La Plaza de Santa Ana

La Plaza de “Santa Ana”
Antonio Barrantes Lozano
Cronista Oficial
En todos los pueblos existen rincones de los que decimos que son entrañables. Son pequeñas plazas en las que al llegar a ellas parece que se respira el alma de la ciudad. En todos los pueblos encuentras alguna. Espacios reducidos, encrucijadas de calles, hastiales de algún edificio memorable, recovecos de calles… rincones con encanto. Me paro en pensar en las callejuelas de Guadalupe, sus hortensias o sus geranios de la calle Sevilla, el entorno del Monasterio…
En otros pueblos en los que la piqueta ha hecho estragos, algunas plazoletas memorables perdieron su fisonomía y hoy son espacios acotados por bloques de viviendas sin personalidad y que se llevaron su embeleso, ¡que le vamos a hacer!, es el tributo a los tiempos.
Villanueva no es una excepción. Aunque no muy pródiga en este tipo de espacios, la laxitud normativa ha permitido que no siempre se hayan respetado las más elementales normas urbanísticas y con ello su fisonomía ha ido sufriendo una transformación discordante con el estilo tradicional que la ciudad extremeña gozó en tiempos pretéritos. Un ejemplo me remite al entorno del “Parque de la Constitución” en su origen “Parque Central”, hoy flanqueado por edificios de excesiva altura y que para ello tuvieron que acabar en la Casa Palacio del Marqués de Torres Cabrera y otras construcciones, casas bajas, típicas de Villanueva, de las que quedan pocos vestigios que enmarcaban la plaza. Hoy nuestro Parque no tiene el sabor que tuvo cuando era “Parque Central” y después de “José Antonio.”
Con la reciente remodelación integral de la Plaza de España y calle de S. Benito hemos “descubierto” los villanovenses la Plaza de “Santa Ana” nominada así, extraoficialmente, por encontrarse allí la ermita así conocida desde tiempo inmemorial. La Plaza no es más que un ensanche de la calle de S. Benito provocado por el saliente del edificio prioral y queda enmarcada por el propio edificio y la ermita referida al sur y al norte por varias casas de doble planta con balconadas. Un espacio único en la ciudad.
Preside el lugar el vetusto edificio prioral, datado a principios del siglo XVI, mandado a construir para residencia propia por D. Juan de Zúñiga y a la muerte de éste fue residencia oficial de los Priores de Magacela, de la Órden de Alcántara. El edificio por su fábrica y su historia es el más emblemático de la ciudad, salvando el convento de S. Francisco y la Parroquia de la “Asunción” Su trazado es de líneas austeras y sobrio, amplio y sólido. Ha sufrido los avatares de los tiempos y varias veces reconstruido, siendo la más llamativa la llevada a cabo durante el siglo pasado. Fue Seminario Menor y Colegio de Secundaria, actualmente ocupado por la Religiosas Franciscanos Concepcionistas. Con la reforma al que hacíamos referencia se ha conseguido librarlo de la continua “agresión” al que estaba sometido por el tráfico y los aparcamientos que menoscababan su importancia arquitectónica. Con la reforma se ha pretendido integrar la plaza en el edificio y el edificio en la Plaza, a tenor de la opinión del arquitecto municipal encargado del diseño, D. Alfonso Garrido.
El empleo de materiales nobles, granito, mármol y cero inoxidable, han conseguido dar al conjunto una armonía equilibrada.
La voluntad de integrar el Convento en su entorno es lo que ha llevado al urbanista al diseñar el espacio. Se le concibe como un claustro renacentista del que el Convento carece. Preside la Plaza su fuente central, de dos piezas de mármol blanco Macael de la que parten estelas luminosas, figurando acequias, que mueren en los alcorques de los árboles estratégicamente situados. Completan el conjunto ocho setas de mármol en función de bolardos y la silueta de un nazareno, homenaje a Manuel Sánchez Gálvez.
Desaparecidos los aparcamientos y otros elementos discordantes, -contenedores- Convento y Plaza han quedado integrados en una equilibrada mezcolanza clásica y futurista, que ha conseguido rescatar para la ciudad y sus ciudadanos un lugar, que estaba ahí, pero agredido durante tantos años que pasaba desapercibido.

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