El niño del serón

CAM00800“El niño del serón”
Antonio Barrantes Lozano

Si hay un lugar emblemático en Villanueva este es, para propios y forasteros, las “Pasaderas,” que para los no iniciados hay que aclarar que oficialmente se conoce como Plaza de Maura. Algo importante tuvo que hacer el Sr. Maura para que los villanovenses le honraran con tan representativo lugar, pensarán algunos; pues sí, era D. Anonio Maura presidente del gobierno de D. Alfonso XIII a la altura del primer cuarto del siglo pasado , cuando en la ciudad un malestar recorrió todos los estamentos y nuestras autoridades y gente principal prestos marcharon a la capital para frenar el desaguisado que para Villanueva suponía el traslado de la Caja de Reclutas a otra ciudad, como pretendía una orden de la Capitanía Militar. La presión ejercida por los airados villanovenses, la mediación de los diputados comarcales y algún que otro prócer local, hizo que todo quedara, como dice el dicho, diluido en “agua de borrajas.” La ciudad agradecida tuvo a bien dedicarle la Plaza al entonces Presidente del Gobierno. Aquella decisión ha sido respetada por todas las corporaciones que desde entonces se han ido sucediendo, con la salvedad del paréntesis republicano, aún así, villanovenses o no, al espacio se le conoce como de “Las Pasaderas”
No voy a pararme a aclarar en el por qué del topónimo ni en la etiología del lugar, no es hoy la intención del que escribe, tiempo y ocasión habrá para ello, es otro asunto lo que ahora llama mi atención.
Como lugar emblemático y singular, las autoridades que en el tiempo han sido, han procurado siempre esmerarse en su cuido y ornato, no siempre de modo acertado o duradero, y aunque su configuración ha permanecido siendo la misma, lógicamente no así los edificios circundantes, diversos proyectos y motivos se han sucedido en el tiempo, haciendo de este espacio público objeto de deseo de todos los consistorios en su afán de quedar su impronta para honra y gala de la ciudad.
En el día de hoy, la Plaza está presidida por una fuente que ordena el tráfico. Es una fuente sencilla, de corte modernista en su diseño, sin grandes pretensiones, que se ha convertido en centro de las celebraciones colectivas por lo que es muy apreciada. En un lateral, se forma una explanada amplia a la salida de la calle Ramón y Cajal, donde al parecer estuvo ubicada la “Puerta de la Villa,” luce un conjunto escultórico, es una obra, quizás la más lograda del artista villanovense Eduardo Acero. El conjunto dentro de los cánones clásicos, está dotado de gran plasticidad y dinamismo. Una alegoría a la Villanueva que fue y que aún perdura en la retina de sus habitantes y es motivo de gozo en aquellos que piensan que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, yo afirmo, para no polemizar, que simplemente distinto.
La plástica del conjunto es una imagen evocadora de un pasado próximo de aquella otra imagen, rara ya, pero habitual y repetida por los caminos y accesos a la ciudad. Antes de la eclosión de la agricultura industrializada actual, el labrador villanovense, era labrador de secano, cultivador de cereales y cuidadoso de la vid y del olivo. Aprovechaba los barbechos con el cultivo de las sandías que daba dinero a ellos y fama a la ciudad, tanto que llegaron a ser símbolos de calidad en los mercados madrileños. Con todo aquello acabó la mecanización y la extensión generalizada del regadío. Otros tiempos, otra agricultura.
Al afanado labrador saluda un artesano, símbolo de la tradición industriosa local, tan unida a la demanda campesina.
El conjunto, aunque formado por dos esculturas, queda perfectamente armonizado como una unidad. Ocasión habrá para que algún día nos ocupemos de este artista villanovense, eslabón importante de la cultura que hoy se hace.
Que la escultura haya quedado ubicada en “Las Pasaderas” no se debe al azar. El artista es consciente del simbolismo del lugar, del espíritu que aún hoy perdura, de lo que es y de lo que fue.
Ágora y lonja. Punto de encuentro.
Era costumbre entre los labradores acercarse, al atardecer, a “echar un rato a las pasaeras”; como un ocio obligado. Allí se hablaba del tiempo, de los daños de la tormenta, del precio de la uva o del rendimiento del aceite. Allí se compraba y se vendía, se ajustaban jornales y se contrataban cuadrillas para la aceituna. Un apretón de mano –“choca esos cinco”- bastaban para dar validez a un trato. Todo en “Las Pasaderas”
¿Qué bien expresa el niño del serón la variedad de la gente? El niño que acompaña al abuelo, como seguro cambio generacional, nos va dejando escrito en los cuadros de la pleita la saga o clanes de tantas familias de labradores como en el pueblo son.
“Borjitas•, “Caracto”, “Cartabón” y así, mas de cien, y alguno habrá quedado fuera, motes o apodos, patronímicos, diría yo, por aquello que de peyorativo a veces tienen los motes. Patronímico en el sentido que da a la palabra la Real Academia de la Lengua: “Se decía del nombre que derivado del perteneciente al padre u otro antecesor, y aplicado al hijo u otro descendiente denotaba en estos la calidad de tales”
Así se conocía al abuelo, y posiblemente a su padre, que por muchos nietos que tuviera, a todos se les conocería por el sobrenombre de su saga, no por sus apellidos, que se pierden por la costumbre española de colocar como segundo el de la madre.
Esta ocurrencia del escultor de preservar en su obra los nombres de las distintas familias de labradores, me ha llevado a pensar en el origen de alguno de ellos y, por prudencia, no me he querido meter en sagas ajenas, me propuse llegar al principio del por qué yo pertenezco a la de “los Palomos”, como se conoce a mi familia, patronímico que heredo de mi madre y esta a su vez de padre.
Aunque es difícil asegurar en esto, muchos nombres se deben a otros motivos e incluso a la imaginación de las gentes, tampoco es mi intención generalizar las conclusiones.
Comencé mis averiguaciones poniéndome en contacto con otros “palomos” con los me une amistad y parentesco. Remontándome a las ascendientes de unos y otros, encontré convergencias en los abuelos, que resultaron ser primos hermanos, por lo que los bisabuelos serían hermanos, hasta alcanzar al padre de estos, a saber, Juán Lozano Palomo, que vivió en la calle del Pósito, según el censo de repartimiento de 1852. Se le conocería por Juan “el Palomo” y así a su descendencia, para distinguirse de otras familias de apellido Lozano, ya que hay, en Villanueva, varias de ellas sin aparente parentesco.
Quede como juego antropológico o simple curiosidad.
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