EL Garrotazo

alfonso 1

Alfonso Barcos, militar

“El Garrotazo,” en memoria de Alfonso Barcos
Antonio Barrantes Lozano
Me cuentan que corría el año de 1931 cuando unos libelos aparecieron por Villanueva pregonando: “Pronto y más pronto, Garrotozo” En la memoria de los que lo conocieron, aún se conserva como dicho, que en el imaginario social del momento se tomó como premonición y temor por la situación política, que vivía el País; aires confusos lo envolvían todo ante la incertidumbre del advenimiento de Régimen republicano. Lo del ”garrotazo” se tomaba como una predicción de mal agüero y la ciudadanía villanovense no sabía a qué atenerse temiendo lo peor.
A no ser más que unos simples papeles publicitarios, la cosa no pasó a mayores y más, cuando salieron a la luz unas hojas, en forma de revistilla de carácter irónico-crítico de la situación del momento, aderezadas de reflexiones teosóficas krishnamurtiana, de las que el autor y director, Alfonso Barcos, era seguidor, bajo el paraguas del llamativo título “El Garrotazo”
Hombre inquieto, era este Alfonso Barcos, al que tuve la suerte de conocer bastante de cerca. Taciturno e introvertido. Difícil de entender, tanto que muchos, que nada o poco le conocían, le tildaban de hombre raro e incluso lunático, y otros disparates que no vienen al caso.
Alfonso Barcos García Hiero, era su nombre completo. Descendiente de dos familias muy conocidas en la ciudad, respetados labradores, tanto por parte de su padre, Alfonso Barcos Manchado, como por su madre, Antonia García Hierro García Ortega. Nació el 14 de agosto de 1907 en la calle Unión, donde vivió, y murió el 21 de abril de 1975 en la calle Pocillo, en casa de la familia de una sobrina, con quién pasó sus últimos días.
Era nuestro protagonista uno de esos hombres que pasan y dejan su impronta, pero de huella tan débil, por su modestia, que el tiempo, con premura, borra.
No fue un hombre de estudios ordenados. “Soy de Villanueva –decía- hijo de acomodada familia labradora. En este ambiente me crié sin estímulos de la vida. Por imposiciones de mis progenitores trabajé en el campo. También durante algún tiempo en la artesanía de carpintero. Para ninguna de estas actividades servía. Todas mis ilusiones estaban centradas en el estudio que no pude conseguir en mi edad primera, principalmente hacia la literatura. Desgraciadamente mi cultura no pasó de la adquirida en el periodo escolar” (Hoy el 24 de enero de 1968)
No es que no sirviera para aquellas actividades, a las que se veía obligado, pues eran muchas sus capacidades; la prueba, de su periodo de artesano carpintero, la tenemos en la puerta de su vivienda, que él mismo labró, causando admiración entre propios y extraños; a su muerte, con la venta y derribo de su casa, se dio por perdida, pero afortunadamente, por esos raros designios del azar, la puerta se conserva y es objeto decorativo en la vivienda de su actual propietario. Toda una suerte. No ocurrió lo mismo con el resto de su obra, principalmente literaria, que no vio la luz y al parecer, según testigos de sus últimos días, el mismo mandó destruir.
A pesar de su escasa formación académica, por cualidades y vocación, se acercó al mundo de la literatura: “ al quedar heredero de un regular patrimonio rústico familiar, fui vendiendo parte de él para dedicarme a mis ilusiones favoritas… Después, solo, he ido adentrándome, como he podido, en el ambiente literario, norma de mi nueva, aunque vieja vida…”
Se vislumbra de su juventud como hombre inquieto y próximo al mundo del espectáculo de su época. De sabido es la amistad que le unió a Vicente Bornay y Calabuit, ( Villanueva de la Serena 4-12-1888, Madrid 18- 12- 1962) laureado músico villanovense.

Tallado de la referida puerta

Tallado de la referida puerta

El amor por el teatro de Alfonso, declarado admirador de Benavente o los Hermanos Quinteros, le llevan a escribir “Marisolda” Comedia lírica en tres actos. La obra se llegó a estrenar en Madrid con música de Vicente Bornay. Es una historia de enredo y amor, desarrollada a mediados del siglo XIX y no exenta de los tópicos habituales: rivalidad, envidia y celos, con ciertos tonos populares próximos a la zarzuela:
“Solterita enamorada/ jovencita y bonita/ es como me gusta más, / que viuditas y casadas/ es pecado desechar”.
Ambos autores publicaron el “Himno de Extremadura” con letra de A. Barcos y música de V. Bornay, del que se hicieron varias ediciones. ( Ediciones Hispania, Madrid)
“Salve, Extremadura, madre redentora / de hijo y tierras de allende los mares;
Tremola ya al viento la flor de tu historia / que nimba en tu austera virtud creadora,
Y, solemne y recia, cual tus encinares, / canta la epopeya de tu excelsa gloria.”
Ya la estrofa de entrada delata la fuerte influencia del modernismo, en la concepción poética de nuestro autor, que tiñe toda la composición, composición aderezada con tres estrofas de arte menor para terminar con otra de corte parecido a la estrofa de entrada.
Al pie del libreto del “Himno de Extremadura” se anuncia la próxima publicación, Noviembre de 1954, como obra completa, del Libreto, Partitura de Canto y Piano y la de Orquesta de “Marisolda” y para abril de 1955 “Los Jarales” de los mismos autores.
El paréntesis que supuso la Guerra Civil, la muerte de sus padres y la convivencia con su hermano José, al que debía prestar muchas atenciones, le apartaron del primer plano literario, aunque en su soledad, Alfonso, seguía con sus lecturas teosóficas y naturalistas, a la vez que su acción creadora.
Fue en 1968 cuando es reconocida una de sus composiciones: “Agua azul-dorada” dentro del concurso nacional “Una letra para una canción” propiciado por el periódico “El Alcázar”
El jurado, que formaban entre otros: Alma María, José Hierro, Alberto Cortes, Luis Eduardo Aute…, afirma que “es un premio a una letra suave, limpia, ingenua, pero no exenta de fondo”.
A la canción la armonizó Alberto Cortés incorporándola a su repertorio y aquí, en Villanueva, la presentó en uno de sus conciertos – Julio de 1969 – en presencia del autor, al que tuvo la gentileza de visitar.
Más tarde, nuestra Coral Villanovense, la lleva en sus conciertos bajo el título, sacado de uno de sus versos, “A la fuente de la Encina”, pero ahora, como no podía ser de otra manera, con música de Antonio Guisado.

Fragmento de la portada de la publicación "Himno de Extremadura"

Fragmento de la portada de la publicación «Himno de Extremadura»

Lo dicho hasta aquí, podría ser suficiente para reconocer a Alfonso Barcos y mantenerlo en la memoria de todos los villanovenses, sino fuera por la intervención que tuvo durante los desgraciados sucesos de principios de agosto de 1936, aquí, en Villanueva. Para aproximarnos al ambiente que se respiraba en la ciudad, tengo que hacer un inciso necesario para entenderlo. Las autoridades republicanas, alcalde y varios concejales, fueron detenidos por los militares asentados en la ciudad, que se rebelaron contra la República, provocando un tremendo caos. El gobierno provisional puesto por los rebeldes tuvo que hacer frente a batallones populares procedentes Peñarroya, Orellana y D. Benito que, no sin luchar, se hicieron de nuevo con la ciudad, viviendo esta unos días aciagos, de caos e incertidumbre. Desalojados los rebeldes, la ciudad cayó en manos de los Comités populares, con poca o nada disciplina, que no pudieron establecer el orden público, lo que unido a la sed de venganza y al anticlericalismo acervado reinante, facilitó que se cometieran todo tipo de tropelías – asalto a viviendas, fusilamientos e incendios – de forma aleatoria y descontrolada. Fueron los primeros días de agosto, días de infamia y vergüenza.
Un ofuscado fanatismo acabó con la riqueza escultórica-religiosa de la ciudad. El descontrol desmedido y la ceguera de aquellas gentes, acabó incendiando la sacristía con todo lo que en ella se contenía, incluido el archivo parroquial, pérdida irreparable del legado histórico de los villanovenses.
Colgaba de sus paredes una obra manierista atribuida a Luis de Morales, “La Virgen, El Niño y S. Juanito,” que iba a correr la misma suerte que el resto del mobiliario. Conocedor Alfonso del valor de la pintura y en vista de lo que estaba sucediendo, alerta al Comité, que decide trasladar el cuadro al Ayuntamiento. Terminada la guerra civil, el propio Alfonso interviene facilitando su búsqueda. Encontrada la obra, estuvo depositada en el Palacio Prioral hasta la última restauración de la Iglesia de la Asunción, a finales de los años 90 del siglo pasado, donde se puede contemplar en la antigua capilla de las Animas.
Con este gesto, Alfonso Barcos García Hierro, salvó una obra esencial para el patrimonio artístico extremeño. Y por ello nos sentimos agradecidos.

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