Dos fotografías

Dos fotografías
A Barrantes Lozano
Una, la que apareció cuando buscaba entre mis papeles, cosa habitual en mí dado el escaso sentidMisioneroso del orden que tengo , y entre papeles y libros ya leídos, encontré, pues por perdida la di, una fotografía que siempre había guardado con cariño y usado como marca de lecturas, hasta que un día quedó enterrada entre las páginas de “Campos de Castilla” de dónde la acabo de rescatar, no sin alborozo por mi parte, como si de un íntimo tesoro se tratase. Al fin el dicho de “el que guarda halla”, se hizo realidad, aunque fuera por olvido.
Os preguntareis, ¿y a qué viene algo tan personal y nimio para ser exordio de un trabajo en nuestra revista? No sería yo tan atrevido el intentar atraer la atención de los lectores, si no fuera por la convicción de que muchos vecinos de la Cruz del Río, a poco que observen la fotografía, que adjunto a este trabajo, reconocerán en ella a las personas retratadas, pues las dos personas anduvieron por el barrio, en un crudo invierno de enero de 1961. No se puede obviar, son dos sacerdotes, jesuitas por más señas, los Padres Gijón y Escribano.
Andábamos, por aquellos años, aún en los rescoldos de la posguerra y el sistema político iba de la mano de la Iglesia en un afán desmedido pro una nueva evangelización, a través de regladas misiones, que por aquí, en Villanueva al menos, correspondió a los PP.JJ. ¡Qué villanovense de entonces no recuerda al Padre Rodríguez!
En aquel invierno, al que hago referencia, se organizaron unas Misiones masivas en la ciudad a cargo de seis sacerdotes jesuitas, que se distribuyeron por las zonas de influencia de lo que hoy son las tres parroquias. La zona de la Cruz del Río fue adjudicada a los aludidos que, con entusiasmo y dedicación, emprendieron su tarea.
Por aquel entonces el barrio distaba mucho de ser lo que hoy es y por supuesto se carecía de la Comunidad Parroquial que hoy disfrutamos. A falta de local se habilitó una nave, justo enfrente de lo que fue el Molino, una nave amplia, que estaba dedicada al almacenamiento de abonos, y si no recuerdo mal, en su frontispicio se anunciaba como “Abonos Cava” Allí, entre sacos y olor a nitratos, se abrió un espacio para la feligresía. Como el edificio estaba para lo que estaba, su acondicionamiento para los actos religiosos eran tan precario, que la gente acudía a ellos con abrigos y mantas. El crudo invierno, y a teja vana, hizo tiritar más de una vez al Padre Escribano que, subido a un improvisado púlpito, arengaba a los asistentes al más puro estilo tridentino.
Tanto el Padre Gijón como el Padre Escribano, eran dos sacerdotes jóvenes, de verbo fácil, encuadrados en su tiempo, con voz grave alentaban al arrepentimiento y amenazaban con insistencia con las penas del fuego eterno. Pienso yo ahora, si no sería aquella nave, tan ventilada, un adelanto del averno en negativo. Y a mí, que por aquellos entonces pertenecía a la plantilla de acólitos fijos de “La Asunción,” me posibilitaron ser un adelantado en saber, lo que son las penas para los no arrepentidos. Entre Rosarios de la Aurora por calles escarchadas y Rosarios vespertinos en las gélidas anochecidas, pasé los días de Misión más refrescantes que recuerdo. Pero sobrevivimos. Y hoy, tras el grueso muro que interpone el tiempo, recuerdo con nostalgia aquella experiencia y el cariño que llegué a tener a aquellos dos sacerdotes con los que conviví aquel crudo invierno, y la fotografía, que guardo, es el recuerdo palpable de la estampa fija del camino de salvación, camino que marcaba el Nacionalcatolicismo a todos los españoles.
La otra, dos jóvenes bien parecidas, portan sendos cántaros dA por aguae agua sobre su cuadril izquierdo. En su mano derecha la caña y al fondo la fuente, fuente única en su tiempo.
Tiempo que se detiene en ellas. Ya no se ven a las mozas acarrear agua. Tampoco está la fuente. Su servicio fue haciéndose inútil con la llegada del agua a todas las casas. Todas la casas llegaron a tener su grifo detrás de la puerta; y se fueron olvidando los cántaros, las cañas y las cancioncillas de las mozas en la fuente. Y la fuente desapareció. La plaza de 738 m2 que jurídicamente era un bien público, el 22 de enero de 1967, la Corporación Municipal, presidida por D. Manuel Romero Cuerda, y con el quórum suficiente, le dio el rango jurídico de bien propio, todo en armonía con el Art. 8º del Reglamento de Bienes de las entidades locales de 27 de mayo de 1955.
El 25 de abril de 1967, la misma Corporación acuerda: 1º Ceder gratuitamente y libre de cargos al Obispado de Badajoz, entidad de derecho público en conformidad con los cánones 196 y 1499 del Código del Derecho Canónico y 3º y 4º del Concordato con la Santa Sede de 27 de agosto de 1953, el solar de 738 m2 que forma parte de la explanada sita en las proximidades de la Cruz del Río, conformada por la prolongación de la Calle Cruz del Río al Norte, Buenavista al Sur, Grupo Escolar Primo de Rivera al Este y edificaciones particulares al Oeste.
La adjudicación de la Plaza al Obispado quedaba condicionada a la construcción de un templo en el plazo máximo de cinco años y un uso, para tal fin, de treinta, en caso contrario en bien volvería al patrimonio municipal.
Los plazos se cumplieron, el templo sigue ahí y a nosotros de aquello nos queda la fotografía, testigo de la memoria de un tiempo pasado que no tuvo que ser necesariamente mejor.
abarrantes01.wordpress.com

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