aligerar la mochila

Aligerar la mochila

A. Barrantes Lozano

Desde mediados del mes d e agosto y casi todo el de septiembre ha sido asombroso la cantidad de medios,  unos con información y otros a soslayo de aquellos, que nos han martilleado continuamente con el asunto de la vuelta al cole, y más que con la vuelta con el costo que supone  dicha vuelta a las familias. Ni que decir tiene que nadie se ha preocupado en discernir entre la enseñanza pública, la concertada o la privada. Así que el arco presupuestario giraba desde los 250 euros en los casos más llevaderos hasta los mil y pico en la  cresta más alta.  En vano pasar de largo que el apartado de libros se lleva la palma. No acabo de entender la inquina que se ha montado en torno al costo de los libros, parecía como si esto fuera nuevo dentro del proceso de escolarización, y como no lo es, me temo que algo se esconde detrás de tal estrategia.
No seré yo el que quiera ocultar que dentro de los derechos de todos los ciudadanos está el derecho a una educación básica, general y gratuita como así se recoge en el Articulo 27 de nuestra vigente Constitución. Pero librar a las familias para llevar acabo ese derecho de la aportación de libros y material aún está lejos de ser una realidad.
Haciendo esta salvedad lo que no acabo de entender es esa cansina insistencia al costo del inicio del curso escolar, a dramatizar el esfuerzo al que están sometidas las familias por el hecho de tener que mandar a sus hijos a la escuela como si tal cosa fuera un mal irremediable.
Se habla del uniforme, que por cierto su imposición, voluntaria en la enseñanza pública, es una iniciativa de las familias; de la mochila, ¿una nueva por curso?. Nadie dice nada del teléfono móvil, se ha tenido que prohibir en los centros, de las maquinitas de juegos y otras nimiedades que los niños aportan junto con sus cuadernos y lápices.
Sabemos que se está haciendo un esfuerzo por parte de las autoridades para que el costo de los libros sea menos punzante para las economías familiares. Un porcentaje próximo al 75 % de alumnos son agraciados con un dinero que efectivamente no cubre el costo real pero ayuda sobremanera, los centros, en un esfuerzo añadido, recogen los libros usados y los reparten entre los alumnos “becados” y no” becados” si hubiere suficiente. No extraña que algunas familias rehuyan del libro usado alegando  “sus razones.”
Particularmente no estoy de acuerdo con este sistema que añade trabajo a los equipos directivos y no consuela a todas las familias. En la enseñanza obligatoria de carácter público se tendrían que buscar otras fórmulas, como podrían ser: abaratar al libro descargándole, por parte del editor, del boato ornamental innecesario que lo encarece; que las autoridades fijen el precio máximo en los textos y la subvención sea directa a las editoriales o libreros para que a todas las familias le llegue el libro a un precio más que asequible.
Las autoridades, sobre todo las extremeñas, deben  reflexionar, el hecho de haber dotado, y siguen dotando de ordenadores a las aulas, no ha ido en detrimento del uso del libro de texto. Algo falla. Pienso que ha habido un exceso de optimismo  en la extensión general de ordenadores, optimismo muy común en educación cuando se trata de imponer cualquier proyecto innovador, todos,  y ¡he conocido tantos!, nacen con la noble intención de hacer mutar lo inmutable del aula como es el texto, la pizarra y la presencia del profesor.
Creo totalmente innecesario que un alumno de primaria o ESO necesite para cada materia un libro texto por curso, si el proceso está organizado por Ciclos, el sistema de evaluación contempla algo al respecto, sería razonable que los libros fueran al menos los mismos durante el ciclo e incluso integrar en un mismo libro varias materias comunes. No por ello se perdería calidad, soy un firme defensor de todo lo contrario. Alguien, que lea esto,  pensará que estoy caminando hacia el “antes-de-ayer”, y le vendrá a la memoria la imagen de las antiguas enciclopedias, aquellas de pastas duras que  duraban años, a veces toda la  escolarización. Pero aquel sistema facilitaba al niño conocer todos los rincones de su libro, porque a un libro se le conoce cuando se le usa, se relee, se familiariza con sus grabados, el niño una y otra vez mira los mapas, lee los poemas y sólo, sin orientación de nadie, acaba aprendiendo la división territorial de España y los poemas de Antonio Machado, de verlos y manosearlos.
No estaría de más reflexionar para que los libros de texto fueran por Ciclos y no por curso, se bajaría su costo a la mitad sin perder su valor educativo.
Desde Catón hasta nuestros días no ha existido método que sustituya al libro, todo la innovación que llegue a la escuela será bienvenida: pizarras digitales, ordenadores, pista de internautas… todo novedoso,  útil, pero complementario. El aula es comunicación. Es el profesor, es la tiza y el cuaderno. Por favor no entendáis al libro de texto como un mal necesario que es el eje por el que gira todo el proceso. Procuren aligerar la mochila, autoridades y padres, por otras vías. Doctores tiene la Iglesia,

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