, sano nos decían, y por eso se llevaba a los niños a la estación, para curar la tosferina. Así era entonces. El andén era un hervidero de gente que llega y gente que se va. Apenas pasados unos minutos, la magia del tren desaparece. Suena un silbato y la máquina vuelve a crujir, los que se iban, asomados se despedían y los que se quedaban agitaban sus pañuelos.
Recuerdo, ¡ay la memoria! dicen que es el espejo roto de nuestras vidas; será porque nos llega a retazos, por trozos. Recuerdo cuando monté por primera vez en el tren, de eso hace tantos años que no puedo poner fecha y el por qué, como dice Cervantes, porque no quiero acordarme. Si recuerdo aquel vagón, a aquellas gentes con las que viajaba. El tren iba lleno, entonces los trenes siempre iban llenos. Hombres y mujeres serios, de rostro adusto, de pocas palabras, pero a los que no les importaba compartir el pan de sus alforjas. Todos viajan con la carga de una esperanza incierta. Como el viaje era largo, Madrid quedaba muy lejos, entre los hombres siempre surgía alguna conversación intrascendente, de palabras cortas, de monosílabos. Me gustaba mirar por la ventanilla, con la nariz aplastada contra el cristal, ver pasar los árboles, los poste del telégrafo, las estaciones y sus gentes. Debajo de todas las ventanas se nos advertía que era peligroso asomarse, no entendía el por qué; a lo mejor por eso iba la Guardia Civil. Entonces, en todos los trenes, iba la Guardia Civil, el por qué.. no tardé mucho en averiguarlo.
En la llegada a Madrid, el paisaje era desolador, no porque en Villanueva no se conociera, pero no en tanto número, lleno de casitas apiladas, de madera, cartón y lata oxidada, apenas con alguna pieza raída de uralita que hacía de tejado, era la imagen de una España dura que tanto ha costado enderezar. La estación era otra cosa, más gente, más trenes y con las manos negras y la cara tiznada nos adentramos en la ciudad en busca de esa esperanza esquiva…
Ahora nuestra autoridades reivindican un tren para Extremadura, ahora que hace 150 años que pasó por aquí la Reina Isabel II en el tren que inauguraba la línea Madrid – Badajoz, ahora viene los lamentos por un tren perdido y que, hasta ahora, nadie ha hecho nada por encontrarlo.

Locomotora a vapor

Locomotora a vapor

Llega un convoy a la estación, son dos coches modernos, a gasoil, la cabeza de un pasajero se atisba entre los cristales, un operario, fumador clandestino en la puerta de su oficina, indica que puede seguir. Despierto y compruebo que la casa con flores sigue ahí y yo sin saber quien la habita, alguien, cuando lea esto, se apresurará a sacarme de dudas y romperá su encanto. Los recuerdos siempre salen derrotados ante la verdad desnuda.
abarrantes01.wordpress.com

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