IMPRESIONES DE VERRANO

 

        Impresiones veraniegas.

  1. Barrantes Lozano

El Espectador observa el paisaje desde la balconada de  su apartamento.  Como  tantos y tantos españoles del interior, ha viajado hasta la costa durante el verano, así cambia de aires y se pone en contacto con la brisa marina que el tórrido verano hace añorar. Ahora viaja mucha gente que hace sólo unos años no lo hacía. Las vacaciones eran cosa a la que se sentía muy ajeno, afortunadamente las cosas mejoraron para los de su clase y unos días en la playa es común entre los españoles. El Espectador mira desde la balconada  a un pequeño jardincito que tiene delante, es como un oasis airoso  dentro del desierto de cemento que le rodea. Es un botoncito verde dentro de la inmensidad agobiante que le oprime. El parquecito está alfombrado de césped  con unos pasillos de cemento anaranjado y por doquier salen palmeras a modo de surtidores, son palmera gráciles y airosas que dan al conjunto un toque tropical y refrescante. Las palmeras compiten en altura con las terrazas de los bloques de apartamentos que le circundan, agobia ver su lucha en fuerza tan desigual. Uno piensa que ese parquecito que no carece de un coqueto parterre  muy del gusto actual,  piensa insisto, en que el espacio que ocupa es como una donación penitencial del ansia de promotores   que han ido ocupando los espacios de modo inmisericorde. De forma  lineal han surgido, como si fueran hongos, edificios que han ido copando el espacio de forma antojadiza hasta cubrirlo todo. Pequeños pueblos de pescadores y agricultores del mediterráneo que con criterio están ubicados en falda de la montaña a cubierto de cualquier avatar que los vientos y el mar  suelen traer cuando se les invade sus espacios, han crecido de forma desordenada borrando huertos y secaderos de redes. Los pueblos han quedado enhebrados  unos a otros  y toda la costa es un  todo contínuo de  viviendas que al que observa le parecen excesivas.  Mira hacia atrás y recuerda como  comenzó todo aquello, como se potenció el turismo en los últimos años de la dictadura, la inyección económica que supuso para el país y el cambio que supuso para todos aquella nueva industria que venía a salvar el  déficit de la balanza de pagos, cosa que se aireaba como un triunfo por la prensa en aquellos años.

Hoy todo está sobredimensionado. La costa da la impresión que ha quedado aprisionada tras una muralla ciega por aproximarse al mar. Las lontananzas, en otros tiempos verdes del pámpano de las viñas, hoy están ocupadas por edificios sin personalidad, repetitivos,  con todo lo negativo de las construcciones modernas, bloques lineales, de apariencia  liviana, como  para ser habitados por gente que va de paso, por poco tiempo. Hubo un tiempo no muy lejano que este tipo de vivienda era la apetecida por el español medio y por los innumerables inversores extranjeros que vieron en la costa un remedio  excelente para dar destinos a sus ahorros, pero algo ha cambiado.  Por doquier se ven carteles con un llamativo  “ Se vende” o “For sale” en el intento de atraer a otros inversores que tardarán en llegar. Muchos edificios están a medio terminar y retirados los  andamios, pregonan que los tiempos  generosos han quedado atrás y son las voces vivas de que aquello no es lo que era y  que empresas e inversores han quedado atrapados en su propio afán sin saber cuándo ni cómo salir, será eso que  por todas partes oímos  sin cesar, la famosa crisis. Esta no se deja ver por las calles, muy transitadas, ni en las terrazas de los  restaurantes. Pero una cosa se  hace evidente: hay más oferta de  viviendas que posible compradores. Mientras el número de visitantes se mantiene  estable la edificabilidad  ha mantenido su ritmo exponencial lo que ha generado el exceso que hoy es pesadumbre de promotores e inversores que han llenado el espacio de  construcciones fantasmas de difícil solución a corto plazo. La mala planificación  y una ambición desmedidas han dado estos resultados arrastrando a muchas economías de ambiciones más modestas que ahora ven en peligro sus ahorros. Por todo El Espectador piensa que ese jardincito que ve regar mientras desayuna es como una concesión  de la ambición. Espacio salvado como penitencia de promotores e inversores.

 

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